La teogonía de David Lynch
Decía Jean Renoir que un director de cine siempre estaba haciendo la misma película, que su oficio se limitaba a manejar una serie de constantes, ya fuera para perfeccionarlas, abandonarlas o transmutarlas.
Admitamos por un momento el aforismo de Renoir y llevémoslo al lugar común al que ha quedado reducido por la injusta y rancia política de autores: aquel del director y su “universo”. Bien, ahora cambiemos “universo” por “mitología”, a pesar de que el primero preexiste a la segunda: algunos cineastas realizan sus filmes partiendo de una mitología propia. Unos la irán construyendo según avanza su obra, mientras que otros serán capaces de elaborarla como principio y a la manera Clásica para, posteriormente, desarrollarla. Y sí, Clásica con la misma mayúscula de Antigüedad. Sobre el vacío o, en el mejor de los casos, sobre el caos, hay que empezar a construir, a dar sentido. Otro de los motivos a los que siempre hacía referencia el director francés, el de la necesidad de construir frente a la insuficiencia puntual del simple registro fotográfico.
El el cine conviene ejercer de creador, otorgar vidas y formas. Jugar no a ser dios, sino el guionista de dios, es una de sus ventajas y atractivos. Los dioses quedan entonces como perfectos hombres de paja, geniales wicker men al servicio de un rito que deviene juego. David Lynch, hará suyo ese pensamiento creando una mitología propia en el prólogo (los seis minutos iniciales) de su primer largometraje, Eraserhead (1977). De tal prólogo vemos a continuación su parte final:
Los filmes de Lynch funcionan a partir de abstracciones, pero la principal, la originaria, es la que acabamos de ver: la de la Creación. Una Creación pagana pero espiritual, sin rastro de dogma y más cercana al relato fundacional de cualquier tribu africana que a la Religión. Lynch siempre dice que éste es su filme más espiritual, y que la gente, después de ver la película, nunca termina de comprender tal afirmación. De hecho, Eraserhead fue para él, durante mucho tiempo, algo parecido a la confusión de Howard Hawks y Raymond Chandler frente a la muerte del chófer de los Sternwood. Ni ellos mismos atinaban a comprenderlo. Todo hasta que, según confiesa el propio Lynch, topó con cierto pasaje biblíco que le hizo cuadrar en un todo las partes que antes, aun conservando su significado individual, se resistían al ensamblado.
En tal situación de partida, las posibilidades creativas son tan limitadas como la propia imaginación. El problema se encuentra en ser valiente, al tiempo que capaz, a la hora de optar por esa vía donde, partiendo de la nada o de lo amorfo, hay que levantar toda una diversidad biológica. Y, además, darle un lugar a la belleza donde poder habitar.
Porque, no nos engañemos, la vida y, por consiguente, la belleza, siempre nacen de la fealdad1 , cuando no de lo grotesco, como es el caso. Ese hombre deforme manejando las “palancas de la vida”, recuerda a los dioses de Jason y los Argonautas, quienes, aburridos tras haber trabajado en parte de la creación, se vuelven cotillas y guasones mientras juegan a un ajedrez que cuenta al hombre como ficha. Clara revancha contra su propio origen, incapaces de aguantar –una vez catalogados como dioses- que ellos mismos hayan sido creados y manejados con la misma estrategia. Pero este “hombre de la manivela” esconde algo más.

El nacimiento de Venus. S. Botticelli, 1484. Galería Uffizi
Hesíodo ya puso por escrito estas imágenes hace casi 30 siglos. Así describía en su Teogonía el nacimiento de la belleza suprema, la diosa Afrodita:
Y llegó el gran Urano, trayendo la noche, y se tendió sobre Gea por entero y con todas sus partes, lleno de un deseo de amor. Y fuera de la emboscada, su hijo [Cronos] le cogió la mano izquierda, y con la derecha asió la hoz horriblemente, inmensa, de dientes cortantes. Y cercenó rápidamente las partes genitales de su padre, y las arrojó detrás de sí. Y no se escaparon en vano de su mano.
Gea recogió todas las gotas sangrientas que manaron de la herida […] Y las partes que había cercenado […] las arrojó desde la tierra firme al mar de olas agitadas. Flotaron mucho tiempo sobre el mar, y del despojo inmortal brotó blanca espuma, y de ella salió una joven. Y primero fue llevada ésta hacia la divina Citeres; y de allí, a Cipros la rodeada de olas.
Abordó la tierra la bella y venerable Diosa, y la hierba crecía bajo sus pies encantadores. Y fue llamada afrodita, la Diosa de hermosas bandeletas, nacida de la espuma…
La Concepción, el momento inicial sin el que nada puede existir, no encuentra mejor manera para la narración y la plástica que el de la simplicidad mitológica. La abstracción se acomoda en lo concreto de las formas y los elementos básicos sin perder su validez. Formas simples y comprensibles que, en el futuro, sí podrán volverse complejas y hermosas. En la mitología no hay un Big Bang, ni siquiera una sopa primordial, basta con un poco de espuma. En la espuma de ese mugriento -pero fértil- agujero de Eraserhead, germinará otra nueva belleza: la obra del Águila Scout de Missoula.

