Septiembre 15, 2008

Iconografía desacralizada

Fragile de Gaultier Dentro del mundo de la publicidad, tan grande e inabarcable que en ocasiones parece convertirse ella misma en un auténtico modelo económico y social, o al menos en un apoyo indispensable para su funcionamiento, existen ciertas empresas, marcas o productos, cuyo nivel de visibilidad alcanzado dentro de la sociedad le permiten vender(se) y ofrecer(se) sin el apoyo informativo necesario que otros sí deben desplegar para el mismo ejercicio. Se llega al punto en el que la propia marca es suficiente para su difusión, como una auténtica garantía de calidad y fiabilidad, en un impúdico alarde de narcisismo; recurso indispensable en la industria citada.

Si este marco lo acotamos aún más con un subgénero como la perfumería, entonces las imágenes resultantes se encontrarán en un punto donde la libertad formal no tendrá nada que ver, primero: con la empleada por otras marcas cuyo estatus en el mercado no le permitirán según qué licencias, y segundo: con la de los productos cuyas funciones solicitan apoyos informativos, bien con textos, gráficos o mediante cierta narratividad en las imágenes dispuestas. Nos encontramos, entonces, dentro de un rincón publicitario en el que podremos hallar códigos ausentes en otros tipos por las razones ya mencionadas.

Así, nos situamos en: a) un conjunto matriz más amplio que podríamos catalogar como “mundo de la moda”, y por consiguiente permeable a diferentes expresiones artísticas. Con independencia, ahora, del grado de ridiculez, kitsch, esnobismo o plagio en ese reciclaje, b) una marca de prestigio sometida a escasa o nula necesidad para ganar terreno o auto-afianzarse. Ojo, con todos los matices que se quiera respecto a esta sentencia teniendo en cuenta la voracidad, la inestabilidad y la exigencia del medio que nos ocupa, y c) un producto perteneciente a un apartado muy concreto de ese mundillo y de esa firma, del que bien podría colgar la etiqueta de “alta perfumería”. Todo este preámbulo parece en gran parte obvio, lógico, pero no por ello debemos olvidarlo.

Pietà Bandini (Pietà del Duomo) Miguel Ángel, 1557 (circa). Museo de la Catedral de Florencia Pietà, El Greco, 1571-6. Museo de Arte de Filadelfia
Descendimiento de la Cruz. Nicolas Poussin. Museo del Hermitage 1628. Descendimiento. Pedro Pablo Rubens 1611 Catedral de Amberes

Bajo este contexto y con las implicaciones formales y expresivas liberadas de ciertas funciones, podemos intuir que la aparición de la abstracción se convierte, si no en inevitable, sí en una opción más útil que en otras ocasiones. Y el anuncio que nos interesa es manifiestamente abstracto y, como tal, más complejo de lo que sus formas pueden llegar a comunicar en un primer golpe. Sin embargo, esto puede suponer una contradicción refiriéndonos al mundo publicitario, en tanto sus mecanismos se organizan para glorificar ese golpe visual inmediato. Más aun cuando queda sepultada en el interior de una revista que puede contar con un despliegue gráfico abrumador y donde tendrá que, además de competir con otras imágenes, ejercer de isla entre textos. Tal es el caso de esta imagen, sacada de un dominical cualquiera.

Pero, la contradicción no será tal si hurgamos un poco en la retórica publicitaria y en sus inagotables recursos para obtener fines, esto es, suscitar ambigüedad en ese primer golpe, alterar la pretendida relación entre imagen, producto y su espectador. Si el producto, siquiera por un instante, hace pensar al espectador, reflexionar sobre él, su éxito será casi seguro, no se olvidará fácilmente y aumentará su capacidad seductora. Todo ello, eso sí, partiendo de la pregnancia de las formas.

Y decimos que el anuncio es abstracto, al tiempo que pregnante, de acuerdo a lo siguiente: en primer lugar, no existe información escrita o anclaje de ningún tipo, tan sólo el nombre del producto “FRAGILE”, segundo, se elimina cualquier referencia visual superflua con el negro, enmarcándolo todo, como fondo, y tercero, la composición principal resulta de una geometría evidente, una construcción piramidal que intentaremos demostrar como significativa, pues, las estructuras piramidales siempre, a lo largo de toda la historia de las imágenes, han denotado jerarquía. Luego, de tal implicación, deviene otra casi por inercia: el equilibrio. Veamos ambas ideas, jerarquía y equilibrio.

