Johnny Guitar y el origen del universo


Siempre he sido indulgente con ese subgénero que, por cualquier tipo de necesidad, hace de la clausura de la escena su principal recurso. Supongo que no superaré tal vicio hasta que escriba el esperado (por mí y por nadie más) artículo sobre el cine de monjas. De momento solo tengo un título de trabajo: La monja cinematográfica. Sumisión y subversión. Promete ¿eh?, quién sabe si dentro de quince años se hará realidad.

Pero antes de monjas y novicias, debo despedirme del año y de Nick Ray. En pocos párrafos intentaré explicar algunas -no todas- de las ideas que hacen del comienzo (entre el minuto 8 y el 22 aprox.) de Johnny Guitar un planteamiento tan bueno como siempre hemos escuchado o leído. Ya sabemos que ciertos críticos puede decir si una película les gusta o no sin aportar razones, por frívolas y endebles que sean. El crítico, ese colgajo de la modernidad. Los cinéfilos al menos suelen ser más valientes, siempre tienen argumentos, todos quiméricos por supuesto. El cinéfilo, esa puerta a las realidades paralelas. Por fortuna ni soy crítico ni cinéfilo, y por lo tanto tendré que dar explicaciones fieles a los hechos.

Pero para comentar Johnny Guitar con cierto respeto, es necesario partir de una definición funcional, y de lejana inspiración rohmeriana, de espacio cinematográfico. Cuando hablamos de espacio cinematográfico lo hacemos tanto de la superficie, más o menos restringida y registrada en el encuadre, como del lugar contextual de la acción, más o menos amplio y que puede ser mostrado, aludido o ignorado mediante diferentes mecanismos de expansión visual, sonora y/o motriz. Así, la porción de espacio vista adquirirá valores diferentes dependiendo de su relación o no con lo adyacente.

El espacio exterior (Clic para ampliar)

En el arranque hemos contemplado un paisaje exterior hostil. La primera imagen de la película es una significativa explosión de barreno, a la que le sigue el asalto a una diligencia, un asesinato y una violenta ventisca que hace todavía más agresiva la arena roja de Sedona. A partir de ese momento, todo ese espacio pasará a implícito y amenazante. Un off latente y causal que transmitirá una serie de efectos, el primero: refugiarse (Run for cover).

Una vez establecida la acción en el interior del local, Ray construirá la escena apoyándose en elementos cinematográficos que serían inservibles –o mucho menos valiosos- sin su relación directa con el teatro, la música y la arquitectura; sus verdaderas pasiones juveniles. Todo funcionará de manera óptima porque esos recursos existen y porque son utilizados en la forma y en la medida exactas. Crítico, ahora sí podrás decir que esto es bueno y, si se diera el caso, que es bueno pero que no te gusta.

1* La composición. La disposición de los personajes en formaciones laterales, crea una amenaza real de grupo. Formación de ataque, las aves de rapiña que decía el propio Ray. El formato cuadrangular de la pantalla y la oblicuidad de alguna de estas líneas acentúa el efecto. Existe en la presencia de esos personajes constreñidos, una lucha contra los segmentos físicos de la pantalla. La isocefalia (recurso pictórico, con larga tradición histórica) crea la uniformidad formal y de pensamiento al tiempo que refuerza la sensación de ímpetu a duras penas contenido. Con sabiduría plástica, Ray otorga el liderazgo “moral” del linchamiento frustrado a la única que rompe (¡a la baja!) la línea de las cabezas: Oh, her name was Emma Small, was Emma Small; cantará Johnny.

Ready for lynching (Clic para ampliar)

2* Las miradas. El enfrentamiento se articula de manera totalmente mecánica gracias al registro de las miradas. No hay nada esotérico ni oscuro, es pura geometría, luminosa, un tornillo tras otro que van a parar a la bisagra, a Johnny Guitar. El único desarmado pero con la salud y la elasticidad mental intactas, esto es, con capacidad para el sentido del humor.

3* El decorado. En el primer tramo de la secuencia con Joan Crawford situada en lo alto de la escalera, los picados y contrapicados nos muestran las vigas y los techos aplomados sobre las cabezas. En el segundo tramo, la pared del fondo excavada en la roca (herencia de la Taliesin, luego visible en la arquitectura del refugio de Dancin’ Kid), fortalece la negativa a expandirse que va de lo visual a lo narrativo para concluir en lo simbólico. Una negación materializada en el la botella estampada por Ward Bond.