El piélago espumoso de Eraserhead
A partir de aquel lugar, Lynch ya podía comenzar a contar historias. Y no lo hará, faltaría más, con la iconografía de Botticelli. Céfiro, dios del viento, es utilizado de manera más adecuada, no se ve, es audible, es el agobiante acompañamiento sonoro de fondo. La hierba, las flores y el agua cristalina, dejan su lugar al paisaje mitológico-contemporáneo por excelencia, el industrial. Tampoco habrá noticias de la ninfa (la Primavera) que se dispone a cubrir a la diosa recién emergida, la versión evolucionada dentro del nuevo contexto de esa compañía -disponible y generosa-, tendremos ocasión de comprobarla según avance la película.
En la posterior obra de Lynch, todo terminará desvelando su origen compartido. El tronco del árbol genealógico será esta serie de planos tenebrosos donde el nuevo Cronos (uno de los hijos odiados y escondidos por su padre, que aquí ha cambiado la hoz dentada por las palancas), amparado por Gea (la Tierra), conspira contra el poder genital de Urano (el Cielo, la cabeza cósmica de Henry Spencer). La futura prole no se hará esperar: John Merrick, Frank Booth, Sailor Ripley, Leland y Laura Palmer, los Rabbits, Fred Madison, Alvin Straight, Rita y Betty, Nikki Grace, etc. Todos pertenecen al mismo piélago espumoso.
- Marta Zatonyi defiende algo parecido en: Una estética del arte y el diseño, de imagen y sonido Ed. Nobuko, 2002 [↩]

Roberto, ¿eres de los que piensa que “The Straight story” es “otra cosa” o se integra perfectamente en todo el universo Lynch?
Hola, qué tal Jesús,
No creo que sea otra cosa y no me sorprendió cuando se estrenó, como sí le pareció suceder a gran parte de la crítica. ¿Es que no habían visto The Elephant Man, Twin Peaks -cualquiera, TV o cine- Blue Velvet…?
Creo que se extendió, me temo que sin posible vuelta atrás, el tópico de que Lynch es un tío raro que hace pelis raras e incomprensibles. Y en eso veo una rigidez, no tanto hacia su persona o su obra, como hacia el mismo cine. El cine “tiene que ser” tal cosa, generalmente lo que digan unos pocos enteraos’ y si ellos no lo entienden o simplemente no les gusta, lo crucifican. Esto también se da en sentido contrario, el de cuanto más raro, más cool, más gilipolleces puedo decir.
Después de haber visto y estudiado bastante a Lynch -y lo seguiré haciendo- hay montones de cosas que sigo sin entender, y ni falta que me hace, porque me siguen afectando a otros niveles, igual que lo puede hacer la música, un olor o el color, como comentaba en una entrada hace pocas semanas.
El cine de Lynch es cualquier cosa menos un simple jeroglífico al que encontrarle una solución.
Un abrazo.
Sí, a mí “Inland empire” me gustó sin comprender casi nada y no me paré a intentar componer el puzzle porque tampoco creo que Lynch lo plantee así. Si te acostumbras a Chris Marker, Lynch es menos raro y más misterioso, que es lo que importa.
Yo encontré muy buena “The Straight story” pero un poco intento de demostrar algo que no hacía falta como tú dices, porque ya estaba antes.
Hac pocos días me he dado un buen paseo por el cine de Val del Omar; me pareció casi de ¡Mario Bava! “Fuego en Castilla”
Los que se quejan de que a Lynch no se le entiende, luego parecen comprender a la perfección montones de películas -de antes y de ahora, pero muchas más de ahora- que están contadas con y como el culo.
A veces me sorprendo delante de una película “convencional”, con su historia y tal, sin entender qué es lo que ha pasado en la escena anterior o qué relación guarda con la siguiente o qué pinta en un lugar un personaje determinado. Será que uno es corto.
Me estoy bajando la de Vecchiali, que no la conocía, a ver qué tal. Un saludo, Jesús.