Piedad de Michel Sittow en la Capilla Real de Granada, c. 1500. Pieta. Moretto da Brescia, c. 1520. National Gallery of Art de Washington
Descendimiento de Dieric Bouts en la Capilla Real de Granada, 1455 Descendimiento de la Cruz. Luis de Morales 1500-1586

La jerarquía presente en esta imagen sitúa a una mujer en la cúspide, dominante. Al margen de una implicación directa y funcional que nos lleva al sexo del destinatario del producto ofrecido, nos ofrece un trasfondo interesante, en tanto la mujer como elemento dominante no es fenómeno común salvo en reivindicaciones históricas aisladas o, con mayor fuerza, dentro de los últimos años de nuestro tiempo. La actualidad, mejor dicho, el poder de esa actualidad, queda entonces patente más allá de la situación o del empleo de la mujer como motivo necesario en la publicidad de estas gamas de productos.

Si la jerarquía visual ha quedado resaltada, ésta deberá ser matizada desde ciertos juegos visuales empleados y desde la noción de equilibrio señalada. El desmayo, la línea quebrada de las piernas de la modelo, sus manos, sus dedos arqueados y su cuello venciéndose, transmiten inestabilidad; pero, recordemos, que siempre desde el mandato visual otorgado por la pirámide. Ante este peligroso desequilibrio cabría la posibilidad del desvanecimiento definitivo, de la caída de su lugar de privilegio. Será ahí cuando termine por reafirmarse la posición de autoridad, en cuanto aquellos que podrían usurparla ejercen como fieles y seguros soportes; los hombres.

Las figuras masculinas no dejarán que la estructura se venza, desde la devoción y la delicadeza que expresan unos gestos muy suavizados pero cuya última, o primera, función simbólica podría pasar por el análisis psicoanalítico, y por lo tanto con la condición fálica presente como deseo sexual o como por puro elemento físico erguido, como pilar de la estructura.

Pieta con S. Francisco y M. Magdalena de A. Carracci c1602 Museo Louvre, París Pieta de William-Adolphe Bouguereau. 1876. Museum of Fine Arts de Dallas

Formalmente la situación no es ni mucho menos original, más bien se vale de elementos iconográficos probados con eficacia a lo largo de los tiempos y que ahora son rescatados, al tiempo que desacralizados. La imaginería de ciertas “Pietà” o de los “Descendimientos” abandonan conventos e iglesias pero, esta vez y como signo de los tiempos, con María como protagonista y con las implicaciones carnales sin ser escondidas o disimuladas.

Entonces, la solidez inicial planteada por la rotunda composición, deberá ser medida de acuerdo a las ideas comentadas, más aún cuando prestemos atención al único anclaje textual, el nombre del propio producto: FRAGILE.

Confidential

Fijémonos en el color. Ya mencionamos el poder de abstracción ejercido por el negro como fondo y marco, delimitando y focalizando con claridad toda la escena. ¿Qué colores pueden ejercer mayor contraste a la hora de enfrentarse al negro para destacar ellos mismo o en su conjunto? Sin duda dos, el rojo y el blanco y, en menor medida, tal vez el amarillo. Tenemos, de esta forma, impreso el nombre del producto en rojo sobre negro que, mientras identifica y llama la atención, rubrica la calidad que se le presupone a la marca, utilizando para ello una tipografía similar a la de los sellos oficiales de reborde autoritario. Será tanto un FRAGILE como un CONFIDENTIAL, al que sólo los situados en las altas esferas tendrán acceso. Esto en cuanto al mínimo texto, veamos las figuras.

La mujer es de una palidez asombrosa, rayana en la porcelana. Dicha característica profundiza en la idea de fragilidad y de equilibrio que vimos con anterioridad. Ahora, del mismo modo que ocurría antes, esta tendencia a lo quebradizo (el símil de la porcelana es adecuado) debe ser tomada no con carácter único. La palidez, además de lo dicho, sirve a la modelo-mujer para reafirmar su superioridad, y lo hace mediante la capacidad para irradiar la luz presente. Mientras el negro se encarga de absorber todo el espectro de luz, la mujer rebota aquella que le llega hasta el punto de parecer ella misma el propio foco, es decir, la estrella, y como tal, con los planetas orbitando. Planetas que no poseerán su condición luminosa, su bronceado (redunda en la idea de soporte frente a la palidez) y su lealtad física para con la estrella se lo impiden; su aportación estética pasaría por el contraste cromático del negro con sus mechones rubios-amarillos.