4* La planificación. Predominio de encuadres estáticos, planos y contraplanos apenas alterados por leves movimientos de cámara necesarios para enlazar o reencuadrar los también escasos movimientos internos. La manera en la que los personajes se van incorporando o abandonando a la escena procede del teatro. Las posturas son inamovibles y los brillantes diálogos no hacen más que confirmarlo.

5* El sonido. ¡Dale a la ruleta, Eddie (…) Me gusta oír cómo rueda! Si tenéis la sana costumbre de ver películas con auriculares (las que tengan buena calidad porque si no es una tortura), escucharéis como el viento no deja de ulular desde un segundo término sonoro. Los tiempos entre diálogos y réplicas de nuevo se acogen a los modos del teatro. La modulación del tono y las contraréplicas como única manera de agredir a un oponente que permanece inalcanzable o destacado en lo visual. El silencio incómodo a punto de quebrarse con un vaso que rueda en círculos madera abajo. Y la música.

Johnny Hinged (Clic para ampliar)

6* Raccord. Derivado de la situación anterior, el cambio entre planos sujeto a continuidad de movimiento escasea y cuando se realiza tiende a suceder, con pocas excepciones, antes de que el personaje traspase el borde del encuadre. El mantener esta prohibición cobra sentido y despunta cuando al final de la secuencia todos los personajes rompen el margen lateral izquierdo al salir de cuadro. Primero la banda de Emma, después Johhny Guitar y los secuaces de Dancin’ Kid. Hasta ese momento la falta de un campo off que bombeara entradas y salidas, ha contribuido a crear un ambiente de tirantez insufrible. Es relativamente fácil entrar en campo, lo es menos salir de él.

El fragmento, entonces, ha estado condicionado por un ambiente exterior y por otro interior que, lejos de refugio seguro, devino tan peligroso como el primero. La tensión se ha hecho insoportable mediante una retención pensada y expresada al detalle. Sin expansión la energía se reconcentra, necesita de una espita que alivie la fuerza acumulada o explotará sin control. Esa incertidumbre es manejada hasta el límite en la secuencia, controlando las formas y el tiempo en el que se inscriben.

Llegado este punto, podemos afirmar que estos quince minutos de Johnny Guitar, son una adaptación libre del origen del universo.


Las juventudes de Nicholas Ray


(…) El artículo que ahora comienza utiliza esa fotografía como inspiración en una doble vertiente artística y biológica. Partimos de una figura de Ray alejada tanto de la decrepitud final transformada en icono cinéfilo, como de la apostura de sus flamígeros años en Hollywood. Esa fotografía nos ofrece un Ray en construcción, acumulando experiencias y cultivando inquietudes en un cuerpo que no es aquel digno de Grünewald, sino el de un híbrido entre Miguel Ángel y Correggio. El nervio del primero atemperado por la languidez del segundo. El chico al que todos los que le conocieron durante aquellos años coincidieron en calificar como ciclotímico, romántico, fuerte y soñador.

Es tentador colocar esa imagen láctea de Ray en paralelo con la de Jim Stark compartiendo postura y descanso con otra botella de leche, pero sería aventurado. Antes tenemos que esclarecer el camino que media entre ambas, a pesar de que el vínculo entre vida y obra es evidente en esta y en otras tantas situaciones y personajes de sus películas. Una relación que ya fue apreciada por Jean-Luc Godard: “Ray es alguien que arrastra el tema consigo, pero el tema está en él, lo que hace que a veces se confunda con el tema”, Jean-Louis Comolli: “Ningún cineasta se ha dirigido a sí mismo, película tras película, tan directamente”, Joëlle Naim: “Nunca dejó de hacer un cine que se manifestaba (…) como la puesta en escena de su vida” y Víctor Erice: “Ray era un cineasta que más que abordar o reflejar un tema, lo que hacía era encarnarlo (…) estaba condenado a expresarlo” .

(…) Así, el objetivo de este artículo será analizar la visión de la juventud, de la adolescencia y de la transición a la madurez, que propone el cine de Nicholas Ray (…) La intención es utilizar ese enfrentamiento entre el individuo joven y el medio en el que se desenvuelve para comprobar cómo la preocupación de Ray por la naturaleza humana disiente o converge con las convenciones narrativas, con su contexto socio-histórico y con la ideología liberal o de izquierdas con la que se identificaba.

