Entre les murs (La clase), Laurent Cantet, 2008


* Artículo publicado en: BLOGS&DOCS. Número 24, febrero del 2009.

“¿Cuál es tu sitio?” Con esta pregunta concluye Ressources Humaines (1999), primer largometraje del director Laurent Cantet. Aquella frase que daba pie a los títulos finales del filme, previo y reflexivo fundido a negro, podía parecer una pregunta directa al rostro del espectador, una consecuencia evidente de la forzada toma de conciencia sufrida por los protagonistas en la segunda parte del metraje. En cambio, se vuelve hacia él mismo para terminar recorriendo el resto de su trabajo como cineasta. Todos los protagonistas de sus siguientes películas actuarán de acuerdo a esa búsqueda.

Teniendo en cuenta esa inquietud, parece lógico que su corta filmografía aparezca menos homogénea de lo que un primer vistazo transmite. Por mucho que desde un comienzo se identificaran sus películas con una tradición festivalera asociada a una confusa idea de cine de autor y de calidad francés. En ese ambiente y como los personajes de sus historias, Cantet daba suficientes muestras de estar buscando su lugar y, en el trance, de ser un híbrido. De partes bien ensambladas, pero híbrido al fin y al cabo, con dificultades para ser etiquetado.

De esta forma, parecía manejar indistintamente y con gran solvencia la calidez y el nervio de Robert Guédiguian (Ressources humaines, 1999), la distancia más fría, pero igual de analítica, de los Dardenne (L’ Emploi du temps, 2001) o la refinada estructura de personajes y diálogos de John Sayles (Vers le Sud, 2005). Con todo, la obra de Cantet no quedaba como puro remedo, pues aportaba suficientes datos temáticos, visuales y narrativos como para ser considerada original. La problemática laboral y la distinción de clase, las complejas y a menudo frustrantes relaciones familiares – en especial la paterno-filial -, la división entre capital y provincias, la brecha generacional; en resumen, una preocupación evidente por las cuestiones sociales. Retratos pausados y profundos que intentaban escapar de la velocidad y el maquillaje con las que la actualidad trataba de sumergirlos.

Entre les murs

Su carrera cinematográfica, ahora, termina desembocando en el aprendizaje, en la enseñanza, con Entre les murs (2008) como perfecta canalización. Sigue así la estela de quienes han impartido a través del cine lecciones magistrales de historia y conocimiento en los últimos años: Ermanno Olmi o Nicolas Philibert. Para ello, recurrirá a un soldado raso, a un profesor de instituto que, como él, empleará la pregunta como cimiento del discurso, esto es, la vuelta a una mayéutica que chocará con el eterno rechazo e incomprensión del método.

Enclaustrado en aulas y despachos, el envoltorio formal y narrativo de la película podrá ser calificado de cualquier manera menos de documentalista. Empezando por un formato panorámico que no determina por sí mismo pero que incorpora una dimensión plástica demasiado poderosa para ser obviada. Aunque, con frecuencia, las transiciones entre planos y la reordenación del movimiento huyan tanto de las composiciones académicas o efectistas, que con tanta frecuencia ofrecen los grandes rectángulos, como de las rupturas caprichosas. De la misma manera, la aparente naturalidad de los actores no profesionales queda muy matizada en sus parlamentos, sobre todo en las secuencias exclusivas entres profesores. A pesar de ello, la fuerte voluntad de estilo de su obra precedente, sin desaparecer, queda diluida en un claro ejemplo de cesión ante las necesidades del tema.

La cruda apropiación histórica que se ha hecho de la enseñanza por parte de diferentes ideologías y religiones, tampoco resulta ajena al tratamiento de las obras que la incorporan como argumento. En este sentido, Entre les murs siempre será susceptible de recibir ataques, lo curioso es que, en esta ocasión, vinieron y vendrán los elogios de las clases dirigentes. Las mismas que han desmantelado o degradado los sistemas educativos, se permitirán el lujo de recomendar y alabar los esfuerzos fotografiados en este filme. Este enfoque político e ideológico del problema, en positivo o negativo, será falaz y de una obscenidad insoportable, en tanto aparece como un auténtico ejercicio de propaganda adscrita a unos intereses. Y todos sabemos que si en algo se sustenta la enseñanza es en la generosidad, aunque no sea reconocida y aunque cueste practicarla no ya cada día, sino cada hora, cada clase.