Bram Stoker's Dracula (F. F. Coppola, 1992)

La languidez de la mujer encontrará otro cabo al que agarrarse para no morir en su fragilidad, engañosa fragilidad. Sus labios rojos, profundamente rojos, llamativos y capaces, preparados para todo aquello que su aparente candor físico y su mirada caída esconden. Son los labios de alguien poderoso, no en vano están pintados de sangre. La femme fatale, como el vampiro, pueden no llegar a parecerlo a simple vista, llegando a mostrarse con signos opuestos para atacar desde un cómodo camuflaje. El mito vampírico, aquí, lo encontraremos invertido, Drácula deviene mujer y sus tres novias engasadas tornan hombres tan serviciales como ellas, con una caballera tan larga y de piel tan atractiva como la gasa. ¿Existe algo que cumpla con la paradoja de fragilidad y poder con mayor exactitud que lo vampírico?

Madonna, 1894-95. E. Munch. Museo Munch, Oslo Vampire (Love & Pain), 1893. Museo Munch, Oslo

La relación de tal mito con las formas artísticas es por todos conocida, más si nos extendemos por la pintura (Edvard Munch) o la literatura, con Baudelaire y el Simbolismo francés de finales del XIX al frente. Probemos con dos poemas del escritor francés, uno de ellos titulado, ni más ni menos, “El Perfume”:

EL PERFUME

Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado
con morosa embriaguez, con avidez golosa
el incienso que invade la nave silenciosa,
o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?
¡Oh mágico, profundo portento alucinado,
presencia revivida de evocación brumosa,
cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa
de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!
Selváticos efluvios se propagan al vuelo
del espeso y elástico madejón de su pelo,
como un incensario que sahuma la alcoba.
Y de las muselinas y el terciopelo oscuro
de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro,
negro aroma gemelo del lecho de caoba.

EL VAMPIRO

Tú que, como una cuchillada;
entraste en mi dolorido corazón.
Tú que, como un repugnante tropel
de demonios, viniste loca y adornada,
para hacer de mi espíritu humillado
tu lecho y tu dominio.
¡Infame!, a quien estoy ligado
como el forzado a su cadena,
como al juego el jugador empedernido,
como el borracho a la botella,
como a la carroña los gusanos.
-¡Maldita, maldita seas tú!
Supliqué a la rápida espada
que conquistara mi libertad
y supliqué al pérfido veneno
que sacudiera mi ruindad.
¡Ay! el veneno y la espada.
me desdeñaron diciéndome:.
-No eres digno de que se te libere
de tu esclavitud maldita.
-¡Imbécil! -Si de su dominio
te libraron nuestros esfuerzos,
tus besos resucitarían
el cadáver de tu vampiro.

Por si era poco, otro punto más delatará que el poder radica en lo femenino. Si bien avisamos que su mirada estaba caída, casi terminada, ésta es la única capaz de dirigirse al destinatario, al espectador, la única con derecho a tal osadía, a tal modernez. Débil pero diosa y ejerciendo dicha condición, digna de estar sobre aquellos que la veneran y bajo la cúpula que protege a los grandes como ella; la misma cúpula que vemos cubrir la figura de una mujer en el frasco anunciado.

Descendimiento. Pedro Machuca 1547. Museo del Prado Descendimiento de Rembrandt 1620 Museo del Hermitage

Existe, sin embargo, cierto aire andrógino en la escena, aunque los tipos sexuales parezcan bien diferenciados. Una androginia cercana a la estética de ciertos retratos de Caravaggio, cuyo uso de luz, por cierto, también sobrevuela el anuncio. Así pues, La ambigüedad, sin necesidad de ser cita explícita de tal o cual artista, surgirá gracias a toda esta mezcla, al juego de valores formales, lumínicos, cromáticos, humanos, etc.

¿Quién puede negar que esta mujer no es tanto la Virgen María, con su manto maternal otrora azul teñido en negro, Jesucristo, andrógino, en el Descendimiento con su paño purificatorio blanco o, directamente, una fusión vamp-fatale? No hace falta responder, ni siquiera cuestionarlo. Puede o no serlo, puede ser cualquier otra cosa, lo sacro permanecerá mientras intentemos fijar una identidad fija y unívoca sobre todas las demás. En ese ejercicio de ruptura radica gran parte de la desacralización, no en la imagen por sí misma, tampoco en la transtextualidad de todos sus recursos constituyentes, ni siquiera el vínculo directo que supone el cambio de lugares (iglesias, conventos, etc. — revistas, televisión, etc.). Funciona como signo y extensión de la crisis de los relatos y toda su problemática, así como del tiempo histórico y social que los acoge, en el que los límites rotundos cada vez lo son menos y los tránsitos frecuentes.

