Felatriz silente. Nota sobre la representación cinematográfica del sexo

Ahora pues, matad a todo varón entre los niños,
y matad a toda mujer que haya conocido varón.
Pero a todas las jóvenes que no hayan conocido varón,
las dejaréis con vida para vosotros.
(Moisés en la venganza sobre Madián.
Números, 31:17, 31:18)

Una de las conclusiones que puede obtener cualquiera después de haber visto algunos miles de películas, es que la escenas de sexo son una mierda. Razones para explicar ese agujero negro –sin segundas- en la realización y en los guiones hay unas cuantas, pero la principal, aquella que conforma el tronco a partir del cual surgen las demás, es la condición narcisista del director/guionista.

Una aventurada tipología del fenómeno constaría de tres niveles. En el primero, algunos terminan regurgitando la secuencia de manera traumática de acuerdo a procesos neuróticos. Como diría Jüng, lo hacen mediante el despliegue infinito de una fantasía patológica que termina desvelando una “empresa sustitutiva insatisfactoria”. Como diría cualquier otra persona, son unos pajilleros más o menos reprimidos, con mayor o menor complejo de culpa, con una serie de traumas en la mochila y con un marcado egoísmo que nos enseñan cómo y con qué tipo de ser humano o animal les gustaría follar. En el segundo, ni siquiera tienen la necesidad de someterse al filtro y exponen sin ningún pudor su banalidad, por supuesto, también ególatra y egoísta. Estos enseñan directamente como follan en su vida, convencidos, en su delirio de grandeza, que a nosotros nos interesa lo más mínimo su culto a Príapo. En el tercero, están los artistas-centristas. Esto es, los cursis que buscarán apoyo en la historia del arte y la literatura. Algún cuadro, algún relato erótico, antiguas civilizaciones, los libros sagrados de las diferentes religiones son todo un filón en cuanto a pasajes sobre la incivilidad sexual legitimada; cualquier mandanga les servirá de coartada. En su intento pseudointelectual, posiblemente están desvelando su fracaso juvenil como monaguillos.

Tipología ilustrada gracias a Jungfrukällan (I. Bergman, 1960)

A ninguno de los tres les importa un pimiento el espectador, simplemente buscan su propio placer. Como espectador los aborrezco a todos, porque pocos me han convencido de lo contrario, Piavoli es uno de ellos. Con esto me estoy refiriendo al sexo como representación dramática y al punto de vista masculino, respecto a la humorística o satírica y a la visión de la mujer, las cosas serían diferentes, aunque también cuentan con problemas difíciles de resolver.

También es necesario puntualizar en otro aspecto: hablo de sexo convencional, sin entrar en las diferentes variedades que se han podido cultivar en repugnantes intentos por aparecer como el transgresor de turno. Entre algunas de las atrocidades que advertimos dentro de esas variantes, destaca la recurrencia de las violaciones. Las cuales darían para un largo texto ilustrado que bien podría tomar el título del célebre De la abyección, de Rivette. En verdad, todo esto forma parte de las malévolas y confusas equivalencias que se viene asentando en la sociedad desde hace años: entre verdad y brutalidad, entre sinceridad y mala educación, entre los hechos ciertos y la ausencia de estilo, entre ciencia y neutralidad, entre opinión y democracia. Nada más verdadero que un vacío, nada más sincero que una mentira, nada más divertido que una crónica, nada más emocionante y conmovedor que –como diría Dawkins- la Evolución, nada más falso que dar validez equidistante a todas las opiniones.

Pero volvamos al sexo convencional, al de bata y zapatillas y a su baja estofa audiovisual. Porque con el sexo, como con el humor, hay dos formas de disfrutarlo: participar y compartir la fantasía de quien lo está relatando, o reconocerlo como un motivo dramático más de acuerdo a un lenguaje universal. En el primer caso, nos encontramos con todos los problemas mencionados arriba, y en el segundo, asistimos a su representación como un motivo átono y de transición cuando lo que se debería buscar, de acuerdo a la propia naturaleza del acto, es lo opuesto: clímax y resolución. Inevitable, entonces, terminar hablando de otras dos ideas: redundancia y elipsis.

Woody Allen haciendo el ridículo en Match Point

Me he desviado un poco, no demasiado, porque en principio sólo quería hablar de una vieja película de Lon Chaney: The Penalty (Wallace Worsley, 1920). Uno de sus primeros papeles como gran protagonista, después de curtirse como el secundario de las mil caras que al final alcanza cierta gloria con de The miracle man (George Loane Tucker, 1919). Marlon Brando no habría existido sin Chaney, esa necesidad de sufrir el castigo para aliviar al resto nace en Chaney y lo vemos hipertrofiado en el cuerpo y en el ego de Brando. El masoquismo cristológico como única vía para la redención dentro de lo narrativo y como camino al éxito en el mundo del espectáculo.