Festival de Cannes 2008

El verdadero valor documental del filme no será cuestión de superficie, es decir, cinéfila, sino que radica en su capacidad para mostrar la culminación en el presente de un problema histórico sin resolver. La arrogancia de las democracias europeas coloniales quedará al descubierto cuando uno se asoma a esta clase. Incapaces de otra cosa que no fuera saquear en su visita africana, dejaron como herencia un continente que demostrará cómo se puede ser decadente sin, paradójicamente, haber vivido una etapa de esplendor.

Esa decadencia, que no viene de una degeneración de algo mejor o agotado, sino que es el modelo directo implantado como efecto del abandono y del aprovechamiento de unos pocos de esas parcelas de poder liberadas, encontrará reflejo en la propia decadencia de los sistemas educativos: sin un referente brillante al que acudir, sin soporte fiable, como arrojada en paracaídas sobre un campo de lanzas clavadas en el suelo. De esa frustración de los que viven a diario la situación se pasará con facilidad a la rabia, como le sucede a François Bégaudeau (actor al tiempo que autor de la novela autobiográfica representada), quien comprueba que el sistema, en realidad, le ofrece poca cobertura. No quedándole otro remedio que aferrarse a las personas, comenzando por él mismo, por su responsabilidad, por un compromiso autoexigido, al tiempo que elástico, que no necesitará de ninguna otra deontología burocrática. Los fogonazos de esperanza, inteligencia y brillo que aparecen en fugaces conexiones con sus alumnos, le ofrecerán al menos un respiro.

En Touki Bouki, película dirigida por Djibril Diop Mambéty en 1973, una pareja de jóvenes senegaleses, adolescentes entre la inconsciencia, la pillería y el desencanto que parecen extirpados de de un filme de Jean-Luc Godard, padecía la corrupción heredada de la época colonial al tiempo que veían en la emigración la salvación; París, gracias a la voz craquelada de Josephine Baker, era el paraíso. No sabían que décadas después, de haber salido de Senegal, la que podría ser su descendencia se convertiría en parte del alumnado de esta clase, el cual, renegará del paraíso prometido como muestra del fracaso identitario sufrido. Aislados en los suburbios, en estereotipos (el fútbol, la ropa, la música, los nombres, etc.) de un país de origen que ni siquiera conocen y recelando los unos de los otros, confundirán la identidad con el provincianismo, como bien demostrará Esmeralda, ufana de salir de su distrito parisino – como en su día pudieron hacer los protagonistas de La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995) – para realizar compras en otro de un estatus más elevado.

Entre les murs

A la defensiva de todo, el nuevo vitellonismo multiétnico del siglo XXI se mueve entre los muros de una clase o de un barrio incrustado en una gran capital. La principal tarea de este profesor no será ejercer de eventual redentor que derriba dichas paredes, sino animar a que lo hagan ellos mismos para poder vivir extramuros de ese conformismo adocenado por unos clichés disfrazados de rebeldía juvenil. Y, en el peor de casos observar, con mayor o menor resignación, como nada de eso sucede o se retrasa demasiado en el tiempo.

Con la pregunta que encabezaba esta reseña, Cantet quería encontrar su sitio y, con su última película, trata de responderse a sí mismo no sin dudas. Su manera de hacerlo será exponer el proceso humano, por desgracia doloroso, que conduce a ese incierto y difícil encuentro.


