El hombre que empujó la puerta
Tom Doniphon (John Wayne) acaba de confesar a Ransom Stoddard (James Stewart) la verdad de unos hechos hasta ahora ocultos. Y lo ha hecho con la ayuda del hermoso flashback introducido con el humo de un cigarrillo. Una confesión que, además de hacer volcar el planteamiento utilizado hasta ese momento en la trama, no será utilizada para demandar su auténtico rol y sí para acabar la inmolación en favor del compañero. La verdad y la leyenda, el triunfo y el fracaso… lo que vemos y lo que no vemos, todo mostrado con idéntica carga empática a la que podría conseguir, por ejemplo, Eisenstein pero con una naturalidad aplastante que en ningún momento hace rebosar la forma sobre el fondo.
Los términos se enfrentan en lo visual (espacio lleno-vs-espacio vacío) y en lo emocional (éxito y reconocimiento-vs-anonimato), conformando una unidad en la que todo adquiere sentido. La bamboleante puerta hace de nexo y separa ambos mundos. El espectador, mediante un acto de honradez visual y cinematográfica, quedará instalado en el lado de la verdad. Posición que en este caso conduce a la marginalidad, el sector del éxito ya tuvimos ocasión de verlo unos fotogramas atrás para comprobar su carga esperpéntica. Ahora ya conocemos qué hombre mató a Liberty Valance (The Man who shot Liberty Valance, John Ford, 1962) y su situación, lo uno por el verbo, lo otro por la manera de presentar una imagen. Ambas, cine.
Pero, ¿y la puerta? La puerta, sencillamente, es la protagonista de toda la secuencia. Bueno, seamos justos, no la puerta en sí misma, sino la persona que tuvo que ponerse tras ella con unas órdenes estrictas -las que nosotros nos inventamos desde aquí- que cumplir: “una vez que haya entrado Jimmy en la sala, encárgate de que la puerta continúe moviéndose afuera y adentro durante un par de segundos”. La acción no buscará otra cosa que poder ofrecer el ambiente interior a fogonazos, completando así la información que ya nos ofrece el sonido y nuestra propia memoria.

Basta con fijarse un poco en esa puerta para apreciar que al segundo envite debería caer casi cerrada (como ya sucede al inicio de la secuencia) y sin embargo ahí sigue, empujada con diligencia por esa persona que nosotros acabamos de imaginar y rebotando con una fuerza que tuvo que poner a prueba los goznes de esas dos hojas camino de terminar medio desvencijadas. Sería una historia magnífica para contar la de ese ayudante, a saber de qué y de quién, con la misión más oscura de toda la película: empujar una puerta y permanecer tras ella. Misión sacrificada y sin honra mientras que alguien no escriba su historia; desde aquí invitamos a ello.
Y metidos en harina, no estaría nada mal una segunda parte de la misma en la que el protagonista fuera el encargado de accionar el ventilador que levantaba el velo de boda de Maureen O’Hara en How green was my Valley (John Ford, 1941). Con un poco de suerte podría ser hasta la misma persona.

Hablábamos de naturalidad más arriba y esa puerta no lo es en absoluto. De hecho, su movimiento es lo más antinatural que puede ofrecernos como objeto inerte sujeto a leyes físicas que nos controlan. Pero ahí queda, con idéntico color y sabor que un vaso de agua, dándonos las vida sin pedir precio por ello. Sólo el tiempo necesario para que Tom Doniphon mire el interior, mirada retirada en cuanto el ritmo, marcado por ese metrónomo disfrazado de puerta, pide a voces cerrar la secuencia.
Al final, la historia que demandábamos escribir resulta estar cubierta. La historia del hombre que empuja la puerta o del que enciende el ventilador, es la misma que la de Tom Doniphon. En fondo y superficie la filmografía de Ford está estructurada en torno a un tipo de (anti)héroe: el hombre que empuja la puerta.

