El pie de foto como (des)información
Un detalle puede quedarse en lo que es, en una nadería, en hecho circunstancial, en algo pequeño y sin mayor trascendencia. Pero a veces se convierte o anuncia algo peligroso: el detalle como síntoma. Un estornudo siempre va delante de una gripe, un lunar determinado puede hacer lo propio con un cáncer… el catálogo médico sería infinito. Ni hablamos, entonces, del detalle como desencadenante de una tragedia mayúscula, aquella de la fábula del clavo y la herradura que terminaba con la pérdida de un reino. Las poderosas alas de la mariposa, lo anecdótico y lo determinante:1
Estamos presos en una concepción fija de lo que es importante y lo que no lo es, nos centramos en la importancia de las miradas ansiosas, mientras que, a hurtadillas, a nuestra espalda, lo insignificante libra su guerrilla que acabará por cambiar subrepticiamente el mundo.
Hace unos días, comentaba por correo con un amigo, que ahora vive en una ciudad junto a las Montañas Rocosas, que el hecho de que allí nevara en noviembre era noticia en cierto telediario español. Algo tan decisivo para la humandiad como la niebla de Londres, el calor de Sevilla o la sequía en el Sahara. Al periodismo actual parece no bastarle con entregarse a un amarillismo indisociable de intereses económicos y de fangosas intrigas de poder. Ya no vale ni el print the legend, eso es para pusilánimes, hay que ser más creativo, hay que inventar o, en su defecto, vender como original algo que no lo es. Y, para hacerlo más ameno, salpicarlo con vídeos graciosetes o violentos, siempre infectos (empezando por sus rotundos píxeles), de Youtube o de cualquier blog al uso; que hay que se enrollados, hombre.
Pero me estoy desviando cuando quiero hablar, con brevedad, de una sola cosa, de un pie de foto visto hoy en un artículo dentro de la web del diario El País. Supongo que habrá salido igual en la “edición papel” y que, como parece lógico, aparecerá mañana en “fe de erratas”. El pie es el siguiente: “Fotograma del filme Shoah, de Claude Lanzmann, en el que se ve a uno de los supervivientes del campo de Treblinka”. A las comas convido yo.
Creo que hemos hablado en otras ocasiones de la funcionalidad semántica del pie de foto, de la necesidad o no del anclaje a través del texto o de sus implicaciones éticas. Un tema viejo que ha sido tratado y estudiado mil veces por gente capaz, pero que hoy sigue resultando interesante. Tanto, que la funcionalidad puede llegar a aparecer con el prefijo “dis-”. Cualquiera que haya visto la película a la que se refieren, comprenderá el error cometido. Un gazapo, no es para tanto, hay toneladas de ellos confundiendo identidades en cualquier publicación, en cualquier programa de televisión o radio. ¡Los hay hasta de futbolistas!, con lo importantes que son los tuercebotas para nuestra cultura contemporánea.
Siempre me he preguntado quién es el encargado de poner los textos a las imágenes en una redacción, lo desconozco. En este caso no parece que pueda ser el articulista, Joaquín Estefanía, quien sí parece haber visto la película o, al menos, haber leído sobre ella. Ante el desconocimiento voy a optar por lo criticado arriba, por la conjetura. Y para ello se me ocurren varias opciones, varios tipos de redactor de pies de foto. Todos tomando como ejemplo el caso Shoah:
- El cauteloso sin luces: no ha visto la película y no identifica al hombre de la imagen. Su pie: “Personaje del filme Shoah, de Claude Lanzmann”.
- El cauteloso con luces: además de una mayor destreza mental, teme por su trabajo, la cosita está muy mal como para andar cagándola con un pie de foto: “Fotograma del filme Shoah, de Claude Lanzmann”, y chutando.
- El profesional a secas: tampoco conoce la película, pero sí su oficio: “Imagen del filme Shoah, de Claude Lanzmann”. Presuponer que es un fotograma ya es mucho. No te extralimites.
- El profesional entregado: ¡se informa en Google o en la Wikipedia, joder! Que ya no hace falta ir a la Filmoteca de París, ni guardar latas con películas mudas en la bañera como Langlois. “Henrik Gawkowski, maquinista polaco encargado de transportar judíos a Treblinka”.