Canción de hielo


Continuando en parte la entrada anterior, resulta curioso comprobar cómo la fotografía, digamos polar, recurrió una y otra vez al sobreencuadre a través del hielo. Personas, barcos o animales, vistos a través de las diferentes y caprichosas formas que podía adoptar éste. Puede que para algunos resulte un énfasis innecesario, mientras que para otros tal vez sea la manera normal de utilizar el elemento más representativo del paisaje. El caso es que dio muy buenos resultados y la Gruta de Ponting pareció quedar como un referente inevitable al que acudir siempre cuando uno se quedaba en el polo con una cámara en el equipaje. Junto a las imágenes que hacen del horizonte su motivo, el sobreencuadre helado es la composición más repetida.

La desolación de esas instantáneas donde el inabarcable blanco termina despegando hacia el azul, quizá empujado por alguna ventisca dibujada en los cristales de hielo levantados, despliegan su gran capacidad para el símbolo y el sentimiento desde la abstracción. Y como ya sabemos que ésta a menudo es huidiza y poco comprendida, la plástica del encuadre a través de los objetos aparece como una salida más figurativa, con mayor grado narrativo desde un primer vistazo. En cualquier caso, ambas fórmulas, tanto la del horizonte que, según convenga y cada seis meses, impide descender o emerger a la tímida de bola de calor, como la del hielo en funciones de envoltorio inevitable, resultan fascinantes.

Puede que otro día hablemos de las primeras, de aquellas que demuestran que fotografiar cielos sin nubes también tiene su dificultad y que, al tiempo, son un buen ejemplo de cómo el celaje ha sido algo más que un simple complemento en la historia de las imágenes, en especial en la pintura, y no sólo en la paisajista. Pero, ahora, nos quedamos con la gruta y el hielo como esa especie de arquetipo visual magnificado en la célebre fotografía de Herbert Ponting.

En la primera imagen vemos el Aurora, el barco que daba nombre a la expedición australo-asiática recordada por la aventura de Douglas Mawson ya comentada en el último artículo. Realizada en diciembre de 1913 por Frank Hurley, emplea la lengua del glaciar Mertz (el último compañero de Mawson) como apropiado marco al navío anclado en aguas de la bahía de la Commonwealth.

El Aurora, Frank Hurley 1913

O de nuevo el Terra Nova retratado por Ponting, esta vez fuera de la gruta pero igual de acosado, falsamente (juego entre los dos términos gracias al empleo del foco), por el hielo desde estribor, o babor, vete a saber.

Terra Nova

Y rematando el trío, el Endurance, también fotografiado por Frank Hurley pero unos añitos más tarde, durante la expedición transantártica de Shackleton.

The Endurance, expedición transantártica

Para concluir, la ficción, un fotograma de una extraña película coreana titulada Namgeuk-ilgi (Antarctic Journal, Yim Pil-Sung, 2005) con sobredosis de fantasía. Una vez vista parece evidente que no sabían que la fantasía polar, en todos los sentidos, ya se encuentra en cantidades elevadas sin necesidad de montar un circo de ocho pistas con fantasmas incluidos. En cualquier caso, de nuevo el mismo recurso para el encuadre, esta vez elíptico y más reconocible desde su regularidad geométrica que encima acompaña a un gran formato panorámico.

Antarctic Journal, 2005


Revelaciones antárticas


Aurora australis. Samuel Blanc 2006-04-22 (CC-attribution)

* Foto cabecera: Aurora australis. Samuel Blanc 2006-04-22 (CC-attribution): Website del autor

Si existe un verbo con capacidad absoluta para la narración, ése es revelar. Acudir a él es una de las mejores maneras de exponer el tiempo en sus tres estaciones diferentes. Implica, por necesidad, un recorrido anclado en un punto del pasado que es culminado en el presente y que se encuentra repleto de consecuencias para un futuro. “Un” futuro mejor que “el” futuro, ni siquiera siendo futuro de alguien o algo en concreto admitiría una determinación tan rotunda en su artículo. El gran problema de revelar reside en que su dura y popular inclinación religiosa ha laminado su enorme valor narrativo y científico. Así, en lugar de dar pie a un relato preciso queda al servicio de mandatos, anulando cualquier cambio surgido de ese discurrir. Es decir, la posibilidad de una evolución queda negada de raíz en el uso religioso del término, donde revelar deviene imposición eterna.

