La muerte del teatro


El jardín está oscuro.
Habría que desmantelar ese teatro del jardín.
Ahí sigue, desnudo, horrible, como un esqueleto,
y el viento hace batir el telón.
Anoche, al pasar cerca,
me pareció que alguien estaba dentro, llorando.

La Gaviota (Antón Chéjov, 1896)

Les artistes du Théâtre Brûlé (Rithy Panh, 2005)


Taken: el imposible fordiano actual


Cualquiera que haya visto Taken (Pierre Morel, 2008) se habrá dado cuenta de que el final de la película no es el que se muestra en pantalla. Ese indigno minuto y medio encuentra relación con su otra parte más endeble, la del concierto de la cantante. Son dos apéndices ridículos a los que cuesta encontrarles justificación más allá de hipotéticas imposiciones comerciales. El inicio es más llevadero a la espera o como parte del planteamiento, pero el final, tras contemplar todo el metraje, duele.

Dolor que se hace insoportable porque la solución estaba allí, estaba filmada y mostrada, no era un imposible. Solo se trataba de eliminar dicha secuencia y cortar a negro en la despedida del aeropuerto. Aquí, o tal vez unos fotogramas más tarde:

Una traducción del The End de su modelo: Centauros del desierto (John Ford, 1956). Por inimitable y por hermoso, aquel plano de 1956 ha sufrido cierto desgaste con los intentos de copia y con el uso memorístico que de él ha hecho la cinefilia. El verdadero final de Taken no es su clausura temporal, por mucho que también acabe con el cierre de una puerta. De haber optado por algunos de esos planos en los que intuimos el fantasma de Liam Nesson reflejado en la ventanilla, las traslación de cinco décadas sería ejemplar: toneladas de lost in translation, pero con el sema intacto.

Eligiendo una de esas imágenes la traducción estética e histórica se realizaría de acuerdo con los nuevos tiempos: desenfoque, desequilibrio, tránsito, deformación. Quizá una de las pocas maneras de comprender aquel idioma original perdido en el tiempo. Mejor que la emulación barata, mejor que la recreación nostálgica. Porque ese plano no es una simple actualización, es una tomografía computarizada de la momia.

Una imagen fea, una imagen perfecta.


Cine, mente, inmortalidad y evolución


En la fantasía de la teoría neurobiológica y de la ciencia ficción del cerebro en la tina, el órgano en su baño nutritivo ha sido despojado de los impedimentos del cuerpo y liberado para explorar el universo interior de la mente. Pero no es eso lo que resultaría en realidad. Toda la evidencia de la ciencia del cerebro apunta en la dirección opuesta, hacia el infierno encerrado en el ataúd del muerto despierto, donde el mundo recordado e imaginado se decompone hasta que el caos concede misericordiosamente el olvido.

Donovan's Brain (Felix Feist, 1953)

Al poseer un conocimiento exacto de sus propios genes, en unas pocas décadas la humanidad puede, si quiere, seleccionar una nueva dirección en su evolución y moverse rápidamente en tal sentido (…) Homo protheus, el hombre de la forma cambiante (…) Cultural. Indeterminadamente flexible, con un potencial enorme. Cableado e impulsado por la información. Puede desplazarse casi a cualquier lugar, adaptarse a cualquier ambiente. Inquieto, cada vez más abundante y hacinado. Lamenta la pérdida actual de naturaleza y todas estas especies que se extinguen, pero es el precio del progreso y, en todo caso, es algo que tiene poco que ver con nuestro futuro.

Edward O. Wilson. Consilience. La unidad del conocimiento (1998)

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Una aplicación más controvertida que el escaneo del cerebro para su comprensión, es el escaneo del cerebro para alojarlo en una Red. “Cargar” un cerebro humano significa escanear toda su información para luego restaurarla en un substrato computacional potente y apropiado. Este proceso registraría la personalidad al completo, su memoria, sus habilidades y su historia.

Si realmente captáramos los procesos mentales de una persona, la mente resultante necesitaría de un cuerpo, ya que gran parte de nuestro pensamiento está regido por necesidades y deseos físicos (…) Tenemos las herramientas para capturar y recrear un cerrebro humano en todo su refinamiento. A lo largo del siglo XXI contaremos con diferentes tipos de cuerpos, tanto para humanos no-biológicos como para humanos-biológicos, que servirán como extensiones de nuestra inteligencia. El cuerpo humano versión 2.0 incluirá cuerpos virtuales desenvolviéndose en entornos reales, cuerpos físicos basados en la nanotecnología y mucho más.

Ray Kurzweil. Singularity is near. When humans transcend biology. (Traducción personal y licenciosa, 2005)

La cité des enfants perdus (Jean-Pierre Jeunet, 1995)

Wilson (biólogo y declarado conservacionista) se pregunta sobre los abrumadores problemas derivados de la manipulación genética absoluta que conduce a lo que él denomina Homo protheus. Es más, no le gusta un pelo que la fantasía se cumpla o que de cumplirse lo haga sacrificando el bagaje humanista-naturalista creado hasta entonces. Kurzweil (informático y empresario de éxito) contempla bastante menos la cuestión ética y moral. Si los dispositivos funcionan correctamente y no producen aberraciones, el resto de aspectos son secundarios. Para Kurzweil la inmortalidad es una cuestión mecánica, tan simple como replicar el cerebro y subirlo a una Red interconectada con el Mundo.

¿Qué pinta el cine en todo esto? Para mí mucho. El sueño de la hipermáquina que nos entregará la inmortalidad ha sido su patrimonio durante décadas. Cierto que explicado de manera más o menos torpe dependiendo del teórico y la metodología de turno. Teorías que siendo puntualmente hermosas, no se libran del romanticismo naif, de la ciencia ficción, del esoterismo y, sobre todo, del animismo. Reminiscencias de una mente prehistórica evolucionada durante cientos de miles de años en las praderas del Pleistoceno. Una mente cuyo objetivo no era entenderse a sí misma ni comprender de manera científica los fenómenos físicos y biológicos que le rodeaban, sino sobrevivir y confiar en los dioses.

The Brain of Donald Duncan (1965) - Fiend without a face (1958) - Brain Damage (1988) - The Brain from Planet Arous (1957)

El cine, entonces, siempre ha estado presente en el debate del fin de la muerte, aunque fuera como simple extensión artística del deseo fáustico o como coartada para la falacia de la liberación del cuerpo. Como vehículo para la representación simbólica de la eternidad a través de la figura del doble, de la manipulación del tiempo, etc. Pero a estas alturas ya deberíamos saber que no tiene ningún sentido seguir discutiendo -más allá de lo pintoresco o del juego de sobremesa- sobre el cine como agente implicado en la búsqueda de la inmortalidad. El gran problema es que buena parte de las teorías digitales han seguido ese cauce, entregándose al futurolenguaje, y así nos luce el pelo; con el teórico jugando al simio profeta y con las -no todas- aulas universitarias convertidas en sucedáneos eclesiales.

¿Y vosotros de qué lado estáis? ¿Beta o VHS? ¿Evolución genético-volitiva o biónica? Bueno, no son incompatibles, más bien complementarias. Lo único claro es que los plazos que maneja la tecnología no se medirán precisamente en eras geológicas. O puede que el dilema no sea tal y que el camino que hemos seguido hasta ahora siga mandando. Esto es, el de una evolución biológica corriente que siga operando a lo largo de milenios.


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