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* Texto recuperado (retocado y lavado de cara) del antiguo Maquinista de Treblinka. Tal vez se rescate algún otro más adelante.


Archivado en: Justo una imagen — Roberto Amaba @ 0:17


Septiembre 8, 2008

La escala emotiva del plano

El tamaño puede que sea uno más de los tantos mitos occidentales levantados sobre el miedo y el yo. El Cine es un buen terreno para comprobar muchas de las contradicciones y de los malentendidos que la fijación por el tamaño puede provocar. El poder emotivo de una imagen cinematográfica ha estado sometido a una relación, más bien falsa, ordenada por las eternas convenciones de la escala del plano; unas normas que sacadas de un curso o taller sobre audiovisual, pierden gran parte de su valor.

La proporcionalidad señalada es un caso más, nunca una regla, y su funcionalidad apenas podrá superar la del inmediato valor descriptivo de una secuencia. A mayor acercamiento mayor emotividad… las películas comerciales de la última década serían de una emotividad insoportable. Es razonable, aunque sigue siendo insuficiente, su identificación como rasgo de clasicismo, pero sólo dentro de una noción de estilo formalista como puede ser la de Kristin Thompson. Es decir, recursos que forman un patrón a lo largo del filme, configurables en torno a un posible número de repeticiones y al servicio de la construcción narrativa.

Veamos dos secuencias. La primera extraída de “10” (10. La mujer perfecta, Blake Edwards, 1979) y la segunda de “Lawrence of Arabia” (Lawrence de Arabia, David Lean, 1962). Uno (11+2 planos) y dos (16 planos) minuto de duración, respectivamente:

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La acción es compartida por ambas, varias personas hacia un encuentro deseado. Ahora, el modo de presentarlo no puede ser más diferente. En el caso de Blake Edwards hay que tener un par de precauciones antes del análisis, primera, la secuencia responde a una fantasía del protagonista y segunda, el tono irónico del filme y de buena parte de la producción del director una vez abandonada la magnífica sobriedad, aplicada en casi todos los géneros, de parte de sus años 60 (”Breakfast at Tiffany’s”, “Days of wine and roses”, “Experiment in terror”, “The Party”). Su progresiva inmersión en un cine más descreído y separado de la herencia del Hollywood Clásico terminan por llevarlo en ocasiones al terreno de lo paródico (y hasta auto-paródico), ayudado, en gran medida, por las modas setenteras (con el uso del zoom a la cabeza) y ochenteras.

Ese poso irónico será coartada pero sólo a medias en el caso de la secuencia vista. Se inscribe, como acabamos de señalar, en un conjunto cómico marcadamente kitsch y como ensoñación del personaje, pero esa manera de mostrar prendió en el imaginario visual del momento para terminar convirtiéndose casi en el canon para la representación de situaciones parecidas. Sin conocer las intenciones originales del autor y el grado o influencia ejercida por ese deje caricaturesco, podemos asegurar que con ello realizó uno de los peores favores a la historia de las imágenes del último medio siglo. ¿Cuántas veces habremos visto repetida la fórmula? Carne de publicidad, de telefilme barato, de melodrama relamido o de comedia con ínfulas de grandeza.

La propuesta de Edwards, al margen de juicios de intenciones y tomándola ya como texto aislado, además de cursi, es horrenda. La comodidad tecnológica de las focales largas y el zoom, con la consiguiente transición comprometida entre los fondos y los primeros términos, se intenta superar con otro de los vicios perpetuados desde entonces, la eliminación del enfoque en profundidad1. La dificultad para obtener buenos resultados con esas técnicas no debe resultar sencillo, no lo negamos, pero se pueden buscar ejemplos de mayor valor plástico que ayuden a superar el efecto secundario, congénito y traumático, del aplastamiento. Esto es, el tratamiento de la imagen como superficie pictórica o abstracciones formales más del lado del Experimental.

Lawrence of Arabia

El desenfoque absoluto termina por dejarnos sólo rostros, cada vez más cercanos, alcanzando una redundancia que ni las maravillosas trenzas de Bo Derek, ni las gafas (otro icono herencia de esta secuencia) de marca de Dudley Moore, pueden disminuir. La música y el montaje no aportarán nada nuevo, un crescendo y una alternancia: puro pleonasmo. Todo bastante ridículo, un envoltorio Pop por los cuatro costados, un generador de clichés para un reciclaje posterior empalagoso y cansino.

