Vamos a contar mentiras
Cuántas películas nos habrán arrastrado en su comienzo con una sugerente voz en off. Ya fuera firme o distraída, dura o melosa, siempre parecía bien entonada y, sobre todo, enterada de lo que en ese momento y lugar se cocía. Las voces más osadas incluso quedaban encarnadas, pasando del off al on visible y hasta juguetón. Por norma general y desde ese mismo instante, ya sabíamos a quién pedir cuentas, a quién recurrir en caso de duda pues él o ella serían los encargados de contarnos la historia, con la gran ventaja de que en muchas ocasiones hablarían desde la experiencia, desde lo ya vivido. El narrador como dispensador de información, a veces cruel, a veces gracioso, siempre episódico.
Discusiones eternas sobre su empleo, sobre su idoneidad para otorgar o fulminar el suspense. No serán pocas las ocasiones en las que, hablando a salvo desde un presente reconocido, se nos relatarán todo tipo de peripecias y peligros. Pero bueno, por todos es conocido este pacto que el espectador debe firmar y que no será el primero, pues antes ya habremos aceptado otro según el cual no nos cuestionaremos qué narices hacemos sentados delante de una milonga plana y blanca.
Así, la suspensión de incredulidad en la narración cinematográfica no es más que una extensión del marco que la acoge, una sala que con su pretendido suplemento de realidad en forma de imágenes deja todavía más al descubierto sus carencias frente a, por ejemplo, una obra de teatro, una función de circo, de guiñol o la simple lectura de un libro. Queda el camino de la ensoñación barthesiana, pero eso no nos interesa ahora.

La omnisciencia narrativa siempre ha casado bien con el drama o, paradójicamente y como avisamos, con el suspense. Personajes protagonistas, secundarios o directamente del montón, que ejercían como guías puntuales. En este sentido, siempre se dijo (bueno, Wilder al menos lo dijo, o eso creo) que todo funcionaría mejor si el elegido era un secundario, un espectador con la ventaja de tener mayor capacidad de observación que los protagonistas, los cuales quedaban casi inhabilitados desde un punto de vista judicial: ser narrador y protagonista, es ser juez y parte. Por lo tanto, con fácil deslizamiento hacia la prevaricación y el perjurio.
La comedia, en cambio, ha sido menos amiga de este tipo de narración en principio por una razón: la inmediatez necesaria del humor, su rechazo a las explicaciones, su amistad con lo irracional. Mal vamos si un gag, o cualquier otro mecanismo para alcanzar la risa, demanda la glosa de un narrador. La comedia es mucho más honesta al respecto, y no será extraño ridiculizar hasta a los presuntuosos narradores, empezando por los responsables primeros del engaño: los mismos directores, y por su oficio: el de cuentacuentos venido a más. Cuando esto sucede, la comedia adquiere un tono reflexivo difícil de obviar por el distanciamiento aportado, por su modernez.
Ernst Lubitsch y Roberto Rossellini, Die Puppe (1919) y La machina amazzacattivi (1952). Dos cineastas opuestos, sin tangencia alguna salvo la de ser excelentes en su oficio, compartirán esa visión saludable de la comedia y de la narración. Más llamativo aún el caso del italiano, siendo esta película su única comedia, por llamarla de alguna manera, a pesar de haber salpicado de vez en cuando sus dramas y filmes históricos con un sentido del humor elaborado y mordaz.
Un paisaje alpino frente a un paisaje mediterráneo (la costa de Amalfi), montados como si de una clase escolar de trabajos manuales se tratara. Con el director en persona o delegando en una mano como mejor representación, junto con la voz, del mandato. El director todopoderoso que en lugar de construir un mundo en siete días, se conforma con jugar a los títeres. Como casi siempre hizo Jean Renoir, muchos de cuyos arranques teatrales, encortinados o guiñolescos, podrían venir a ilustrar lo mismo. Curiosamente ambos fragmentos terminan con alguien o algo descendiendo por una pendiente con curvas, antes, Lubitsch nos lleva al interior de la representación con la insultante simplicidad de dos cortes y un fundido que convierten el plano general inicial en uno medio, para terminar con un primer plano que elimina la tramoya y da paso a la historia. Rossellini buscará idéntica utilidad en las transiciones.
