Road movies, Monte Hellman y cabezas que explotan
El otro día recibí un correo de un buen amigo que estudia en Estados Unidos. Él –no es gran mérito- es bastante más inteligente que yo, sabe mucho de muchas más cosas. Lo habitual es que me pregunte por una película, yo por algún libro o disco y que al final terminemos hablando de los cómics de Astérix. Me contaba que le habían dicho que Two-lane Blacktop (Carretera asfaltada en dos direcciones) era la mejor road movie de la historia del cine y que no la conocía, que si tenían razón. Antes de contestarle hice una digresión literaria preguntándole por un detalle de La Regenta, en la que es experto.
Improvisando le dije que sí. Que es una gran película a la que precisamente esa devoción –hoy generalizada- con la que le hablaron, quizá le haya perjudicado un poco. Le conté que Monte Hellman es un tío raro de narices, con un talento especial para la abstracción, a ratos bressoniano, con gran facilidad para sorprender y para hacer lo que le sale de los cojones. Que ha hecho películas extrañísimas poco, nada o fatal distribuidas. Y que la última, Road to Nowhere, también debería verla porque, además de tangencias con Two-lane Blacktop, había sido relacionada con David Lynch. Del que ambos aun conservamos la cicatriz de un viejo proyecto frustrado para un texto a cuatro manos sobre Lost Highway.

Monte Hellman
Terminé avisándole que no tiene nada de rollo contracultural barato, como otras de las que habíamos hablado hacía poco. Que el aspecto visual agradece esa falta de porosidad con ciertas horteradas entonces a la moda. Que las cosas no salían a borbotones ni formaban las torrenteras de la prosa beatnick. Y que lejos de trascendencias y existencialismos pregonados, para mí la peli era sobre todas las cosas una maravillosa historia de amor. Firmé el correo exponiendo mis dudas sobre su supremacía en el género. La verdad es que en ese momento y como me pasa siempre, no me venían muchas a la cabeza. Nunca he tenido ninguna road movie canónica entre mis películas favoritas, pero la neurona de guardia me alcanzaba para nombrar al menos tres que prefería a la de Hellman.
Bueno, dos ni siquiera eran películas, sino la mitad de una y una filmación amateur. La segunda parte de Quiero la cabeza de Alfredo García y el Zapruder. La otra era la obra maestra olvidada de Michael Cimino, Sunchaser. Con la de Peckinpah siempre he mantenido un trato esquizofrénico, detesto la primera parte y me vuelvo loco con la segunda. Esas conversaciones más que con la cabeza, con las moscas que la pueblan. Warren Oates, además, como nexo con Two-lane Blacktop. Zapruder es fascinante al margen de cualquier conspiración de los fotogramas. Como tenía a mano (con las hojas bailando, que es lo que tiene comprar libros de viejo) el mítico Big as Life. An american history of 8mm films, le copié un párrafo de un artículo de Keith Sanborn (p. 23) en el que daba una última –pero no menos importante- razón para explicar la incontestable fama del filme de Abraham Zapruder:
…ha adquirido prestigio porque cumple con el criterio clásico de poseer un planteamiento, un desarrollo y un desenlace: aparece la limusina, el Presidente es disparado, desaparece la limusina. Podría haber sido obra de los Lumière. (Traducción exprés)
Una vez enviado el correo recordé dos cosas. Una, que algunas de las de Wenders me parecen adorables: Alicia en las ciudades, En el curso del tiempo y París, Texas; sobre todo la primera. Dos, que en las películas que aparecían en el correo existía una peculiar relación anatómica. Estaban emparentadas no por narraciones episódicas, coches o paisajes, sino por ¡cabezas! La pútrida de Alfredo García, la cancerígena de Blue, la transfigurada de Fred Madison y la descapotable de Kennedy.
¿Y la de la película de Hellman? Antes de enseñarla y para entenderla, hay que acudir a la penúltima huida de la chica. Al comprobar que la muy rubia se ha vuelto a pirar, el conductor pregunta a su colega. Confirmada la ausencia y antes de salir en su busca, el protagonista recibe un aviso muy serio.
La película concluye con la marcha definitiva de la chica y con la profecía cumpliéndose sobre la cabeza del protagonista.
Hellman ha decidido que la manera correcta de ilustrar aquel “burn” (cabrear, putear) era acudir a su acepción primordial (quemar). Y el espectador no sabe si tal cosa sucede como metáfora o de forma brutalmente fáctica. Hellman materializa la idea desmaterializando, abrasando la emulsión. El cine accede por el agujero de la quemadura a un bucle infinito donde el lenguaje recto y el figurado hacen que explote otra cabeza más, la nuestra.
Oops!… I did it again
5 comentarios para “Road movies, Monte Hellman y cabezas que explotan”
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temblor vertical que se sumerge en la clarividencia
ardor, temblor de viva luz'




Imagino que “Subida al cielo” o “La ilusión viaja en tranvía” son elecciones un poco weird pero me parecen mejores que ese muy buen y muy sobrevalorado Hellmann. En realidad debería haber dicho “3 godfathers”
Te leo en esa cosa de twitter sobre “Project X” y Naruse al mismo tiempo. Eso está bien pero no debe ser muy sano ¿no?
Por eso puse lo de “canónicas” porque es fácil irse al western, a su herencia y a otras muchas pelis de itinerario que no son road movies típicas.
Eso otro no es que sea sano, es que es absolutamente insano.
Un abrazo y feliz año Jesús.
Siempre me pareció interesante “Vanishing Point” como road movie, como fuga hacia ninguna parte.
Ahora que vuelvo a ver las últimas imágenes de la película de Hellman me viene a la cabeza un cruce visual entre las explosiones de Scanners de Cronenberg y cualquier pieza de Jurgen Reble tratada químicamente.
Saludos Roberto!
Cierto, a aquel Cronenberg le gustaba explotar cabezas y cualquier cosa, al más melindroso de los últimos años parece que menos.
Y qué grande Reble.
Un abrazo y feliz año Albert!
Creo que los obuses de Isela Vega eran el reclamo principal de la primera parte de “Quiero la cabeza de Alfredo García”.
Felices fiestas y feliz año Roberto.