The Penalty no está entre sus filmes más recordados y reconocidos, lógico por su excelencia posterior, pero menos entendible si vemos la película con cierta pausa, notando su atrevimiento. The Penalty es la bisagra perfecta entre el serial silente de la década de los 10 y el cómic moderno que habría de venir a partir de los 40 (EC, Marvel, DC). No soy un experto, ni siquiera un gran aficionado al cómic, sólo lo suficiente como para intuir esa importancia y esa relación directa –con muchos matices, por supuesto- de acuerdo a la estructura de personajes, a la importancia de los objetos, a la escueta e irónica narración de los carteles y a la planificación de ciertas escenas. Me atrevo a afirmar que su poso de historieta está más conseguido y es más visible y sensible que el de la reciente moda del XXI, invadida –aún a riesgo de que me salten muchos fanáticos al cuello- de películas indefendibles por muy seguidor que se sea del superhéroe o del autor que toque.

Blizzard (Lon Chaney) es un hampón tullido que ambiciona dominar la ciudad. De niño sufrió un atropello y sus piernas fueron amputadas de manera negligente por un aprendiz de doctor. De adulto, toda aquella rabia la ha canalizado hacia el mal y hacia el sexo. El harén de hilanderas que tiene a su disposición da fe. Veamos un par de secuencias, pero en lugar de acudir al vídeo lo haremos a las viñetas. La primera es con una de sus esclavas, la segunda, con una infiltrada que busca pruebas para su captura. Nadie le manejará los pedales del piano mejor que esta última. Con ella, al final de la película, repetirá la escena en clave, como hemos dicho más arriba, de redención.

The Penalty (Wallace Worsley, 1920) Clic para ampliar

The Penalty (Wallace Worsley, 1920) Clic para ampliar

La ingenuidad mostrada en el tratamiento metafórico del sexo, no le quita ni una pizca de crueldad. Como sucedía con la violación camuflada de travelling en The Wind, hallamos un punto de encuentro entre la elipsis convencional y lo explícito. La planificación de Worsley así como la actuación de Chaney, habrán sido copiadas infinitas veces con mayor o menor fortuna. Pero en su caso y sobre todo en su tiempo, aparece como magnífica, manteniendo toda la carga desagradable del hecho sin recurrir al salvajismo visual al que parece que nos hemos acostumbrado y del que si te apartas –ni te cuento si lo denuncias- serás un meapilas, cuando no un cobarde. No me importaría formar parte de este grupo, porque, al menos yo, no quiero verlo todo.

14 comentarios para “Felatriz silente. Nota sobre la representación cinematográfica del sexo”

  • Me parece una obra maestra “The penalty” y aunque de un director otras veces sin chispa como W. Worsley, a la altura de muchos de los grandes Browning.
    Bien visto lode “Match point”, una película “líbidamente” (como esta nueva “You will meet a tall dark stranger” en el aspecto de las relaciones de pareja) ridícula.

  • Miguel Marías dice:

    Roberto, muy interesante tu comenario. No recuerdo ya quién dijo (de pasada, no muy firmemente) que ni el sexo ni la muerte se pueden filmar, no quiero atribuírselo a Bazin, aunque pudiera ser. Supongo que quien fuera se refería a filmar BIEN, pues mal o de cualquier manera existen ejemplos abundantes. Que la mayoría de los cineastas hacen el ridículo en las escenas de sexo (y no estoy pensando en Medem ni Aranda, sino en “El imperio de los sentidos” o “Último tango en París”, que no puedo volver a ver sin que me entre hilaridad) es un hecho comprobable; a mí me intriga aún más lo rarísimo que es que en el cine nadie parezca disfrutar y divertirse haciendo el amor, todo son siempre esfuerzos, jadeos, angustias, traumas y caras serias, de circunstancias, como de trabajadores forzados en la cadena de montaje.
    En la realidad hay a veces hasta situaciones sumamente cómicas…
    Miguel Marías

  • Jesús, no sabes lo que me alegro de encontrar alguien que considere Match Point ridícula al menos en un aspecto. Ese es especialmente insufrible y decisivo dentro de la película, porque si está mal o no te lo crees, pocos apoyos tiene para seguir adelante.

    Miguel, sí era Bazin, cuando hablaba sobre los problemas del cine para repetir actos únicos que sólo se podían experimentar en su totalidad, sin traicionar su naturaleza, a través de la vivencia directa, o algo así.

