Distrito rojo


red-district-distrito-rojo
2010, esto da miedo. Para que dé menos, vamos a dividir los últimos 110 años por la mitad. Viajemos a 1955 para ver dos películas estrenadas en ese año, una europea, la otra americana: Lola Montès de Max Ophüls y The girl in the red velvet swing (La muchacha del trapecio rojo) de Richard Fleischer. Las dos darían para largos debates, tanto individuales como comparativos, pero aquí lo simplificaremos. Primero, viendo sus respectivos finales (el último minuto y medio de cada una) y segundo, buscando un punto de encuentro: la figura/imagen de la mujer dentro de ellos.

Las dos protagonistas, Lola Montès (Martine Carol) y Evelyn Nesbit (Joan Collins), vienen a coronar una época mientras dan paso a otra nueva. O al menos eso intentan, porque de ese esfuerzo y de su posterior fracaso trataremos a continuación. Lola como pionera, como azote del corsé victoriano y Evelyn como alumna aventajada (la Eva de América, como se le llegó a conocer) que trastorna a la pulcra y educada costa Este de EE.UU en pleno cambio de siglo. La mujer como primer elemento subversivo de la sociedad, la mujer real, la mujer en solitario, en su perfil más bajo pero más demoledor, sin contacto con las grandes heroínas de la historia. Una bailarina/cortesana y una modelo/corista, insignificantes en un principio, mujeres corrientes que despertarán la opisición generalizada por un motivo: su capacidad para amar. Esta voluntad será, al tiempo, su “única” arma.

Get the Flash Player to see the wordTube Media Player.

Empecemos con Lola. Lola es coherente y fiel, una mujer que lo entregará todo a pesar de la continua agitación vital y sentimental. Lola vivirá para el amor olvidándose del resto. Ella, que con tanta concentración se entrega, posee la facultad invertida para perder la pasión, para emprender la búsqueda de un nuevo amor sobre el cual volcar su cariño. Tan valiosa le resulta la unión como la separación, la contención como la expansión. Una necesidad esquizoide que surge por la insatisfacción de unos intercambios amorosos en los que entrega mucho más de lo que recibe; igual que le sucedía a la Gertrud de Dreyer.

Evelyn recorre el mismo trayecto que Lola. Un camino que podría resumirse con la simple imagen de la inocencia perdida. A fuerza de bofetones morales, físicos y sentimentales, tomará conciencia de que lo que pretende, por básico y natural que le parezca, no va a ser permitido. A Evelyn no le van a dejar amar, nadie, ni siquiera el destinatario de ese amor estará dispuesto a romper con las normas del lugar. Ella siempre será la “otra”, una mujer que ya no aparecerá marcada con una letra en el pecho como en la historia de Hawthorne (1850), pero sí con el mismo color: con el rojo, con el escarlata de un columpio. Evelyn quería terminar con lo que empezó Lola, tenía la esperanza de clausurar el siglo XIX para abrir un tiempo nuevo. Inocente.

Get the Flash Player to see the wordTube Media Player.

El destino de ambas era inevitable. Ophüls y Fleischer, que sabían bien donde jugaban, muestran en sendos finales la crueldad resultante de la lucha por contener a dos mujeres “peligrosas”. No bastará con sofocar la revolución, además, una vez devueltas al redil y sometidas a las reglas que quisieron quebrar, se les impondrá el castigo más humillante. Imposible encontrar una manera más adecuada para ilustrar dicha corrección que la de la representación misma como metáfora. La sociedad sólo necesitará recuperar a María Magdalena, la lapidación o el Auto de fe y abrir luego el telón para dar paso al espectáculo. El circo y las variedades convergen en el cine, como ya sucedía en otra muestra hermana de estas: Olga Baclanova, antes Cleopatra y luego gallina clueca, cerrando Freaks (Tod Browning, 1932).

No cuesta mucho desmenuzar la puesta en escena de ambos finales, colores podorosos en imágenes cinemascópicas mimadas por dos gigantes de la fotografía: Christian Matras y Milton Krasner. Al célebre travelling1 de Lola le corresponde un angustioso picado desde lo alto del teatro. Mientras, el bullicio intenta ahogar con idéntica saña los temas musicales principales que terminan sonando en una variación triste hasta morir.

Evelyn - Los payasos Etaix & Fratellini - Lola

Evelyn - Los payasos Etaix & Fratellini - Lola


El reclamo es sencillo. Una es la mujer que escandalizó a Europa entera, la otra una jovencita que mandó “a criar malvas” a su amante y al manicomio a su marido. La mujer enjaulada, la mujer barbuda, una atracción más. La eterna pareja de clowns, el clown blanco reflejado en el lívido rostro de Lola junto al guasón, el augusto, el de los ridículos coloretes de Evelyn. No sabían los guardianes de la moral que, con todo, les podía salir el tiro por la culata.