Estos juegos terminan por aparecer como un alegre y eventual recurso dentro de la comedia, como una celebración de la mentira sana, esto es, del divertimento. Una aparente representación infantil como antídoto frente al veneno del envaramiento. Un contrato sin letra pequeña, sin cláusulas maliciosas o fondo leonino y con un solo punto a firmar: le voy a contar a usted una sarta de mentiras. Si quiere, firme y disfrute.
Maradona por Kusturica
La cantidad de documentales biográficos – o autobiográficos – infumables debe haber sido interminable en la historia del cine, la mayoría nunca llegó a cumplir las expectativas que ponían de inicio tanto el personaje retratado como el cineasta encargado de ello. Y si el protagonista encima era un deportista, la ristra debe ser todavía más concluyente. En buena medida sufrían los mismos males que su pariente en la literatura, sobre el que pesa una extraña maldición siempre saneada por las buenas cifras de ventas, sean o no basura, sea o no el personaje un cretino integral. También parece pesar la escasa importancia dada al aspecto formal y narrativo, más cuando ha sido y es, para fortuna de todos, un terreno tan amigo del experimental.
El género suele empujar sin remedio hacia la frivolidad, el amarillismo o hacia una trascendencia impostada. En el caso del deporte, del fútbol en esta ocasión, todavía es más sangrante. Fosa séptica de los fanatismos más ridículos que uno pueda echarse a la cara, un sucedáneo de baja estofa de la ideología y la religión; lo cual lo dice todo. Ni siquiera el mito, una salida siempre oportuna y con recursos, soporta tanta zafiedad. Y que conste que a la tecla, en este instante, se encuentra un gran aficionado al fútbol.
Pero bien, si existió alguna vez un futbolista con el panorama suficiente para dar salida a un buen documental, ése es sin duda Diego Armando Maradona; puro exceso dentro y fuera del campo. A pesar de esa predisposición, este Maradona par Kusturica termina como otro de tantos intentos fracasados. Con un rodaje deshilachado en tiempo y lugares, tampoco encuentra en esta evidente improvisación excusa alguna para su falta de brillo y su irritante falta de estructura. Y no, este desbarajuste no es la manera de reflejar el conflicto vital del propio personaje, no es la extensión apropiada para dar una forma concordante. Es, simplemente, una deficiente labor cinematográfica ya lastrada por lo comentado más arriba.
Presentado en la primera secuencia del filme como el “Diego Armando Maradona del mundo del cine”, mientras puntea en su guitarra acordes de El bueno, el feo y el malo de Morricone junto a The no Smoking Band, Kusturica intentará vertebrar a trompicones el resto del metraje partiendo de esa relación nacida de la broma y del estímulo en pleno concierto de la banda en Buenos Aires. El director intenta ver en Maradona y en diferentes aspectos de su vida, de manera forzada, ecos de la suya propia; un parentesco establecido de entrada entre Fiorito y Gorica, por ejemplo. Con ello, Kusturica no demostrará más que el conocimiento que tiene de sus películas, de la historia de su país y de sí mismo, nada más. La ilustración en paralelo de pasajes de la vida de Maradona con escenas de sus películas, por curiosas y hasta oportunas no dejarán de ser anecdóticas. La autodestrucción en Gato negro, gato blanco, el trabajo del padre y la vuelta a casa en Papá está de viaje de negocios, los suburbios de Recuerdas a Dolly Bell, jugar al fútbol entre la niebla o de noche (La vida es un milagro), etc. Un juego determinista en el que muchos directores podrían hacer encajar sus escenas con las vidas de cualquier personaje, por diferente o lejano que éste fuera.

Si a esto le sumamos una confusión y un simplismo ideológico por momentos sonrojante, que lleva a parte de la película a observar la implicación del futbolista en el populismo latinoamericano actual, la cosa se complica. Por mucho que se intente establecer un lazo entre la conciencia de clase del futbolista fundamentada en su origen humilde, en la elección de Boca frente a River y en su actitud siempre contestataria. Todo ejemplarizado con el gol a Inglaterra como símbolo absoluto; con las Malvinas de paisaje de fondo. Y por mucho que suenen los Sex Pistols mientras vemos galerías de goles que eran imposibles o más feos hasta que él los hizo. El tono político, siendo suaves, no pasa de lo naíf, como el mismo director deja resbalar a propósito de ese esperpéntico viaje en el Tren del Alba. Caricatura, igual que las animaciones ocasionales burlándose de los líderes políticos de los últimos tiempos, de Thatcher a Bush pasando por Reagan o Blair.