    Cuando una escena de sexo me termina resultando cómica, aburrida (todas) o patética -algunas dan hasta lástima- me doy por conforme, es el mal menor, porque la mayoría de las veces lo que transmiten es, como dices, negatividad, sufrimiento o directamente asco.

    Al margen de la sensibilidad de cada cual, me parece que el problema también es estrictamente técnico y formal, el sexo es uno de los motivos menos cinematográficos que hay, al que si, además, le entregas tanta importancia visual/narrativa, estás perdido.

    Un saludo y muchas gracias a los dos.

  • Jose dice:

    Hola.

    Me parece interesante lo que planteas, y que muchas veces las escenas de sexo deberían ser más bien un trabajo de vaciado a partir de las elipsis, aunque hay representaciones de lo sexual (me estoy acordando de “Intimidad” de Patrice Chéreau) que no me parecen redundantes.

    ¿Para ti lo explícito-sexual es redundante siempre?

  • Buenas tardes, Roberto, al leer tu acertado artículo me he acordado de una cita de un gran “primera espada” como era John Barrymore, (muy ducho en cuanto a acostamientos y acoples con hermosas féminas se refiere); quién dijo en una ocasión, al ser preguntado por sus lances amorosos, algo así como: “Una cosa tan breve como es el acto sexual y cuán largo y tendido hablamos los hombres del tema”; -era un caballero de los que ya no quedan-.

    Woody Allen siempre ha sido muy pudoroso en cuanto al sexo filmado, -efectivamente, resulta ridículo que no se vea ni una triste teta en su cine-; es un reprimidillo, un viciosillo, no le demos más vueltas.

    Ingmar Bergman nos hace pensar en una franqueza sin tabúes que, aún hoy en día, es tabú en nuestro país (¡sing!).

    “El Viento” es sencillamente prodigiosa y maravillosa, -aún con un final impuesto-; Y del tandem Browning-Chaney he visto “West of Zanzibar” dónde no queda nada para la imaginación, se entiende todo perfectamente, aparte de ser magistral.

    Bueno, me he enrollado como una persiana, lo dejo yá, no sin antes saludarte.

  • Hola Jose, bienvenido, no conozco esa peli de Chéreau, no puedo decirte.

    La verdad es que casi siempre me lo termina pareciendo, incluso cuando la escena en cuestión parece necesaria y debe integrarse para la comprensión o la coherencia de la película, el tratamiento dado pocas veces sale bien, sin rechinar.

    Xavier, un grande Barrymore, cicatrices etílicas, un saludo.

  • Ventura dice:

    Bueno, siempre habra excepciones como “9 Songs” o “Les anges exterminateurs”, donde su parte más visual y narrativa funcionan perfectamente…apareciendo además como justamente lo que es: lo más importante.

  • Ricardo dice:

    A mi me parecen aburridas en su mayoría, y me desesperan porque para la acción en muchos casos. Aunque si la muchacha de turno me interesa (como en el caso de Match Point), pues culpablemente presto atención. ¡Qué le vamos a hacer, debilidades de la carne!

  • Ventura, seguro que hay excepciones, sobre todo desde el punto de vista, digamos sensible, de cada uno. Ahora, ¿cuántas escenas de sexo se echan de menos en las películas, de cualquier nacionalidad -no pornográficas-, pongamos, entre 1900-1960? ¿Cuántas sobran, o son cuando menos desagradables, entre 1960 y hoy?

    Una de las modas más lamentables de los últimos años ha sido empezar a coreografiar esas escenas. Bueno, todas son coreografías, está claro, pero me refiero a la influencia, aunque suene a coña, de las coreografías de artes marciales.

    Ricardo, bienvenido, ¡eso es trampa! no dejes que un par de tetas te desvirtúe un análisis. ¿te imaginas a un científico del CERN trempando a causa del buen aspecto de sus protones? :wink:

    Un saludo y muchas gracias.

  • Igor dice:

    Me ha sorprendido un poco esto de que la mayoría de las escenas de sexo son desagradables, Roberto. Que haya muy pocas buenas o aceptables puede ser, pero tanto como desagradables en su mayoría…no te molestes pero, suena un excesivamente conservador, y un poco tópico esto de que el sexo siempre ha de ser sugerido. Habrá ocasiones en las que no, en las que sea necesario mostrarlo físicamente, incluso en toda su animalidad.
    Quizá me explico mal, pero quiero decir que me pregunto si en el fondo todo esto no tiene más que ver con la visión del sexo que tenemos cada uno.
    Saludos

  • Hola, Igor, bienvenido,

    Ya dije que también lo veo como un problema formal. No sé qué pesa más, si la sensibilidad o lo técnico. Para mí las dos, y en esa combinación encuentro pocas soluciones que me convenzan en lo explícito, y encuentro muchas más en lo elusivo, que en muchos casos es tan cruel como la animalidad física. Llegado el caso de mostrar esta última, seguimos estando ante el mismo problema: hay que encontrar soluciones visuales, de tono, narrativas, más o menos acertadas o ingeniosas. Y parece evidente que el talento y el tacto ha escaseado bastante a lo largo de la historia para conseguirlo.