El clown encarna los caracteres de la criatura fantástica que expresa el aspecto irracional del hombre, la parte del instinto, ese matiz rebelde y contestatario contra el orden superior que hay en cada uno de nosotros.
Federico Fellini.

Todo presentado por jefes de pista, por maestros de ceremonias que explotarán la lujuria masculina ajena –la suya es simplemente el dinero-, la de los caricaturescos espectadores que terminan formando una repugnante gang bang para obtener un beso a cambio de un dólar o la visión fugaz de unas piernas sobre sus cabezas.

Resulta curioso comprobar lo bien que funcionan los finales cuando uno de los puntos más conflictivos de ambas películas siempre ha sido el reparto, especialmente el de la actriz protagonista. Las dos estaban señaladas por una fuerte carga sexual y por papeles precedentes que lo enfatizaban de mejor o peor manera. Lo que podía parecer una buena razón para representar a los dos personajes, terminaba volviéndose en contra. A Martine Carol nunca se le vio como una Lola Montès eficaz, viniendo como venía de la serie de películas con su por entonces marido, Christian Jacque, como director. A Joan Collins, costaba encuadrarla después de haber sido durante ese mismo 1955, Nellifer en Land of Pharaons (Tierra de Faraones, Howard Hawks, 1955) y Beth en The Virgin Queen (El favorito de la reina, Henry Koster, 1955). Ahora, las dos quedaban fuera de tono durante el primer tercio del filme –sobre todo Martine Carol haciendo de apenas una niña-. Su presencia física era demasiado potente.

Max Ophuls y Richard Fleischer

Max Ophüls y Richard Fleischer


En cualquier caso, y a nivel particular, siempre he superado el temido obstáculo, aunque reconozco ciertos defectos/excesos en este filme. Cosa que no le ha sucedido a otros que, admirando profundamente la obra de Ophüls, aborrecen Lola Montès. Guy Maddin, sin ir más lejos, dice admirar todas las películas del director de Sans Lendemain (Suprema decisión, 1939), excepto ésta. Yo sigo sin poder elegir entre el Ophüls de los años 30, el de los 40 o el último de los 50, todos me parecen igual de extraordinarios.

Respecto a la consideración de La chica del trapecio rojo dentro la obra de Fleischer, parece haber menos problemas, aunque me temo que esto es debido a su escasa difusión o, por lo menos, al contraste frente a títulos más reconocidos (los dos estranguladores, Los Vikingos, Soylent Green, Un viaje alucinante, etc.). The Girl in the Red Velvet Swing es más densa y audaz de lo que transmite en superficie, una capa que engaña, que parece de un Negulesco o de un Koster de la época cuando, en realidad, está tapando un Hitchcock en toda regla. Un filme repleto de perversiones hitchcockianas, donde Ray Milland (Stanford White) no es un Pigmalión cualquiera, sino que recuerda a la cara B del personaje (re)intrepretada por James Stewart en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), o donde asistimos a la siempre inquietante presencia de la madre, a los traumas, a la locura o a la frustración sexual “mostrada” mediante elipsis, diálogos y sonidos.

  1. Para una idea de las peripecias sufridas por el filme, sus diferentes versiones y remontajes, a los que no es ajeno este final, ver: Droessler, Stefan: “Reconstructing the German Version of Lola Montes”, Journal of film preservation, nº 65, pp. 5-18 []

3 comentarios para “Distrito rojo”

  • Yo prefiero “The girl…” a “Lola Montes”.
    Elegir entre Ophüls y Fleischer es más complicado de lo que parece. Fleischer hizo más películas y tiene varias claramente fallidas, pero las mejores compiten con las de cualquiera. “The girl…” me parece mejor que todas las que mencionas suyas. Las que más me gustan, aparte de ella, son, “These thousand hills”, “Violent Saturday”, “Mandingo”, “The new centurions”, “Between heaven and hell”, “Bandido” y “20000 leagues under the sea”.

  • Hola, qué tal Jesús,

    Yo creo que Lola Montes la tengo algo idealizada por razones externas al cine, no sé, bueno, sí sé. Me gusta y reconozco que tiene pasajes flojos, que no me interesan o me interesan menos. Ahora, entre Ophüls y Fleischer no tengo dudas.

    Todas esas de Fleischer son estupendas y, como hablamos ya una vez en tu blog, yo añadiría See no evil (Terror ciego) y The Narrow Margin.

    Un saludo y muchas gracias.

  • Hatt dice:

    Yo también soy de los que se quedan antes con The girl…
    Pero bueno, eso es lo de menos, me quedo con las dos y ya está. Con las dos y con esta gran entrada.

    Un saludo.

Deja un comentario

Delirios
Archivo
Buscando delirios
Twitter
Aforismos
Loading Quotes...