Le silence de Treblinka

















Le silence de la mer (Jean-Pierre Melville, 1949)
Shoah (Claude Lanzmann, 1985)
Fotogramas alternos
Eva mitocondrial
Los compañeros de Transit me invitaron a su estupenda sección Exposed Cinema y el resultado fue un vídeo acompañado de un pequeño texto. Se pueden ver y leer en:
Bye bye Africa (Mahamat-Saleh Haroun, 1999)
En el nuevo número de Blogs&Docs colaboro con un texto sobre esta película de Haroun. Aprovechando la circunstancia y utilizando Bye bye Africa como enlace, también comento algunas características del cine africano.
Se puede leer aquí: Bye bye Africa (Mahamat-Saleh Haroun, 1999)
Cuatro cosas sobre Project X
I. Relato
Cuando la modernidad decidió que había que enseñar o alargar lo que en el cine clásico era elipsis o transición, todos lo consideraron un atrevimiento histórico. Antonioni nos hurta el conflicto novelesco y prefiere contarnos las angustias de sus chicas mandándolas a pasear. Nima Nourizadeh hace lo propio con la acción sexual de uno de sus referentes: el frat porn. Todo aquello que el dedo ejecutor del espectador mutila en un College Fuckfest y derivados (College Rules, Fuck Team, Dare Dorm), nos es mostrado por Nima con todo su empeño.
Como Antonioni, Nima sabe que la narración necesita equilibrio. No se puede mantener ni la calma ni la tensión de manera perpetua. Antonioni podía introducir un guantazo que tenía el mismo efecto en el relato que una persecución de coches de Frankenheimer. Después de una passeggiata cualquier cosa era recibida como un clímax. Al margen de la gradación perfecta de la destrucción, Nima alivia el escamoteo del sexo explícito con tetas. Los dos conocen bien la poética de Aristóteles.
II. América
Es curioso que una de las mejores representaciones actuales de la cultura popular americana, la haya tenido que hacer un inglés con ascendencia iraní. El gran retrato de América fue realizado por cineastas con raíces emigrantes más o menos cercanas a su nacimiento. Por supuesto los “irlandeses” Ford y Walsh, pero también Capra, Wyler, Zinnemann, Wilder, Preminger, Kazan, etc. Nativos al margen, los pasajeros del Mayflower jamás le habrían tolerado a uno de los suyos algo semejante.

Project X es una película global, pero transmite algo de esa sensibilidad del cineasta “extranjero”. Está la fascinación por el país de acogida y, sobre todo, por sus ceremonias. Pero también la profesionalidad. Esa cosa tan extraña hoy día de las cosas bien hechas. Ya sea hacer una película, arreglar un grifo o pintar una pared. A Project X se le podrán imputar muchas cosas, pero nunca que es una película deslavazada o chapucera; es impecable.
Es increíble. Aún respiran el mismo aire que trajeron en el Mayflower.
(The Last Hurrah, John Ford, 1958)
III. Forma y fondo
Llegó un punto en la historia del cine reciente en el que la (vídeo)cámara en mano y la deslocalización del punto de vista mediante dispositivos automáticos, pasó de novedad a recurso y de ahí a simple excusa para esconder la falta de oficio, cuando no de talento. Aquel temor del cineasta novato a la hora de colocar la cámara, desaparece. Un teléfono, una cámara de vigilancia, una webcam… El empeño por mantener a rajatabla la fórmula, ha convertido la libertad original en prisión. El espectador convertido en narratólogo ocasional para saber si el punto de vista se ha roto o mantiene su rigor intacto.
En Project X ese problema existe pero queda superado por las circunstancias. Todo lo contrario que en Chronicle (Josh Trank, 2012), cuyos esfuerzos por mantener ese “rigor” terminan siendo agotadores. Una de los grandes misterios del 2012 fue el trato tan diferente dado a estas dos películas. Es asombroso –diría más, trágico- que a una película como Project X se le sigan pidiendo responsabilidades morales. Es como pedírselas a los hermanos Marx. Mientras, a Chronicle se le rio la gracia aunque no la tuviera y se le invistió con la dignidad nerd de los superhéroes.
Antonioni utilizaba la fiesta como símbolo de la decadencia y la banalidad burguesa. Lo grotesco. Nima en pleno finis mundi interruptus, nos entrega un filme sobre el apocalipsis verdadero: el de la vida suburbana. Esto es, el apocalipsis como espectáculo definitivo al que la sociedad no está dispuesta a renunciar siempre y cuando pueda verlo a salvo desde su jardín. Lo sublime. Project X no es gamberra y mucho menos irresponsable como hipan los santurrones, es subversiva.

Una de las cosas que peor tolera la gente, es la diversión ajena. Yo en la vida real sería el vecino flanders que llama a la policía. Pero como espectador le deseo los siete males.
IV. Crítica
Otro de los problemas de la película radica en que la crítica que debería haberla rescatado de la senilidad mostrada por otros, no ha cumplido del todo. A nadie se le escapa que la crítica en Internet corre a cargo, en su mayoría, de la generación criada durante los años ochenta. Y no hay nada peor para el análisis y la verdad que la educación sentimental. Algunos no pueden concebir que el concepto de desmadre ya no sea el de Bachelor Party (Neal Israel, 1984), su burro y su perrito caliente.
Podemos malgastar el tiempo reivindicando nuestra derecho a la nostalgia. Hacer revisionismo de mediocres como John Hughes o, en cambio, estudiar una película como Project X alejada en teoría de nuestra generación. De otra forma corremos el riesgo de convertirnos en la carcunda ochentera. No_Garcis prematuros lamentando los días de mondas de patata y jilgueros fritos.

Quizá haya llegado el momento de que muchos arríen el póster de Cyndi Lauper y pongan en su lugar el de Katy Perry. Porque una de los detalles que hacen que Project X no sea una obra maestra, es la ausencia de un cameo suyo. No me entra en la cabeza que no se le ocurriera a nadie. Es también nuestra responsabilidad hacer justicia con unos iconos cuya generación de consumo los limita a la masturbación. Si nosotros no elaboramos una teoría estética de los muslos de Katy Perry, los canis no van a hacerlo.
No hace falta que diga que este texto (como la película) está escrito desde el punto de vista de un hombre. Pero mi lado goslingniano alcanza para extender esa petición de avance a cualquier mujer que no quiera seguir poniendo una y otra vez el VHS de Dirty Dancing (Emile Ardolino, 1987). Ese momento cuando Patrick Swayze le dice a Jennifer Grey, en un tono ciertamente caballeresco, que no permitirá que nadie la arrincone. Si no queréis escribir sobre cine como lo haría vuestra tía la solterona, no esperéis a que Patrick Swayze os saque a bailar.
Otro ejemplo. En primera persona. Que de pequeño -además del catecismo- me supiera de memoria todas las canciones que cantan en Rock of Ages (Adam Shankman, 2012), no puede condicionar mi juicio: es un facesitting sin bidé previo. La música de Project X me es ajena, no hay ni una canción que me guste –ni siquiera el célebre We want some pussy- y sin embargo admiro su utilización y su adecuación, más allá de que el director venga o no del spot y el videoclip.
Creo tener clara la frontera entre el placer y la humillación, entre el halago y la manipulación. Pero hay que estar alerta para no caer en el chantaje emocional de verte convertido en target publicitario. Ves la foto de un tipo anunciando una hipoteca que te recuerda a tu compañero de pupitre, te ablandas y piensas: en el fondo estos de los bancos no pueden vivir sin mí.