Para llevarlo a cabo, nos apoyaremos en el debate que siempre ha enfrentado al determinismo biológico con los factores ambientales. Duelo nunca enterrado desde la lejana enunciación Nature-vs-Nurture de Francis Galton (1822-1911) y que volvió a florecer tras el gran desarrollo de las ciencias de la cognición y de la genética. Las películas de Nicholas Ray nos aportarán ilustraciones memorables…

* Nicholas Ray: Nunca volveremos a casa. Shangri-La Ediciones, nº 14-15, Diciembre de 2011, pp. 135-155 *

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Bonus track: Ra(y)nking particular:

No hace falta que diga que en perpetua revisión. Pero son variaciones en pequeños detalles y/o puestos. En el último visionado completo solo hubo una película que me resultó menos atractiva que otras veces. El resto, incluyendo aquellas de las que tenía “peor” recuerdo, me subieron ligera o moderadamente.

1957 Bitter Victory
1950 En un lugar solitario
1954 Johnny Guitar
1952 La casa en la sombra
1958 Chicago, años 30
1949 Llamad a cualquier puerta
1955 Busca tu refugio
1958 Muerte en los pantanos
1956 Más poderoso que la vida
1955 Rebelde sin causa
1949 Los amantes de la noche
1961 Rey de reyes
1976 We Can’t Go Home Again
1952 Hombres errantes
1980 Relámpago sobre el agua
1950 Nacida para el mal
1951 Infierno en las nubes
1957 La verdadera historia de Jesse James
1960 Los dientes del diablo
1974 Wet Dreams (“The Janitor”)
1949 Un secreto de mujer
1956 Sangre caliente
1963 55 días en Pekín

Nicholas Ray merodeando por el blog:

The Lusty Men: primer acto
Los objetos hablan (Bigger than life)
El vestido blanco de Joan Crawford
Herodes meets Himler


Nicholas Ray en su centenario: Nunca volveremos a casa


Hasta la fecha había tres referencias bibliográficas fundamentales si uno quería conocer a Nicholas Ray fuera de sus películas. La excelente biografía de Bernard Eisenschitz (Roman Américain: Les vies de Nicholas Ray, 1990. En inglés: Nicholas Ray: An american journey, 1993 y 96) que no ha sido traducida al español, el ejemplar catálogo de la Filmoteca Española (Nicholas Ray y su tiempo, 1986) trabajado por Víctor Erice y Jos Oliver -que ya cumple 25 años-, y la sincera miscelánea (Por primera o última vez. Nicholas Ray haciendo cine, 1994) reunida por Susan Ray, su última esposa. Ninguna de las restantes publicaciones de las que conozco, alcanza ese grado de imprescindible que sí tiene cada elemento de la trilogía.

Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, llega una nueva publicación sobre el chico de Galesville que de momento no puedo colocar a la altura de las obras mencionadas por dos motivos: porque todavía no la he leído entera y, más importante, porque cuenta con un texto de servidor. En estas circunstancias lo que sí puedo afirmar es que es cualquier cosa menos convencional. No es una publicación coyuntural ni una simple conmemoración sentimentaloide. Lanzarla en este aniversario es justa cortesía, pero anecdótica al fin y al cabo. La cortesía que, ya pasado agosto se puede decir sin temor, no ha estado muy presente en la vida mediática y cultural.

La revista recupera algunos textos de ayer que han demostrado con creces su vigencia, y tiene un gran puñado de los de hoy que quién sabe si serán los del futuro. El proceso hacia ese mañana siempre es peligroso y requiere paciencia, porque en la escritura cinematográfica la inocente magulladura realizada por una moda puede terminar en septicemia. Son más de 350 páginas dedicadas al director de algunas de las películas más luminosas y sensibles de la historia del cine. 350 páginas que caen como un meteorito llegado de no se sabe dónde, en el panorama actual de publicaciones sobre cine; y no solo en las españolas.

Ahora es vuestro turno, ya está a la venta en librerías y en la web de Shangri-La. Aquí os dejo el enlace donde además de poder adquirirla o de informaros de los puntos de venta, podéis ver el sumario con los contenidos.

Le doy las gracias a Jesús Rodrigo (y equipo) no tanto por permitirme participar, como por el coraje y el buen gusto de sacar este Nicholas Ray adelante.


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