Somos injustos al comparar esta secuencia con otra sacada de una película de David Lean, porque en una comparación con casi cualquier película del director inglés muy pocas saldrían con dignidad del enfrentamiento; ya lo vimos a propósito de Martin Scorsese. Repetimos que la acción y su natural progresión hasta concluir en un encuentro es idéntica, aquí también existe un crescendo musical y un montaje alternando a los personajes, pero se realiza de manera armónica. La música no se inicia al mismo tiempo que la imagen, es mucho más cuidadosa, sin contar que su condición de orquestal está muy por encima del ritmillo meloso y acampanillado de “10”.

Pero, a lo que íbamos, al tamaño y a la escala. La secuencia de Lean es puro contrapunto en su arranque, jugando de manera acertada con la incertidumbre de la aparición. A un plano corto le sucederá otro más amplio hasta que se confirma la llegada y, solo entonces, el travelling, mucho más solvente y elegante que el zoom, acelera y acompañará de manera más cercana a los protagonistas. Ese momento es el único convencional de los dos minutos elegidos, un par de planos a toda carrera y registrados en una escala reducida, aunque todavía bastante amplia.

Bo Derek en 10

Será en el momento del clímax cuando aparezca la grandeza, adjetivo nada gratuito en esta ocasión. El ahogamiento progresivo al que nos había sometido Edwards hasta comernos literalmente a la mujer perfecta y a su compañero no existe ahora, y mucho menos cuando en el último momento, el feliz encuentro a la carrera, queda cortado y señalado por un choque de platillos, para pasar a un enorme plano general del desierto donde apreciamos en su totalidad el instante decisivo. La hipotética aproximación necesaria en la escala, para reflejar mejor la dimensión sentimental del momento, queda rota.

Cuando Peter O’Toole culmina su regreso del Yunque del Sol tras rescatar a su amigo, el cambio de plano funciona en tanto los personajes, la manera de transitar (a galope) y el espacio donde transcurre todo, establecen una relación entre iguales. A Edwards el espacio no le interesa un pimiento, lo borra literalmente, a Lean, lo opuesto, para él es el protagonista, incluso por encima de las personas. Estas últimas y sus emociones no pueden entenderse sin su marco, sin el desierto. André Bazin ya avisaba sobre la importancia fundamental del espacio en relación al cuerpo humano: “si el género burlesco ha triunfado antes de Griffith y del montaje, es porque la mayor parte de los gags ponían de manifiesto una comicidad del espacio, de la relación del hombre con los objetos y el mundo exterior”2

La emotividad conseguida, nadie dudará, resulta superior a la de los planos cercanos o a la del contacto humano directo. Esto último también llamativo, no existe roce, no hay tacto, un cruce y un posterior acompañamiento. La alegría flota en el aire, entre los personajes, por favor, no la estrujen.

* Algo parecido en la parte final (segundos 49-55) de este anuncio de Coca-Cola, estropeado, entre otras cosas, por un corte de más.

  1. La pérdida de profundidad de campo ha estado asociada desde sus inicios a los formatos panorámicos. Superada en su inicio con el perfeccionamiento de las lentes volvió a suceder lo mismo con el resurgimiento de los grandes formatos desde comienzos de los 90. []
  2. Bazin, André: ¿Qué es el Cine?, Rialp, Madrid, 2001, pág.80 []

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Septiembre 1, 2008

Ángel o diablo. Rubia o morena

Linda Darnell es Stella

“Fallen Angel” (1945) tal vez sea la película de género negro más famosa de Otto Preminger. Pide una y te la nombraran siempre la segunda, justo después de “Laura” (1944). Y ni de lejos es la mejor, puede que no llegue a ser más que una buena película. La sonoridad del título, seductor no cabe duda, tanto original como español y Linda Darnell (Stella) quitándose el zapato, se han impuesto sobre cualquier otro detalle en una muestra más de poderío pop.

Entonces, ¿qué falla? Ahí está el problema, no falla nada. Apenas tiene defectos llamativos, es una película más, terminada y pulida en la engrasada cadena de la T. C. Fox y con la maestría absoluta del director, actores, fotógrafo (Joseph LaShelle), etc. para cumplir con su trabajo. Si acaso le pesa un presupuesto limitado que le acaba por dar un aire más de B-movie del que sería deseable.