- El enterao’: no ha visto la película, pero le importa un pimiento, al fin y al cabo es una película y si hay que poner la foto de ese tipo es porque debe ser alguien importante: “Uno de los protagonistas del filme Shoah, de Claude Lanzmann”.
- El “lumbrera”: el tío posee alma de creativo publicitario de Coca-Cola –esto es, un cursi nefasto- pero ha terminado redactando obituarios y pies de foto para un periódico. Su pie es el que podemos ver en la imagen superior.
- El jefe de sección: después de haber recibido un torrente de quejas que han colapsado la centralita y los servidores de Internet -bueno, dejémoslo en un par de quejas- mete mano en el asunto: “Fotograma del filme Shoah, de Claude Lanzmann en el que se ve al maquinista polaco que conducía el tren con las víctimas hasta la estación del campo”. La redacción no está muy allá, parece que hubiera resumido con torpeza una de las quejas recibidas, pero al menos ya ofrece la información correcta.
La cuestión está en saber si, el detalle, es lunar o melanoma. Si es gazapo o es síntoma de la descomposición de toda una profesión. Un oficio que, para quien esto escribe, tiene una responsabilidad decisiva sobre terceros. Está bien que un periodista no sienta el más mínimo respeto o compromiso hacia su profesión, porque no le guste o esté desencantado, pero en ningún caso puede desplazar su frustración hacia el resto. Su responsabilidad social, en ese momento, ha subido tres escalones. El rigor demandado nunca es recíproco.
Parecía que no ibar a ser posible, pero me equivocaba. Las digresiones sobre la fábula del clavo y la conversación con mi amigo sobre las nevadas en las Rocosas, no eran tales, formaban un prólogo necesario. Considerar a Henrik Gawkowski como “uno de los supervivientes del campo de Treblinka”, no iba a ser el clavo que terminara con un reino en el futuro -a pesar de la gravedad del tema que trataba- aunque uno de verdad lo temía, pues estamos en la era del reciclaje, del copy&paste infinito. Pero, de lo que no cabe duda, es de que todo esto cobra sentido en un contexto donde se propone como información destacada una nevada en el estado de Colorado. Con la diferencia que, además, lo de Gawkowski no se correspondía con la realidad.
En fin, todo esto es una exageración por mi parte, pero tengo coartada. Alguien que ha tenido un blog titulado El Maquinista de Treblinka, no podía desaprovechar la ocasión de hacerse el repipi.
- Kundera, Milan: El libro de la risa y el olvido, Seix Barral, Barcelona, 1993. Citado en, Villain, Dominique: El encuadre cinematográfico, Paidós Comunicación, Barcelona, 1997, pág. 15 [↩]



Lo mismo ocurre con la crítica de cine, Roberto. Dentro de cien años (o quizá diez o ayer por la tarde) mucha gente creerá que Spielberg era amigo de John Ford y salían a navegar juntos porque eran cine clásico americano antiguo analógico.
A ver, Blue. ¿Te cuento cómo funciona la cosa desde dentro? Quien sea recibe la información, generalmente de la productora. El de la productora dice: “Adjuntamos imagen del film”. O “Adjuntamos una imagen en la que se ve a uno de los protagonistas”. Y el periodista va y lo casca, sin procurar documentarse. ¿Por qué? Primero, porque no tiene tiempo. Y segundo, porque si lo dice la productora, debería ser así.
Otra cosa es que haya cogido la imagen de Internet. Pero no debería, porque le puede caer un puro…
Nos llueven palos por todos lados, siempre.
Hola, qué tal,
@Jesús, lo malo del cine es que eso ya ha pasado, el cine ha sido uno de los pioneros en el reciclaje, no de información, sino de opinión. Con Internet, me temo, ha ido a más.
@Losviajes…, dar cera a los periodistas es uno de los pocos placeres que tengo, no me lo intentes quitar -ni matizar-
Siempre serán pocos los palos que caigan, más si encima son lanzados desde lugares con una repercusión infinitamente menor que la de sus plataformas.
Un saludo y muchas gracias a los dos.