Existe, más o menos, una segunda parte de “How green was my valley”. Es “Spencer´s mountain” de Delmer Daves en 1963, que retoma un buen número de elementos, protagonistas y fabula un poco. No hay ventilador
Hola, qué tal Jesús,
Recuerdo que Fiebre en la sangre (traducción incomprensible) me emocionó bastante cuando la vi. Daves tenía esa habilidad curiosa para hacer películas con adolescentes, la historia de Spencer’s Mountain luego la habremos visto repetida mil veces en series de televisión y en otros subproductos audiovisuales, pero sin el tacto del 63.
Y juraría que, sin llegar a conocer el dato, bien pudo haber influido en esas típicas escenas y relaciones familiares a Spielberg, aunque creo que esto es más una cuestión de la tradición y la cultura americana que de influencias cinematográficas concretas.
Un saludo y muchas gracias.
De aquel final de carrera de Daves, me gustan “Susan Slade” y “Parrish”. “Rome adventure” se me atraganta bastante y casi no recuerdo “A summer place”. Me ha ganado bastante al volver a verla hace pocos meses “The last wagon”, gran western. Era un director muy peculiar, a medio camino de Mann, Sirk y Boetticher.
Es una pena que no hiciese un colossal. Lo mismo hubiese sido mas adecuado que Kubrick para retomar “Spartacus” ya que Kirk Douglas no quiso poner su firma. Es un gran film, pero muy poco afin a Kubrick ideologicamente. A el seguro le hubiese resultado mas interesante contarlo desde el punto de vista de los tiranos.
Hola,
Tal vez sea su etapa menos valorada, las anteriores son más conocidas, lo curioso es que son periodos como muy marcados, generalizando bastante: Años 40: Bélico y Noir, años 50: Western, años 60: Melodrama.
También es llamativo cómo muchos directores de esa, digamos segunda -para otros tercera- generación, terminaron evolucionando hacia el melodrama una vez que los géneros clásicos perdieron importancia dentro de la industria.
Un saludo.
Sí y además es relativamente habitual que mucha gente no recuerde ya si por ejemplo “Tender is the night” era de King, de Sirk, de Daves, de Brooks, de Robson, de Vidor, de Wellman o de Leroy. En géneros acotados como el western o el noir es fácil distinguir a uno de otro, en melodrama es un tema más complicado.
Hola,
Uno de los misterios de las peliculas de Ford, es el lo que señalas como el lugar donde queda instalada la verdad. Recuerdo siempre Fort Apache en estas ocasiones, con la cámara del lado de John Wayne disfrazado de lo que Fonda. Una verdad que tiene que ser así para que la verdadera verdad de los que van a combatir pueda funcionar. También en The Searchers, la cámara saldrá y finalizará en el lado de la realidad, dejando al héroe del lado de la fábula, desarraigado, para que la realidad no se resienta. Mismo concepto que se repite en el curso del tiempo hasta la película que nos ocupa.
Retomando el hilo que seguís del melodrama dentro del western. Eso es lo que Bazín apuntó con el concepto de Superwestern, o sea, un western que es consciente de ello y se empieza a novelizar. En un tiempo donde el héroe aparecía desgastado, se necesitaba reactivar su épica novelizandolo cada vez más dando lugar a “el western por el western”.
Saludos.
Que curioso y que bien visto! Gran post como siempre.
Perdonad, mi memoria puede fallar y no tengo ahora modo de comprobarlo, pero ¿no hizo Daves un “colosal” o “peplum” antes que casi nadie? “Demetrius and the Gladiators” no es de las mejores suyas, que son bastantes, pero tenía algunos atractivos de los que dejan huella. Lástima, Jesús, que justo “A Summer Place” sea el melodrama de Daves que te falta, ya que es el primero y el mejor, salvo que incluyas en esa categoría “Spencer’s Mountain”, aunque si lo haces habría que incluir varios de sus “westerns”, que son lo que en un programa de la Filmoteca me atreví a llamar “meloeste”.
Suerte,
Miguel Marías
Hola Miguel, bienvenido,
Cierto lo de Demetrius y los gladiadores, sí. Siguiendo con Daves (que no se nos olvide que encima fue guionista de Love Affair), creo que sobre algunos de sus melodramas de finales de los 50 (incluida A Summer Place) y los 60 cayó el tópico de “película con Troy Donahue”, vamos que se ha seguido haciendo guasa hasta hoy, basta con ver Los Simpsons.
Vista la habilidad que comentábamos que tenía para hacer películas con o sobre jóvenes, yo creo que la Warner, desconozco si en verdad fue así, tiró de él como valor seguro para lanzar la carrera de Donahue, Sandra Dee o Connie Stevens y de paso intentar recuperar alguna otra. Las teen movies, aunque estas no lo fueran, eran una apuesta por entonces, y no digamos en la serie B.
Un saludo y muchas gracias.
Sí, “Demetrius…” también se me olvidó a mí. Tampoco la recuerdo mucho, debí verla en un cine de verano hace como 25 años.