Iconografía desacralizada
Dentro del mundo de la publicidad, tan grande e inabarcable que en ocasiones parece convertirse ella misma en un auténtico modelo económico y social, o al menos en un apoyo indispensable para su funcionamiento, existen ciertas empresas, marcas o productos, cuyo nivel de visibilidad alcanzado dentro de la sociedad le permiten vender(se) y ofrecer(se) sin el apoyo informativo necesario que otros sí deben desplegar para el mismo ejercicio. Se llega al punto en el que la propia marca es suficiente para su difusión, como una auténtica garantía de calidad y fiabilidad, en un impúdico alarde de narcisismo; recurso indispensable en la industria citada.
Si este marco lo acotamos aún más con un subgénero como la perfumería, entonces las imágenes resultantes se encontrarán en un punto donde la libertad formal no tendrá nada que ver, primero: con la empleada por otras marcas cuyo estatus en el mercado no le permitirán según qué licencias, y segundo: con la de los productos cuyas funciones solicitan apoyos informativos, bien con textos, gráficos o mediante cierta narratividad en las imágenes dispuestas. Nos encontramos, entonces, dentro de un rincón publicitario en el que podremos hallar códigos ausentes en otros tipos por las razones ya mencionadas.
Así, nos situamos en: a) un conjunto matriz más amplio que podríamos catalogar como “mundo de la moda”, y por consiguiente permeable a diferentes expresiones artísticas. Con independencia, ahora, del grado de ridiculez, kitsch, esnobismo o plagio en ese reciclaje, b) una marca de prestigio sometida a escasa o nula necesidad para ganar terreno o auto-afianzarse. Ojo, con todos los matices que se quiera respecto a esta sentencia teniendo en cuenta la voracidad, la inestabilidad y la exigencia del medio que nos ocupa, y c) un producto perteneciente a un apartado muy concreto de ese mundillo y de esa firma, del que bien podría colgar la etiqueta de “alta perfumería”. Todo este preámbulo parece en gran parte obvio, lógico, pero no por ello debemos olvidarlo.


Bajo este contexto y con las implicaciones formales y expresivas liberadas de ciertas funciones, podemos intuir que la aparición de la abstracción se convierte, si no en inevitable, sí en una opción más útil que en otras ocasiones. Y el anuncio que nos interesa es manifiestamente abstracto y, como tal, más complejo de lo que sus formas pueden llegar a comunicar en un primer golpe. Sin embargo, esto puede suponer una contradicción refiriéndonos al mundo publicitario, en tanto sus mecanismos se organizan para glorificar ese golpe visual inmediato. Más aun cuando queda sepultada en el interior de una revista que puede contar con un despliegue gráfico abrumador y donde tendrá que, además de competir con otras imágenes, ejercer de isla entre textos. Tal es el caso de esta imagen, sacada de un dominical cualquiera.
Pero, la contradicción no será tal si hurgamos un poco en la retórica publicitaria y en sus inagotables recursos para obtener fines, esto es, suscitar ambigüedad en ese primer golpe, alterar la pretendida relación entre imagen, producto y su espectador. Si el producto, siquiera por un instante, hace pensar al espectador, reflexionar sobre él, su éxito será casi seguro, no se olvidará fácilmente y aumentará su capacidad seductora. Todo ello, eso sí, partiendo de la pregnancia de las formas.
Y decimos que el anuncio es abstracto, al tiempo que pregnante, de acuerdo a lo siguiente: en primer lugar, no existe información escrita o anclaje de ningún tipo, tan sólo el nombre del producto “FRAGILE”, segundo, se elimina cualquier referencia visual superflua con el negro, enmarcándolo todo, como fondo, y tercero, la composición principal resulta de una geometría evidente, una construcción piramidal que intentaremos demostrar como significativa, pues, las estructuras piramidales siempre, a lo largo de toda la historia de las imágenes, han denotado jerarquía. Luego, de tal implicación, deviene otra casi por inercia: el equilibrio. Veamos ambas ideas, jerarquía y equilibrio.