El clamoroso e incuestionable calado popular del personaje de nuevo es traicionado con una pachanga visual de celebraciones y cultos maradonianos. Como los de una ridícula iglesia con ceremonias de iniciación y matrimoniales incluidas, que enlazan campos de fútbol con clubes nocturnos de dudoso gusto mientras Kusturica divaga entre diferentes teorías de la psicología para intentar explicar cómo los instintos de la humanidad (el sexo, la conservación de la especie, etc.) terminan siendo superados por la vivencia del juego del “10″. Mientras, el enlace con la vida callejera y el tango como expresión estética popular queda olvidado apenas iniciada su exposición.

Bien pudo profundizar en una de las claves que el mismo Diego le ofrece en uno de los inconexos fragmentos de entrevistas y que, además, sirve como metáfora cinematográfica: la diferencia entre el campo y el fuera de campo. Como en el cine, el espacio off se convierte en el lugar donde suele suceder lo importante para el drama, mientras que el espacio on suele presentar apenas las consecuencias, lo inferido del off, pero con la gran ventaja de ser visto. Con Maradona pareció suceder lo contrario, el off siempre luchó por ser el más visible. Alguien para quien lo normal era jugar como nadie frente a miles de personas, difícilmente podía soportar que eso mismo no sucediera una vez terminaba el partido. Esa necesidad del halago constante e irracional, se convierte en la auténtica droga que, como vemos, parece solicitar mientras lanza saludos a unos transeúntes de Belgrado que en su mayoría ignoran quién será ese tarado que vocea con la ventanilla bajada. Por desgracia, este sugerente juego dual, no es aprovechado en ningún momento.
Dicho lo cual, tras darle toda la cera posible y merecida al pobre Kusturica, hay que detenerse en seis minutos de esta obra. En ellos demostrará que a pesar de esta chapuza parcial sigue siendo un gran cineasta. Seis minutos que posiblemente conformen el mejor número musical que se haya visto en el cine en las últimas décadas. Dice mi amigo Héctor que bien podrían estar sacados de una película de Wong Kar-Wai y no le falta razón. Ese tugurio (humo, colores, jaleo, decadencia) y esa sensación del extranjero que asiste a algo que le fascina pero que no atina ni a identificar ni tal vez a compartir, sólo a captarlo. WKW en Happy Together (y en Buenos Aires zero degree) y Emir Kusturica con este fugaz momento, parecen demostrar esa experiencia. Véase el vídeo (click en la imagen):

Dicha secuencia, en principio, queda dentro del bloque dedicado a la vida familiar de Maradona, su mujer y sus dos hijas. Donde más fácil y comprensible podría resultar el resbalón sentimentaloide, es donde surge el puro talento y el oficio del serbio para elaborar, con unas cuantas cámaras en la mano y un brillante y muy consciente ejercicio de montaje, una secuencia antológica que destacará aún más en tanto hemos asistido con anterioridad a una sucesión de imágenes y palabras más bien planas y tópicas. Con la letra yéndose por momentos de la cabeza, con la voz convertida en carraspera de viejuno prematuro, obeso y alcoholizado, pero con la solvencia de quien ha salido vivo de habitaciones de hospital no por más limpias menos temibles, y de quien ha jugado en sitios peores y ante públicos más hostiles, Maradona se convierte en una especie de versión latina del Piano Man, se disfraza a su peculiar manera de Gardel y canta La Mano de Dios de principio a fin, célebre y estupenda composición del fallecido Potro Rodrigo.
Canción que, como es lógico, estaba escrita en tercera persona. Pronombres y personas verbales pasarán aquí a la primera del singular de forma literal. Sabiendo y necesitándolo, Maradona cambiará todas y cada uno de las personas en su atropellada pero mágica versión de la canción. Es su naturaleza, y algunos tal vez piensen que si Diego engorda no es por problemas de salud, sino por una simple cuestión funcional: para poder dar cabida a su ego.