Ningún ejemplo mejor que el revelado fotográfico: la nada, lo latente, lo expresivo y su expansión semántica por el mundo, haciendo caso o no a su remoto referente. De ahí que revelar funcione tan bien, desde su enfoque científico, en el discurso sobre el aprendizaje; en gran medida podrían considerarse sinónimos. En resumen, la revelación como exploración, esto es, como descubrimiento. Y de exploraciones vamos a hablar, en concreto de las antárticas. Para mi desgracia, por una simple cuestión de estadística, he tenido más revelaciones visuales que literarias; he visto mucho más que leído. Lo maravilloso surge cuando a esa revelación se le permite desplegar su capacidad para el relato hasta convertirse en doblemente valiosa: el revelado del propio material fotográfico y la posterior influencia narrativa sobre alguien. En mi caso, las imágenes terminaron por revelar una literatura fascinante: la antártica.

No era la primera vez que había visto de refilón aquel DVD en la parte más baja y esquinada de una estantería, pero nunca me había dignado a agacharme tanto. Como dijo Fernando Fernán Gómez durante un rodaje, cuando tenía que doblarse para poder pasar bajo unas sábanas tendidas, “detesto las películas de acción”. Al final, la curiosidad venció a la holgazanería e hinqué rodilla para observar un envoltorio (con la maquetación siempre tan lamentable de DeAPlaneta) compuesto por un barco en la portada y, por detrás, alguna imagen de archivo muy vetusta y más prometedora. 1914, ¡oye! imágenes en movimiento de aquella época para alguien que sería capaz de tragarse el vídeo casero del más tarugo de los amateurs de esa época sólo por la pátina; así de frívolo es uno.

ballena-descuartizada

Más lectura superficial de la información para comprobar que se trataba de un documental sobre la exploración liderada por Shackleton con el objetivo de atravesar el continente antártico. A saber quién narices era el tal Shackleton, pues mis conocimientos sobre el Polo se limitaban, como mucho, a los escolares, a los residuos mentales de alguna lectura perdida o, peor aún, de algún concurso televisivo. Estoy casi seguro de que en aquel momento no sabía ni quien había sido el primero en pisar el Polo Sur. La cuestión es que seguía con recelo y le dije a mi amiguete de la tienda que hiciera el favor de poner el disco un momento para ver qué demonios era esa cosa. La imagen en blanco y negro de la ballena descuartizada más descomunal que había visto terminó de convencerme a pesar de mi escaso interés por el documental en sí. Pero ya estaba dispuesto a ejercer de ridículo esteta contemplando el material de archivo que hubiera incorporado.

Ese material, muy escaso, resultó ser como había intuido: deslumbrante. No tardé en buscar, localizar y comprar la edición realizada por el BFI de las imágenes que Frank Hurley captó durante aquella expedición; parte de las cuales estarán todavía bajo el hielo. Pero sobre aquellas imágenes se levantaba una historia arrolladora, inigualable, irrepetible… tanto que se acercaba a lo inverosímil. Daba la sensación, según avanzaba la película, que eso no podía haber sucedido, entre otras cosas porque semejante barbaridad habría sido una excelente excusa para su sobreexplotación mediática y artística. Pero no, allí seguía, casi en el olvido – o en mi ignorancia para ser justos -, casi tan virgen como los témpanos de hielo retratados. Un nombre casi perdido en los títulos genéricos alimentaba algo más esa misteriosa ausencia de eco: Terrence Malick firmaba como uno de los múltiples productores ejecutivos de la cinta.