    Sobra decir que no elimino o aborrezco una película sólo porque tenga alguna escena de ese tipo, hay películas maravillosas que cuentan con escenas que me repugnan. Aunque serán menos maravillosas que otras.

    Como, obviamente, el sexo, y el humor y la comida y los hábitos y el vestir… ¡hasta el cine!, tienen que ver con cada cual, cuando un director trata de mostrarme lo maravillosa y atlética que es la manera de follar o el catálogo de perversiones particulares hacia las que no siento el mínimo placer, pues desconecto.

    Tranquilo, me habrán llamado cosas peores que “conservador”, pero lo dudo :mrgreen: No creo que tenga nada que ver la ideología con la postura hacia el sexo, en este caso hacia la representación del sexo, ni hacia tantas otras cosas que nos quieren vender. ¿O es que para ser marxista-trotskista hay que follar como un actor porno y criticar las elipsis y las metáforas y para ser de derechas debes hacer el misionero e imponer la elipsis por ley?

    Llegado el caso de que sí tuviera que ver todo esto, repito, que no me importa considerarme un meapilas.

    Un saludo.

  • Igor dice:

    Roberto, si en lo básico estoy de acuerdo. No soy trotskista y me gusta las elipsis :-) sólo quería decir que a veces se ha convertido en un cliché decir por sistema “todo es mejor siempre si se sugiere”, y en lo relativo al sexo supongo que si estarás de acuerdo en que muchas veces se sugería por imposiciones de un contexto conservador en lo moral, y por tanto en el sexo. En los cuarenta o cincuenta en EEUU, sencillamente no se podía hacer de otras formas.
    Quizá sencillamente discrepo en que yo a ninguna o a pocas prácticas sexuales las llamaría repugnantes o perversiones, aunque yo no las practique. Me choca que sea al tratarse de sexo cuando se utilicen esos términos. Quizá es una reacción casi instintiva porque es con el tipo de palabras que muchos en el pasado y algunos aún hoy se referirían a mí por ser gay. La pederastia o la violación son delitos, como el asesinato, eso es otra historia.
    Bueno, un abrazo, y sigue escribiendo artículos tan interesantes, leo tu blog con asiduidad.

  • Igor, intuyo, pues no se puede comprobar (bueno, hay bastantes declaraciones y confesiones sobre el tema), que la mayoría de directores y guionistas de aquellos años de haber tenido la libertad de filmar y escribir escenas de sexo, no lo habrían hecho, o tal vez habrían encontrado alguna fórmula interesante. No sé, hablar con los muertos es igual de difícil que filmar sexo y ya sabemos lo que hacía Ford con una lápida.

    Si se tratara de representarlo sólo como necesidad fisiológica, habría unos cuantos maestros, pero es mucho más, sobre todo desde que lo afectivo y lo privado de la situación se proyecta en la pantalla. Si como humanos hemos sido capaces de refinar ese acto animal en la intimidad, de ampliarlo más allá de la ejecución como medio de reproducción, qué menos que pedirle a los directores de cine que le hagan justicia o que, llegado el caso, no se metan en esos jardines. Luego están en su derecho de mostrar su falta de pudor y de talento, faltaría más.

    El lenguaje, tienes razón, es determinante. Pero claro, es el resumen de todo esto: en el sexo, la poesía y la grosería están en la linde. El placer y el dolor también, pero no es coartada para confundirlos, para darle equivalencia o para, directamente, dar prioridad a los segundos.

    Un saludo y muchas gracias por leer esto de vez en cuando.

  • Igor dice:

    Tienes razón en que si esa libertad para mostrar que existe hoy la hubiesen tenido entonces, en gran medida no hubiesen recurrido a lo explícito. Ya digo que no quiero quedar aquí como abogado del sexo explícito y detallado en las pantallas.
    Para no ser muy plasta con el tema, sólo añadir que veo que alguien citaba Intimacy,que comentabas que no has visto, y pienso ahora en Herida de Malle, aunque menos explícita que la anterior. A este tipo de ejemplos me refería, más allá de que nos parezcan mejores o peores, creo que para contar lo que los autores pretendían, no hubiese servido eludir ciertas cosas.

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