Inserto del divino brazo izquierdo, de su ex-mujer, de una de sus hijas, que más tarde se unen a la fiesta junto a su padre y hermana, y uno del todo llamativo del propio Kusturica asistiendo atónito a esa ceremonia nacida de la nada pero para la que ha tenido el olfato suficiente para captarla y quien sabe si para ayudar a su puesta en marcha. El resultado es un happening en toda regla, una performance digna del Cassavetes de Husbands. El material de archivo, diversas home movies y noticieros, elegido con tacto y perfecta adecuación rítmica y temática (impagable esa escena viendo Rocky 3 con sus hijas) completan seis minutos que valen por todo un filme. De hecho, nadie echaría de menos la restante hora y veinte minutos, todo lo que había que contar está en este descomunal trozo de cine musical y documental (auto)biográfico. Esto se reafirmará en la búsqueda fallida de una fórmula similar como conclusión del documental: primero, Manu Chao cantándole en plena la calle, y segundo, Maradona apareciendo durante los créditos finales en un concierto de la banda de Kusturica.
Entre les murs (La clase), Laurent Cantet, 2008
* Artículo publicado en: BLOGS&DOCS. Número 24, febrero del 2009.
“¿Cuál es tu sitio?” Con esta pregunta concluye Ressources Humaines (1999), primer largometraje del director Laurent Cantet. Aquella frase que daba pie a los títulos finales del filme, previo y reflexivo fundido a negro, podía parecer una pregunta directa al rostro del espectador, una consecuencia evidente de la forzada toma de conciencia sufrida por los protagonistas en la segunda parte del metraje. En cambio, se vuelve hacia él mismo para terminar recorriendo el resto de su trabajo como cineasta. Todos los protagonistas de sus siguientes películas actuarán de acuerdo a esa búsqueda.
Teniendo en cuenta esa inquietud, parece lógico que su corta filmografía aparezca menos homogénea de lo que un primer vistazo transmite. Por mucho que desde un comienzo se identificaran sus películas con una tradición festivalera asociada a una confusa idea de cine de autor y de calidad francés. En ese ambiente y como los personajes de sus historias, Cantet daba suficientes muestras de estar buscando su lugar y, en el trance, de ser un híbrido. De partes bien ensambladas, pero híbrido al fin y al cabo, con dificultades para ser etiquetado.
De esta forma, parecía manejar indistintamente y con gran solvencia la calidez y el nervio de Robert Guédiguian (Ressources humaines, 1999), la distancia más fría, pero igual de analítica, de los Dardenne (L’ Emploi du temps, 2001) o la refinada estructura de personajes y diálogos de John Sayles (Vers le Sud, 2005). Con todo, la obra de Cantet no quedaba como puro remedo, pues aportaba suficientes datos temáticos, visuales y narrativos como para ser considerada original. La problemática laboral y la distinción de clase, las complejas y a menudo frustrantes relaciones familiares – en especial la paterno-filial -, la división entre capital y provincias, la brecha generacional; en resumen, una preocupación evidente por las cuestiones sociales. Retratos pausados y profundos que intentaban escapar de la velocidad y el maquillaje con las que la actualidad trataba de sumergirlos.

Su carrera cinematográfica, ahora, termina desembocando en el aprendizaje, en la enseñanza, con Entre les murs (2008) como perfecta canalización. Sigue así la estela de quienes han impartido a través del cine lecciones magistrales de historia y conocimiento en los últimos años: Ermanno Olmi o Nicolas Philibert. Para ello, recurrirá a un soldado raso, a un profesor de instituto que, como él, empleará la pregunta como cimiento del discurso, esto es, la vuelta a una mayéutica que chocará con el eterno rechazo e incomprensión del método.
Enclaustrado en aulas y despachos, el envoltorio formal y narrativo de la película podrá ser calificado de cualquier manera menos de documentalista. Empezando por un formato panorámico que no determina por sí mismo pero que incorpora una dimensión plástica demasiado poderosa para ser obviada. Aunque, con frecuencia, las transiciones entre planos y la reordenación del movimiento huyan tanto de las composiciones académicas o efectistas, que con tanta frecuencia ofrecen los grandes rectángulos, como de las rupturas caprichosas. De la misma manera, la aparente naturalidad de los actores no profesionales queda muy matizada en sus parlamentos, sobre todo en las secuencias exclusivas entres profesores. A pesar de ello, la fuerte voluntad de estilo de su obra precedente, sin desaparecer, queda diluida en un claro ejemplo de cesión ante las necesidades del tema.