La jerarquía presente en esta imagen sitúa a una mujer en la cúspide, dominante. Al margen de una implicación directa y funcional que nos lleva al sexo del destinatario del producto ofrecido, nos ofrece un trasfondo interesante, en tanto la mujer como elemento dominante no es fenómeno común salvo en reivindicaciones históricas aisladas o, con mayor fuerza, dentro de los últimos años de nuestro tiempo. La actualidad, mejor dicho, el poder de esa actualidad, queda entonces patente más allá de la situación o del empleo de la mujer como motivo necesario en la publicidad de estas gamas de productos.
Si la jerarquía visual ha quedado resaltada, ésta deberá ser matizada desde ciertos juegos visuales empleados y desde la noción de equilibrio señalada. El desmayo, la línea quebrada de las piernas de la modelo, sus manos, sus dedos arqueados y su cuello venciéndose, transmiten inestabilidad; pero, recordemos, que siempre desde el mandato visual otorgado por la pirámide. Ante este peligroso desequilibrio cabría la posibilidad del desvanecimiento definitivo, de la caída de su lugar de privilegio. Será ahí cuando termine por reafirmarse la posición de autoridad, en cuanto aquellos que podrían usurparla ejercen como fieles y seguros soportes; los hombres.
Las figuras masculinas no dejarán que la estructura se venza, desde la devoción y la delicadeza que expresan unos gestos muy suavizados pero cuya última, o primera, función simbólica podría pasar por el análisis psicoanalítico, y por lo tanto con la condición fálica presente como deseo sexual o como por puro elemento físico erguido, como pilar de la estructura.

Formalmente la situación no es ni mucho menos original, más bien se vale de elementos iconográficos probados con eficacia a lo largo de los tiempos y que ahora son rescatados, al tiempo que desacralizados. La imaginería de ciertas “Pietà” o de los “Descendimientos” abandonan conventos e iglesias pero, esta vez y como signo de los tiempos, con María como protagonista y con las implicaciones carnales sin ser escondidas o disimuladas.
Entonces, la solidez inicial planteada por la rotunda composición, deberá ser medida de acuerdo a las ideas comentadas, más aún cuando prestemos atención al único anclaje textual, el nombre del propio producto: FRAGILE.

Fijémonos en el color. Ya mencionamos el poder de abstracción ejercido por el negro como fondo y marco, delimitando y focalizando con claridad toda la escena. ¿Qué colores pueden ejercer mayor contraste a la hora de enfrentarse al negro para destacar ellos mismo o en su conjunto? Sin duda dos, el rojo y el blanco y, en menor medida, tal vez el amarillo. Tenemos, de esta forma, impreso el nombre del producto en rojo sobre negro que, mientras identifica y llama la atención, rubrica la calidad que se le presupone a la marca, utilizando para ello una tipografía similar a la de los sellos oficiales de reborde autoritario. Será tanto un FRAGILE como un CONFIDENTIAL, al que sólo los situados en las altas esferas tendrán acceso. Esto en cuanto al mínimo texto, veamos las figuras.
La mujer es de una palidez asombrosa, rayana en la porcelana. Dicha característica profundiza en la idea de fragilidad y de equilibrio que vimos con anterioridad. Ahora, del mismo modo que ocurría antes, esta tendencia a lo quebradizo (el símil de la porcelana es adecuado) debe ser tomada no con carácter único. La palidez, además de lo dicho, sirve a la modelo-mujer para reafirmar su superioridad, y lo hace mediante la capacidad para irradiar la luz presente. Mientras el negro se encarga de absorber todo el espectro de luz, la mujer rebota aquella que le llega hasta el punto de parecer ella misma el propio foco, es decir, la estrella, y como tal, con los planetas orbitando. Planetas que no poseerán su condición luminosa, su bronceado (redunda en la idea de soporte frente a la palidez) y su lealtad física para con la estrella se lo impiden; su aportación estética pasaría por el contraste cromático del negro con sus mechones rubios-amarillos.