Apenas se puede argumentar que todo parece desinflarse en el último tercio, que se acusa cierta endeblez en la progresión de la historia. El gran problema de “Fallen Angel” es su inmediatez, la ausencia de esa ambigüedad extraordinaria y única en Preminger. El aparente misterio de la trama no es tal, por más que se prolongue en el tiempo y se descubra con algo de torpeza y a mata caballo en los últimos minutos. Uno espera no sólo el juego de manos final, donde el director tiene ejercicios de prestidigitación incomparables como “Daisy Kenyon” (1947) o “Anatomy of a Murder” (1959), sino esa incertidumbre tan centroeuropea, como en Robert Sidomak, esa indeterminación constante tan característica que apreciamos en algunas sus mejores películas de “suspense”: “Laura” (1944), Bunny Lake is missing (1965), Angel Face (1952), Advise & Consent (1962) y, sobre todo, “Where the sidewalk ends” (1950). Sin olvidar que hará presencia, con mayor o menor grado y acierto, en casi cualquier muestra de su filmografía: el melodrama (Bonjour Tristesse, 1958), el western (Río sin Retorno, 1954), el film “histórico” (Exodus, 1960 y The Cardinal, 1963) y hasta la comedia (A Royal scandal, 1945).

Así, “Fallen Angel” estará más cerca de “Whirlpool” (1949) que de “Where the sidewalk ends”, en tanto que ambas existen dentro de un patrón bastante rígido: buscavidas-forastero caído literalmente de un autobús1 que viene a perturbar una comunidad ya de por sí oscura y la manipulación a través de la hipnosis con el rastro del psicoanálisis hollywoodiense años 40, respectivamente. Las dobleces son escasas o auto-inducidas, como sucede con el caso que presentamos a continuación:

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La secuencia es perfecta y funciona como gran parte del aparato visual en el cine clásico, a través de una continuidad intensificada, como diría Bordwell, o alterada según intereses dialécticos:

Ambientes: hogar contra tasca. Fondo vegetal –vs- fondo portuario. Cálido -vs- frío.
Atrezo: cortinas2 –vs- persiana funcional. Mesa –vs- barra. Vajilla, tetera de porcelana y mantelería –vs- jarra de cristal y demás cacharros mundanos.
Visual: frontalidad –vs- escorzo. Simetría –vs- irregularidad.
Personajes: rubia –vs morena. Pelo recogido –vs- pelo suelto. Delantal casero –vs- uniforme de faena (¡esos ribetes de los cuellos!). Compañía familiar –vs- clientes y extraños alrededor.
Movimientos: travelling de acercamiento –vs- travelling de alejamiento. Acércate, la rubia es de fiar. Cuidado, aparta, que la morena da calambre.

La fórmula elegida para la unión es un fundido a negro, no encadenado. Una precaución que da la impresión de querer rebajar lo evidente creando cierta distancia, pero esa separación resulta insuficiente, casi candorosa.

Desde la experiencia estrictamente personal, cuando la vi por primera vez, ya conociendo un tanto por ciento muy alto de la filmografía de Preminger, pensé: qué bueno es, qué gran director, ahora realiza una presentación superclásica, nos confiamos, y más tarde la destrozará invirtiendo los papeles. Total, es tan rotunda, clara y concluyente que resultaría casi gruesa de no ser así.

Ángel ¿Diablo?

Pensamiento que seguía prendido durante los siguientes 20 minutos que tarda en volver a desarrollarse el personaje de June Mills (interpretada por Alice Faye). Claro, la ha hecho desaparecer, eso es otra señal. Augurios casi confirmados cuando traslada el enfrenamiento de ambientes a la Iglesia -vs- Bar y, sin duda, cuando apreciamos que la morena duerme con un osito de peluche. Ea, la señal definitiva, ¿cómo va a ser mala si duerme con un peluche en un cuartucho? Su aparente maldad sólo viene de ese residuo infantil, del déficit sentimental y el trauma, bla, bla, bla. El osito era la exteriorización definitiva del conflicto entre pares y la coartada sentimental de Stella.

La película continuaba y se esperaba el desenlace pero, mira, la rubia crecía en abnegación hacia el crápula. La morena termina como se preveía y tan solo cabía la esperanza de que Clara, la otra hermana solterona (Anne Revere), se hubiera vuelto activa para vengar el posible chuleo de Dana Andrews… nada. Ni siquiera el desenlace del whodunit rompe la desilusión de, paradójicamente, unas expectativas satisfechas desde el comienzo, desde el minuto 11 de metraje.