The EnduranceThe Endurance, barco, filme y libro (titulado South), ejerció de resorte para emprender la propia exploración de los exploradores. Como casi siempre en mi caso, resultó ser desordenada y caprichosa, por no decir caótica: libro va, foto viene, película en el medio, página web mediante, etc. Mirándolo con perspectiva, no podía ser de otra manera, todo aquel disparate se resistía a ser encajado de manera racional, era puro mito y, para otros, pura revelación divina. La presencia constante de Dios, de la patria correspondiente del personaje –muchos de ellos militares- de turno y de la preeminencia del valor y el honor como atributos humanos indispensables, no ayudaban a buscar una visión más desapasionada del tema. La expedición en general y la antártica en particular, se convirtió en uno de los primeros estandartes propagandísticos de las naciones implicadas. Un buen preludio de la Primera Guerra Mundial durante la cual se emprendió, con el visto bueno de Churchill, la expedición transantártica de Sir Ernst Shackleton. Guerra a la que algunos regresarían tras su odisea, el propio Hurley sin ir más lejos para fotografiar las trincheras.

Era como si el Romanticismo decimonónico quisiera todavía hacerse oír cuando apenas emitía estertores. La justificación de las expediciones antárticas escapaban en última instancia de la dimensión política, científica, honorífica o monetaria que las promovía para ser monopolizadas por el espíritu romántico del hombre frente a la Naturaleza. Todo resultaba ser una pura cuestión de supervivencia con escaso o nulo reconocimiento a los postres, pues el orden y la mentalidad mundial quiebra a partir del mismo 1914. Roald Amundsen se quejaría, con más amargura que broma, de ser sólo recordado como el “que se comió los perros”, o de que en los colegios noruegos se les enseñara a los niños que Scott había sido el primero en llegar al Polo. Apsley Cherry-Garrard, autor de El Peor viaje del mundo, sería tachado de cobarde por algunos compatriotas al no lograr rescatar en un primer intento a la expedición de vuelta de Scott. Por no hablar de el escaso valor otorgado a los huevos de pingüino emperador que lograron recolectar en su viaje durante semanas agónicas del invierno antártico desde el Cabo Evans hasta el Cabo Crozier, donde estar a -50 grados era recibido como una cálida bendición o donde encender una cerilla equivalía a los trabajos de Hércules.

Shackleton volvió al Sur, a Georgia del Sur, apenas un lustro más tarde y con apenas reconocimiento para morir de un infarto. Una ristra de hombres donde los que salieron con vida parecían añorar la suerte de sus compañeros perdidos en el camino helado. La vida era demasiado mundana después de la grandiosidad antártica, ni siquiera los restaurantes con los que soñaban cuando se morían de hambre consolaban. La condición de auténtico explorador conllevaba, casi sin remedio y de manera lastimosa, ser un perdedor o cuando menos un atormentado. La única forma de realización completa una vez vivida aquella experiencia debía ser la muerte. La penosa cadena de errores cometida por Robert Falcon Scott durante la preparación y la ejecución de su última expedición, se convierte así en la mejor manera de elevar el mito sobre la derrota.

Ni los ridículos y averiados trineos motorizados, ni la ruta elegida, ni los ponis sustituyendo a los perros, ni la fatal decisión de incluir un quinto integrante en el ataque final al Polo, nada de eso importaba a la hora de valorar la expedición. La visión idealizada se instaló de manera definitiva apoyada en el arquetipo del caballero inglés. Pocos revisionismos aceptaría y cualquier intento de desmitificar resultaría polémico, como en el caso de los trabajos biográficos de Roland Huntford, en especial The last place on Earth. En éste y en la miniserie homónima de televisión para la que sirvió de guión de partida en 1985, encontramos la otra cara de Scott, un envés tan radical como la del mito del caballero inglés: la de un capullo integral y la de una expedición mucho menos bucólica y pacífica de lo contado hasta entonces; pero la leyenda fordiana siempre cabalga de nuevo. Otra miniserie reciente (2002), más plana y fría que el Plateau antártico, intentaría relatar la historia de Shackleton con poco talento.

