Eric Rohmer va en barco
Entre los muchos vicios que tengo al ver una película, está el de la identificación compulsiva de los objetos que aparecen en el encuadre. Esa exploración, lógicamente, suele aportar una información mínima o redundante. Otras veces da lugar a interpretaciones tan atrevidas como dudosas, pero cuando un objeto desperdigado por el cuadro termina diciéndonos que de inerte no tenía nada, es fascinante. Y lo es, no porque uno llegue a establecer cierta relación, sino por el hecho de que alguien se tomara la molestia de enriquecer todo aquello, respetando tanto su trabajo como al espectador. Renunciar o rebajar el interés de todos esos cacharros marginales, es despreciar un mecanismo narrativo valioso.
Hace tiempo ya escribí algo sobre esa idea. Hoy, como seguiría repitiendo casi lo mismo y para no aburrir, me limitaré a colocar un par de imágenes que me asaltaron el otro día mientras volvía a ver Cuento de verano (Conte d’été, 1996) de Eric Rohmer.
En las imágenes vemos dos personas y dos barcos. Barcos… algo normal en un filme localizado en Dinard -en la Bretaña francesa-, tierra de marineros, lugar repleto de recuerdos que van dejando sitio a un presente enfocado al turismo. Pero estamos ante dos barcos que, en plena presentación de los protagonistas, equivalen a dos radiografías dramáticas de estos. Que exista o no intención en el cineasta carece de interés, porque el espectador siempre utilizará esos inocentes barcos en la lectura de la imagen. Los barcos están, aparecen justo en ese momento y es lo único que importa.
Su inocencia es aparente y está a punto de ser desvelada durante el interminable par de segundos que Rohmer –y/o la montadora- tarda en cambiar el plano recién abandonado por Margot que dejaba, así, el encuadre vacío. Igual que los de su admirado Murnau, aquellos que empleaba para iniciar y clausurar las secuencias y que servían, entre otras cosas, para observar con detenimiento el lugar y su contenido antes de que las personas lo invadieran reclamando “toda” nuestra atención.
La barcaza de Gaspard: a medio hacer, anodina, escorada y sin soporte inferior, en un triste blanco y negro. La fragata (?) de Margot: completa y compleja, flamígera, anclada en el soporte pero a toda vela, tricolor. Ambos cumplirán con sus roles y con sus respectivos barcos, pero como entre las grandezas de Rohmer estaba la falsa sencillez, todo terminará siendo más complicado. Tanto que uno ha pensado no pocas veces en Rohmer como continuador natural de Jacques Tourneur. En este caso concreto y por raro que parezca, de aquel extraño y maravilloso western pocas veces nombrado entre sus mejores obras: Canyon Passage (Tierra generosa, 1946).


Ains… y yo que muchas veces no me entero de lo que estoy viendo o que me despisto con facilidad, como para andar mirando los cachivaches, venga hombre, no fastidies.
Problemas de concentración al margen, adoro a Rohmer, aunque me da rabia que se despidiera con Astrea y Celadon que no me gustó mucho la verdad. Yo soy más del Rayo Verde y esas cosas.
Hola, qué tal Raquel,
Es que menuda desesperación gastaba la pobre mujer del Rayo Verde, pobrecilla, movía a la compasión. Tampoco soy fan de Astrea y Celadon, pero vamos, el medio siglo anterior que se tiró haciendo cine debe ser hasta suficiente.
Un saludo y muchas gracias.
[...] This post was mentioned on Twitter by Juan Ortiz. Juan Ortiz said: Eric Rohmer va en barco | Kinodelirio: http://j.mp/9NgGbH [...]
Completamente de acuerdo. Nada es totalmente gratuito en los fims de Rohmer, como ocurre con lo que dicen y (no)hacen, todos los objetos que portan o poseen sus protagonistas (los libros y periódicos que leen, su indumentaria) están ahí para decir de ellos.
Hola, qué tal J. bienvenido. Antes de nada, decirte que me encanta tu blog, pero soy tan capullo que nunca he comentado nada todavía xD.
Esa preocupación por los personajes es maravillosa, conocerlos o matizarlos a través de ese tipo de información indirecta. Es algo parecido al “truco” de utilizar un personaje secundario como narrador en lugar de al protagonista de turno, pero vamos esto no lo digo yo, ya lo decían los grandes directores y guionistas hace setenta años.
Un saludo y muchas gracias por la visita.
Yo la verdad no soy un fanático de Rohmer gustándome mucho. Si digo que está sobrevalorado ahora que acaba de dejarnos, debe sonar a herejía pero es lo que pienso. Parece que él y Rivette sean la base del pensamiento occidental para mucha gente y sinceramente no creo que haya para tanto. “Astrée” es una de las que más me gustan y pienso que junto a “L´anglaise et le duc” están a la altura, si no más, que muchas de sus obras más reconocidas. Ambos están para mí a años luz de Godard.
Roberto, siento ser el Pepito Grillo del debate. La próxima vez me callo, descuida.
Jesús, ¿quién no está a años luz de JLG? jejeje, y eso que Rohmer tiene, para mí, una carrera admirable. No te calles hombre, sobre todo si es para estar en contra, que de eso va el tema. Voy a ver si escribo otra vez algo sobre Tarkovsky
Un saludo.
Una carrera admirable con pocas películas que me emocionen, me vuelen la cabeza, me apasionen, me asombren, me dejen temblando. A eso me refería.
Hombre, sí hay un buen puñado de directores a la altura de Godard y alguno por encima. Todos muertos, por supuesto.
Cuando alguien casca el poleo, debería hacerse como con los bancos de pesca, una parada biológica. Dejar de hablar de ellos durante un tiempo. Una vez cumplido el margen, sólo volverían sobre el personaje los verdaderamente interesados en él.
Por cierto, no conocía Nostra signora dei turchi, pero anoche mismo me fui a YT y voila http://www.youtube.com/watch?v=8_7MdKTWI_8
Yo había oído hablar mucho de ella y por fin la he visto este mismo mes. Es un film sugerente, cargado de ideas. Muchas buenas y alguna se la podría haber ahorrado. Bene llegó al cine sobrado, con gran fama de agitador teatral. Dirán que debió ver los films de Benjamin Christensen. Sus defensores que sí lo hizo y sus detractores que más le hubiese valido hacerlo. Ya sabes.