La cruda apropiación histórica que se ha hecho de la enseñanza por parte de diferentes ideologías y religiones, tampoco resulta ajena al tratamiento de las obras que la incorporan como argumento. En este sentido, Entre les murs siempre será susceptible de recibir ataques, lo curioso es que, en esta ocasión, vinieron y vendrán los elogios de las clases dirigentes. Las mismas que han desmantelado o degradado los sistemas educativos, se permitirán el lujo de recomendar y alabar los esfuerzos fotografiados en este filme. Este enfoque político e ideológico del problema, en positivo o negativo, será falaz y de una obscenidad insoportable, en tanto aparece como un auténtico ejercicio de propaganda adscrita a unos intereses. Y todos sabemos que si en algo se sustenta la enseñanza es en la generosidad, aunque no sea reconocida y aunque cueste practicarla no ya cada día, sino cada hora, cada clase.

El verdadero valor documental del filme no será cuestión de superficie, es decir, cinéfila, sino que radica en su capacidad para mostrar la culminación en el presente de un problema histórico sin resolver. La arrogancia de las democracias europeas coloniales quedará al descubierto cuando uno se asoma a esta clase. Incapaces de otra cosa que no fuera saquear en su visita africana, dejaron como herencia un continente que demostrará cómo se puede ser decadente sin, paradójicamente, haber vivido una etapa de esplendor.
Esa decadencia, que no viene de una degeneración de algo mejor o agotado, sino que es el modelo directo implantado como efecto del abandono y del aprovechamiento de unos pocos de esas parcelas de poder liberadas, encontrará reflejo en la propia decadencia de los sistemas educativos: sin un referente brillante al que acudir, sin soporte fiable, como arrojada en paracaídas sobre un campo de lanzas clavadas en el suelo. De esa frustración de los que viven a diario la situación se pasará con facilidad a la rabia, como le sucede a François Bégaudeau (actor al tiempo que autor de la novela autobiográfica representada), quien comprueba que el sistema, en realidad, le ofrece poca cobertura. No quedándole otro remedio que aferrarse a las personas, comenzando por él mismo, por su responsabilidad, por un compromiso autoexigido, al tiempo que elástico, que no necesitará de ninguna otra deontología burocrática. Los fogonazos de esperanza, inteligencia y brillo que aparecen en fugaces conexiones con sus alumnos, le ofrecerán al menos un respiro.
En Touki Bouki, película dirigida por Djibril Diop Mambéty en 1973, una pareja de jóvenes senegaleses, adolescentes entre la inconsciencia, la pillería y el desencanto que parecen extirpados de de un filme de Jean-Luc Godard, padecía la corrupción heredada de la época colonial al tiempo que veían en la emigración la salvación; París, gracias a la voz craquelada de Josephine Baker, era el paraíso. No sabían que décadas después, de haber salido de Senegal, la que podría ser su descendencia se convertiría en parte del alumnado de esta clase, el cual, renegará del paraíso prometido como muestra del fracaso identitario sufrido. Aislados en los suburbios, en estereotipos (el fútbol, la ropa, la música, los nombres, etc.) de un país de origen que ni siquiera conocen y recelando los unos de los otros, confundirán la identidad con el provincianismo, como bien demostrará Esmeralda, ufana de salir de su distrito parisino – como en su día pudieron hacer los protagonistas de La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995) – para realizar compras en otro de un estatus más elevado.

A la defensiva de todo, el nuevo vitellonismo multiétnico del siglo XXI se mueve entre los muros de una clase o de un barrio incrustado en una gran capital. La principal tarea de este profesor no será ejercer de eventual redentor que derriba dichas paredes, sino animar a que lo hagan ellos mismos para poder vivir extramuros de ese conformismo adocenado por unos clichés disfrazados de rebeldía juvenil. Y, en el peor de casos observar, con mayor o menor resignación, como nada de eso sucede o se retrasa demasiado en el tiempo.
Con la pregunta que encabezaba esta reseña, Cantet quería encontrar su sitio y, con su última película, trata de responderse a sí mismo no sin dudas. Su manera de hacerlo será exponer el proceso humano, por desgracia doloroso, que conduce a ese incierto y difícil encuentro.