Lo que se observaba era todo lo que había. No existía pretensión escondida, nada críptico, sin vueltas de tuerca ni demanda participativa alguna, todo lo necesario era ejercitar la pura proyección afectiva para establecer las eternas identificaciones primarias, que, oye, tampoco es para quejarse. La única gran pregunta, falsa, la planteaba el título en español: ¿Ángel o Diablo?

  1. La cumbre del subgénero negro a man getting off the bus puede ser “Ride the pink horse” (Robert Montgomery, 1947) []
  2. El plano tiene demasiado aire por arriba, parece que con esa clara intención de mostrar los visillos. []

Archivado en: Técnicamente suave — Roberto Amaba @ 0:30


Julio 28, 2008

Vacaciones, fe de erratas y avances

Sunrise, F.W. Murnau, 1927

Vacaciones: El blog se toma cuatro semanitas de vacaciones, volveremos a finales de agosto o principios de septiembre. Que ustedes lo pasen bien, trabajen o no.

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Fe de erratas: cazamos un fallo en el dossier Maddin. Se le atribuyó la autoría de un libro que estaba sin publicar por aquel entonces cuando, finalmente, sólo aporta el prólogo. La información utilizada era falsa o incompleta. En la bibliografía, la ficha del libro: Diva: Defiance and Passion in Early Italian Cinema, de Angela Dalle Vacche, y el párrafo donde se mencionaba (en la entrada dedicada a The Heart of the World) han sido corregidos en las dos versiones disponibles, el pdf en descarga de este blog y en el editado por Shangri-La.

Los que tengan interés, ya saben, a descargarlo de nuevo. Por cierto, estamos muy contentos con el número de descargas, es amplio, mucho más de lo esperado para ser un monográfico de un director semi-desconocido y de ser publicado en un blog recién creado y bastante minoritario. Si alguien caza algún bug más, que no dude en ponerse en contacto con nosotros.

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Avances: en otoño, los compañeros de Shangri-La publicarán una nueva carpeta: “Memoria/s de Auschwitz” (número 7, septiembre-diciembre de 2008) en la que aparecerá un amplio (35-40 páginas) artículo nuestro sobre Shoah, de Claude Lanzmann. Llegado el momento dejaremos aquí el extracto y el enlace necesarios para su lectura.

También esperamos colaborar en el especial sobre “El Viento”, de Victor Sjöström, que tendrá lugar en Pasión Silente a partir de septiembre.

Además, seguirá el conteo de Ghatak y, si hay suerte y tiempo, nos lanzaremos a por un nuevo dossier-tipo-Maddin dedicado a otro director o tema. Ya sabéis que se admite cualquier tipo de sugerencia o colaboración.

Un saludo.


Archivado en: Metadatos — Roberto Amaba @ 16:09


Julio 21, 2008

Henri Cartier-Bresson y el encuadre de los excluidos

Cumpliendo con lo avisado al final de la anterior entrada, hacemos hilo con ella y continuamos discutiendo sobre aspectos muy concretos de la imagen que no quedan reducidos a simples cuestiones plásticas o técnicas, sino que dejan otras marcas en el registro visual hecho de sus respectivos referentes. Vimos cómo había un “más allá” en los planos de Accattone y ahora intentaremos explicar algo parecido con esta imagen que Henri Cartier-Bresson tomó en Sevilla, en el año 1933.

Children playing in the ruins, Sevilla 1933

Como ya señalamos al hablar de lo sagrado en Pasolini, más que una idea de lo trascendente, con independencia de la teoría elegida para la explicación del concepto como entidad más o menos abstracta y que en cualquier caso buscará elevarse sobre la realidad inmediata, estamos ante problemas mucho más cotidianos, que comienzan siendo de orden creativo y que terminan alcanzando a la figura de ese creador, y por extensión al momento histórico y social que le toca vivir.

Intuíamos a través del ojo en ruinas de Accattone la condición marginal del protagonista, al tiempo que discutíamos sobre la aparición, los modos en que ésta tenía lugar, del punto de vista del director. El discurrir temporal y la palabra propios del Cine nos ayudaban a extender todo aquello hasta llegar a tocar las circunstancias, no ya de un personaje sino de su barrio, de su ciudad y de todo un país. Esto último no sin cierto atrevimiento por nuestra parte.