Expedición de Scott tras alcanzar el Polo

En cualquier caso, la historia de Scott era igual de atractiva que la de su colega Shackleton (con el que compartió una primera expedición y con quien mantuvo, de nuevo el mito, una dura rivalidad) y el relato de cada paso sobre la nieve recogido en su diarios, recuperados en la expedición de rescate, contiene los momentos literarios más brillantes del género. Sentencias que jamás podrán ser sustituidas ni olvidadas: ¡Dios santo, es un lugar horrible!1, escribía Scott el día después de alcanzar el Polo (enero de 1913) y ver ondear la bandera noruega (los noruegos habían alcanzado el polo en diciembre). “Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros”2, sería la última entrada registrada en los diarios. O como la despedida de Lawrence Oates antes de salir a dar un paseo definitivo por la nieve: “Voy a salir un momento, puede que tarde un poco”.

Mentar tanto a Dios ya hemos dicho que era parte del contexto y del ritual, y que la confusión no había sido despejada en ese sentido ni por la Ilustración. Pero en la Antártida ese dios parecía ser más verdadero que otros. Como escribe Barry López, en medio de aquella escenografía telúrica los hombres abrumados ¿ven a Dios? Vete a saber, lo que sí parece posible es que, si existiera, se estaría allí más cerca de él que en una iglesia. Esa vivencia espiritual parecía convertir a los viajeros en algo más, dice con gran acierto Clint Willis, pues allí “encuentran algo que nadie ha encontrado en la tierra: una extraña y misteriosa belleza que les inspira, les convierte en artistas”. Sin duda, su literatura es mayúscula, más cuando los imaginamos intentando escribir al final de un día de marcha, ateridos de frío y con el pulso convertido en un temblor hórrido. La edición facsímil encontraría plena justificación en algunas de estas obras para poder comprobar el trazo quebrado de una letra y sus interminables implicaciones sentimentales y estéticas. Ese trazo de la letra encuentra equivalencia con la pincelada más o menos pastosa de un cuadro.

Scott y su diario en la miniserie The last place on Earth La última página del diario

Para completar el perfil de la epopeya de Scott, de nuevo las imágenes de archivo: foto y cine. Herbert Ponting, fotógrafo de la expedición, remontaría en varias ocasiones el material gráfico registrado. Primero, en una especie de serial tras volver del Polo, más tarde, en 1924, en forma de documental silente titulado The great white silence y, por último, a comienzos de los años 30 con el sonoro en ebullición, incorporando una narración propia sincronizada con las imágenes: 90º South. En dicho filme se podrá observar, entre otras cosas, un curioso making of de la fotografía antártica, con toda justicia, más célebre de la historia: La gruta de Ponting. La obra del fotógrafo se añadía a la miniserie citada y a una peculiar y olvidada película de los estudios Ealing dirigida por Charles Frend en 1948: Scott of the Antarctic. Lógicamente, más del lado del mito y con el gran acierto de acudir a los diarios como voz en off durante toda la última parte del metraje. En cualquier caso, un filme con gran eficacia en la producción (Michael Balcon) y en la narración. Puro oficio el de Frend, amén de la suerte de aterrizar el proyecto en la Ealing.

El complemento musical al evento vendría gracias a iLiKETRAiNS y su excelente canción Terra Nova (nombre del barco = nombre de la expedición, como el Fram de Amundsen, el Bélgica de Adrien de Gerlache, el Aurora de Mawson, etc.). El videoclip debería aparecer en cualquier antología del género, en las primeras posiciones a ser posible.

La gruta de Ponting con el Terra Nova al fondo

Una vez obrada la revelación por medio de Shackleton y continuada por Scott, vinieron otros tantos, absolutos desconocidos por supuesto. El australiano Douglas Mawson, quien apenas unos meses después de la conquista del Polo transitaba esos parajes tirando a cuatro patas del trineo donde colocaba a su enloquecido compañero Xavier Mertz, capaz en su delirio de arrancarse uno de los dedos congelados a mordiscos. Tratando de alcanzar al Aurora para regresar con el resto de la expedición, sorteando o cayendo en grietas sin fondo, Mawson se dejó literalmente las almohadillas de los pies, las cuales debía recolocar en cada parada. Despellejado – jirones de piel se desprendían junto con la ropa – por el esfuerzo, por el roce de los arneses, la falta de nutrientes y vitaminas, encontraba en la lanolina que portaba el mismo consuelo que podría ofrecer el Vicks Vaporub para la neumonía. Otro extraño documental, con una parte de recreación, ayudaría hace poco a poner imágenes a parte de aquello: When hell freezes (Malcolm Mcdonald, 2007).