La languidez de la mujer encontrará otro cabo al que agarrarse para no morir en su fragilidad, engañosa fragilidad. Sus labios rojos, profundamente rojos, llamativos y capaces, preparados para todo aquello que su aparente candor físico y su mirada caída esconden. Son los labios de alguien poderoso, no en vano están pintados de sangre. La femme fatale, como el vampiro, pueden no llegar a parecerlo a simple vista, llegando a mostrarse con signos opuestos para atacar desde un cómodo camuflaje. El mito vampírico, aquí, lo encontraremos invertido, Drácula deviene mujer y sus tres novias engasadas tornan hombres tan serviciales como ellas, con una caballera tan larga y de piel tan atractiva como la gasa. ¿Existe algo que cumpla con la paradoja de fragilidad y poder con mayor exactitud que lo vampírico?

La relación de tal mito con las formas artísticas es por todos conocida, más si nos extendemos por la pintura (Edvard Munch) o la literatura, con Baudelaire y el Simbolismo francés de finales del XIX al frente. Probemos con dos poemas del escritor francés, uno de ellos titulado, ni más ni menos, “El Perfume”:
EL PERFUME
Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado
con morosa embriaguez, con avidez golosa
el incienso que invade la nave silenciosa,
o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?
¡Oh mágico, profundo portento alucinado,
presencia revivida de evocación brumosa,
cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa
de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!
Selváticos efluvios se propagan al vuelo
del espeso y elástico madejón de su pelo,
como un incensario que sahuma la alcoba.
Y de las muselinas y el terciopelo oscuro
de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro,
negro aroma gemelo del lecho de caoba.
EL VAMPIRO
Tú que, como una cuchillada;
entraste en mi dolorido corazón.
Tú que, como un repugnante tropel
de demonios, viniste loca y adornada,
para hacer de mi espíritu humillado
tu lecho y tu dominio.
¡Infame!, a quien estoy ligado
como el forzado a su cadena,
como al juego el jugador empedernido,
como el borracho a la botella,
como a la carroña los gusanos.
-¡Maldita, maldita seas tú!
Supliqué a la rápida espada
que conquistara mi libertad
y supliqué al pérfido veneno
que sacudiera mi ruindad.
¡Ay! el veneno y la espada.
me desdeñaron diciéndome:.
-No eres digno de que se te libere
de tu esclavitud maldita.
-¡Imbécil! -Si de su dominio
te libraron nuestros esfuerzos,
tus besos resucitarían
el cadáver de tu vampiro.
Por si era poco, otro punto más delatará que el poder radica en lo femenino. Si bien avisamos que su mirada estaba caída, casi terminada, ésta es la única capaz de dirigirse al destinatario, al espectador, la única con derecho a tal osadía, a tal modernez. Débil pero diosa y ejerciendo dicha condición, digna de estar sobre aquellos que la veneran y bajo la cúpula que protege a los grandes como ella; la misma cúpula que vemos cubrir la figura de una mujer en el frasco anunciado.