En el caso de la instantánea, lo hemos hablado en otras ocasiones, ese empuje queda frenado en un primer momento. Aquello no se mueve, aquello no establece una narración, aquello no habla. Suerte que ya “resolvimos” esto en su día y la inmovilidad, la no-diégesis y la afasia fotográfica, no impiden en absoluto realizar las mismas conjeturas que en el medio cinematográfico. En Accattone el excluido, “los” si sumamos a Pasolini, quedaba tras el agujero, tras esa ruina como elemento material visible de tal condición social, ahora, en la fotografía de Henri Cartier-Bresson, los excluidos quedarán dentro de la oquedad, si bien el ejecutante dejará de compartir lazos con los retratados saliendo, creemos que respetuosamente, de ese espacio.

Cartier-Bresson procedía de una familia acomodada, no tenía nada que ver con esos chicos a los que retrata, Pasolini, aunque comparte esa procedencia familiar burguesa, pronto empezó a situarse del lado de los excluidos hasta llegar a la represión citada en el anterior artículo, haciendo suyo en buena medida el enfoque del mismo Accattone mediante su particular estilo. Todo el conocimiento que bien pudo tomar el fotógrafo francés con sus continuos viajes y relaciones personales parecen no ser suficientes para eliminar la barrera del respeto y la conciencia (de clase) necesaria.

Henri Cartier-BressonPodría argumentarse que el cine es más envolvente en ese sentido, que facilita la integración y el acercamiento frente a la mayor rigidez fotográfica, sin embargo, creemos, que ese paso atrás dado por HCB es únicamente pudor humano, no técnico. Él no se considera un excluido, lo sabe, no puede compartir con ellos otra cosa que el momento en la distancia, pero hará todo lo que esté en sus manos y sus ojos para otorgarles la dignidad necesaria sin aparecer por ello como un demiurgo de salón que da y cambia a su antojo desde una posición privilegiada.

Esta concepción radicalmente geométrica y plástica del encuadre fotográfico que siempre promulgó HCB aparece aquí de manera rotunda, pero además se estira de manera brillante en sus implicaciones sociales. El lugar elegido se despega de ser una simple ilustración del momento, de lo espontáneo, esto es, el fotógrafo ha acudido o ha encontrado un conjunto coherente en su miseria: niños, alguno tullido, entre ruinas. Pero el sobreencuadre dispuesto sirve para afirmar la identidad de esos niños, no sólo compone sino que narra. Los niños juegan (narración implícita al margen de lo pensativo en el espectador) y además de identidad obtienen con esa actividad, que HCB subraya con las sonrisas, dignidad. El sobreencuadre ruinoso de Accattone, entonces, como medio, como un “a través de” y como revelador personal y social que ahora, con HCB, deviene fórmula visual que ofrece un lugar de reunión y de juegos a los excluidos, les da cobijo.

El encuadre y el sobreencuadre, en esta ocasión como en Pasolini, no son artificios, no son falsos, no hay ni un gramo de demagogia. A pesar de ser técnicamente tan perfectos, tan medidos y tan apropiados no pierden nada de calidez, de cercanía y ni por asomo se deslizan hacia el virtuosismo vacío. Todo resulta profundamente humano a pesar de la frialdad cerebral en la construcción y, al tiempo, hace buena la concepción que el mismo HCB tenía de sí mismo: no se consideraba un artista, ni siquiera un fotógrafo, simplemente un ser humano; véase.

Decía Susan Sontag que fotografiar es encuadrar y que encuadrar es excluir, tiene parte de razón y no vamos a discutir ahora sobre los problemas del campo, del fuera de campo y de las relaciones y condicionantes directos de uno con el otro, pero ahora, HCB no puede por menos que llevarle la contraria. Encuadrar, sobreencuadrar, es reunir, precisamente, a los excluidos. No funciona como gran tropo retórico, tampoco como símbolo, los niños no se convierten en representantes de todos los excluidos ni de todos los de su edad, no es un gran alegato ni una denuncia, no es un sermón ni una moralina y, sobre todo, no es una fotografía triste o terrible como parecen que tienen que ser todas las actuales que retraten los conflictos o a los desfavorecidos; es alegre. Son, simplemente, esos niños, en ese instante, entre ruinas, jugando y riendo.

El célebre Einstellung de Fassbinder, la categoría moral en la imagen o, volviendo a la misma raíz de la fotografía, a esta no menos acertada sentencia de Nadar: “La teoría fotográfica se aprende en una hora, las primeras nociones de práctica en un día. Lo que no se aprende es la inteligencia moral de lo que se va a fotografiar”.

Para matizar, ampliar, precisar y hasta para refutar todo lo dicho, otro momento de esa misma historia:

Sevilla, 1933


Archivado en: Justo una imagen — Roberto Amaba @ 15:13