Con la peripecia recogida en Alone, del norteamericano Richard Byrd, se aprende, como ya hemos avisado, que un estilo literario fluido no era incompatible ni con el frío polar ni con la intoxicación por monóxido de carbono sufrida en la estación meteorológica (Advance Base) en la que permaneció solo durante meses (marzo-agosto de 1934). Es más, este rasgo terminaría por convertirse en una de las grandes enseñanzas de la revelación: la calidad literaria de los escritos y diarios de las expediciones era abrumadora, dejando por momentos, y aunque no lo fueran, a Jack London o Joseph Conrad como aventureros de salón. A esa potencia de la aventura exótica y física de London le sumaban la dimensión filosófica y espiritual de Conrad, tiñendo aquello, por momentos, con la fantasía de Verne. Byrd, en este sentido, tampoco despreció a la filosofía y nos lega momentos casi pitagóricos en sus descripciones de las estrellas, del halo lunar, de las auroras y del influjo de la música durante sus visiones de esos fenómenos atmosféricos. Así como su capacidad para la reflexión cartesiana sobre las separaciones entre cuerpo y mente y sobre la soledad como motor positivo y negativo, tanto para la depresión como para la disciplina y el autoconocimiento.

Cuando ahora se pueden hacer cruceros y se permite a cualquier ricachón aburrido, envuelto en ropa técnica de 600 euros la pieza, depositar su culo en el Polo nada más descender de un helicóptero, cuando la tecnología3, afortunadamente, facilita el acceso y el conocimiento y cuando los medios de comunicación han descubierto en el 2009, para gracia de la Ciencia, que en los inviernos nieva (nevar significa para ellos nevar en Madrid, el resto somos paletos al otro lado de la urbe y de la tele que jamás vieron o tocaron nieve alguna), nada mejor que volver a repasar libros, fotos y películas de los que sí tuvieron autoridad moral para afirmar que “su” nieve sí era la nieve verdadera. Y que la nuestra y la de los medios de comunicación reporteriles es otra cosa muy diferente que bien podría acoplarse a la frase final de Garden of Evil (Henry Hathaway, 1954): “Si el mundo estuviera hecho de oro, la gente se pelaría por un puñado de polvo”.

Frank Hurley fotografiando el Endurance Primer vuelo chárter Australia-Antartida 11-1-2008 foto-EFE

En fin, estos tipos, alimentados a base de pemmican, con ropa poco apropiada, con una preparación física nada específica, que caminaban miles de kilómetros por lugares tan hermosos como terribles sin saber que le estaban dando su nombre al pisarlos o simplemente muriendo sobre ellos, daban cierto sentido a la existencia; cosa nada fácil. Mawson o Cherry-Garrard, y con ellos la mayoría, dijeron que lo sencillo en aquellas circunstancias era arrumbarse y pasar a explorar lo que hubiera al otro lado del sueño, que la muerte era un alivio, una amiga y, sin embargo, continuaron hasta donde pudieron. Por suerte, el integrismo religioso todavía no se ha apropiado de la filosofía de los exploradores para justificar alguna de sus cruzadas fundamentadas en leyes naturales y divinas. Yo, mientras tanto, hace tiempo que adopté en mi casa la ley natural del cuco, todos fuera menos yo, y espero poder implantar pronto la del león marino en cuestiones sexuales.

  1. Great God, this is an awful place! []
  2. For God’s sake look after our people []
  3. Alguien como Werner Herzog no podía dejar de preguntarse sobre todo esto en Encounters at the end of the World, 2007 []

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