Existe, sin embargo, cierto aire andrógino en la escena, aunque los tipos sexuales parezcan bien diferenciados. Una androginia cercana a la estética de ciertos retratos de Caravaggio, cuyo uso de luz, por cierto, también sobrevuela el anuncio. Así pues, La ambigüedad, sin necesidad de ser cita explícita de tal o cual artista, surgirá gracias a toda esta mezcla, al juego de valores formales, lumínicos, cromáticos, humanos, etc.
¿Quién puede negar que esta mujer no es tanto la Virgen María, con su manto maternal otrora azul teñido en negro, Jesucristo, andrógino, en el Descendimiento con su paño purificatorio blanco o, directamente, una fusión vamp-fatale? No hace falta responder, ni siquiera cuestionarlo. Puede o no serlo, puede ser cualquier otra cosa, lo sacro permanecerá mientras intentemos fijar una identidad fija y unívoca sobre todas las demás. En ese ejercicio de ruptura radica gran parte de la desacralización, no en la imagen por sí misma, tampoco en la transtextualidad de todos sus recursos constituyentes, ni siquiera el vínculo directo que supone el cambio de lugares (iglesias, conventos, etc. — revistas, televisión, etc.). Funciona como signo y extensión de la crisis de los relatos y toda su problemática, así como del tiempo histórico y social que los acoge, en el que los límites rotundos cada vez lo son menos y los tránsitos frecuentes.
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* Texto recuperado (retocado y lavado de cara) del antiguo Maquinista de Treblinka. Tal vez se rescate algún otro más adelante.

¡Santo Cielo, o cualquier otra desacralizada fórmula ritual de saludo!
Pues sí, mira que era grande la internés para que hayas acabado topándote con mis humildes afanes blogísticos. Y, en justa contrapartida, menuda sorpresa hallarte yo, convertido en gran cibercátedro de las imágenes, dueño y señor de una prosa digna del mejor Requena en sus momentos más apocalípticos tipo cómo-Fincher-predijo-el-once-ese… Y dueño, por cierto, de una no menos desdeñable memoria fotogénica, como no podía ser menos: ¡¡El Cuchus!! Pero de qué vas, ¿cómo puedes recordar ese nombre más inefable que un buen seminario sobre Ozu y el pilates…?
No sabes lo que me alegra recuperarte, aunque sea en forma de débil y fantásmatica (y trompetil, claro, y mefítica, je je je) aporía, o delicada anamorfosis surgida de las entrañas del hipertexto… Y verte en tan estupenda forma analítica. Si quieres pasar a una más íntima comunicación, ahora tienes mi mail, ¿no?; y así, de paso, mi informas de tu forma vital y laboral, y ubicación geopolítica, etc. Porque con el tuyo, me temo que me pasó lo mismo. Crash informático, arrebato mesmérico, deslogocentrización informática, llámalo como quieras.
Un gran abrazo. Tus kinodelirios prometen. Espero pasar suculentas jornadas leyéndote, ahora que te-me-nos hemos reencontrado.
PS. Por cierto, no tenías otro subtítulo que “HIstoria y estética…” para la página…? Suena cruel. Más si aún, como es el caso, ni siquiera se ha recogido el título pese a las conminatorias cartas del rectorado vallisoletano.
Qué grande,
Ya ves, esto es hobby, casi más informático que literario, sabes que algo enjundioso, como el esperado número 0 de Anamorfosis, con sus textos negro sobre negro y demás malabares, sólo podría montarse entre los dos.
La prosa, así como otras estridencias analíticas, son daños colaterales de una tesis en verdad mefistofélica sobre desmaterialización fílmica, elefantiasis, metodologías y estructuras planetarias compuestas en cinemascope. Pero, qué te voy a contar a tí sobre la narración y los mundos posibles; algún día la terminaré y volveré, fáustico, a la suave normalidad mortal.
Es el problema de somatizarlo todo, empezando por el punzante subtítulo y las reminiscencias lacanianas, sí. Aún no tuve accesos de dandismo trompetil o de alopecia bombillera, pero todo se andará.
Un abrazo, te copio el e-mail, pero solo de conciencia para adentro, y cualquier día hacemos un bis-a-bis carcelario. Iba a ser cierto aquello de la identidad sometida al tecnos, no hay escapatoria posible.
Esto me recuerda a los análisis de imágenes que hacíamos en clase, jeje. Me encantan. La verdad es que la mayoría eran perfumes, sí. Está claro que permiten unas imágenes más atrevidas e interesantes. Bueno, tu análisis es muy completo, y completamente acertado. Me ha gustado.