El efecto Cuadecuc
WARNING – AVISO: en el siguiente artículo se emplearán las palabras demiurgo y ósmosis. Sigan leyendo bajo su responsabilidad.
No vamos a descubrir Cuadecuc, vampir (Pere Portabella, 1970), no le vamos a buscar una “nueva” interpretación, ni siquiera vamos a discurrir demasiado sobre el problema general que la enmarca, el del cine de vanguardia. Vanguardia afectada, desde sus orígenes, por una masiva y periódica normalización -del término y de sus representaciones- que termina por reducirla a reducto sentimental y formal. Tomaremos la película de Pere Portabella como excusa, como un referente con reconocido valor didáctico para preguntarnos por algunas cosas del presente.
Portabella afirmaba de su película que tenía una doble vertiente reflexiva, la del propio medio y lenguaje cinematográficos -incluyendo la del género fantástico o de terror- y la que afectaba al contexto social e industrial del país de producción, España. Desde ese punto de vista Cuadecuc, vampir era, entonces, un filme de evidente corte vanguardista. Esto es, preocupado tanto por la forma y la técnica como por las consecuencias directas de ambas en un contexto donde resultarían refractarias, donde serían consideradas como una provocación.

Christopher Lee en Cuadecuc, vampir
En el caso de Cuadecuc, y de tantas obras de las vanguardias del XX, desvelar la rigidez de los mecanismos de representación del cine, así como el desmesurado gusto por la figura del autor, era la metáfora perfecta para terminar hablando de una dictadura real. Para ello recurrió a algo tan sencillo como la destrucción uno de los mantras cinéfilos más repelentes de la historia, el de la santificación de la cámara, el de la elección de su posición y enfoque a cargo del demiurgo de turno. Idea que, entre otras cosas, olvidaba al resto de oficios y profesionales implicados o ejemplos tan representativos como el trabajo de las segundas unidades, el rodaje con multicámara o las versiones múltiples de un mismo filme antes y durante la llegada del sonoro. Años más tarde, la Automavision, de la por otra parte estupenda Direktøren for det hele (El jefe de todo esto, Lars von Trier, 2006), intentaría jugar con algo parecido como estrategia publicitaria, es decir, de manera infantil y superficial.
La ruptura que conlleva la visión de la tramoya, tal vez haya sido uno de los rasgos más característicos de la ósmosis entre Modernidad y Vanguardia. En ese sentido, Cuadecuc no es un simple making of como se suele decir, no es un documental como el realizado para la edición digital de cualquier película. Tampoco es el típico filme sobre el mundo del cine. No puede negar, de hecho lo declara, su perfil metalingüístico, pero va más allá: el hecho de liberar la cámara ya no significaba dotarla de movimiento físico como en los años veinte, sino narrativo. Es decir, y de nuevo en contra de lo que se suele opinar al respecto, no se trataba sólo de vampirizar lo ajeno, sino de parasitarlo. Y el acto de parasitar, con frecuencia, viene acompañado por el de engendrar, por el desarrollo de una nueva vida gracias al huésped.

Jesús Franco
No era cuestión de buscar la verdad desde un ángulo nuevo, no se trataba de un partido de fútbol para comprobar lo reglamentario o no de una acción, sino que aquí, como si de la Biblioteca de Babel borgiana (y godardiana) se tratara, una escena genera todos los planos. En una escena existen todas las historias desde el mismo momento en que éstas son posibles.
Nos hemos desviado un poquito. Volvamos al principio, a preguntarnos por el ahora. ¿Qué o cuál podría ser el equivalente visual del siglo XXI al Cuadecuc de turno de hace décadas? ¿Qué puede despertar esa misma curiosidad cuando creemos haberlo visto todo, desde todos los ángulos y a todas las velocidades? ¿Qué puede estimularnos cuando estamos saturados? ¿Qué puede sustituir a la vanguardia como mecanismo de agitación? Yo, no tengo ni una sola respuesta pero ello, pero si una imagen que aportará más preguntas al debate. La imagen es ESTA.
Bien, la imagen y su problemática legal es conocida por todos, pero es más ambigua –y rica- de lo que parece, dice mucho de nosotros. Un fotógrafo parasita la puesta en escena de otros para mostrarnos lo prohibido (?). ¿Es esto el efecto Cuadecuc? Ahora no es que ya tenga una respuesta, es que tengo dos: sí y no.

Soledad Miranda en Cuadecuc, vampir
En un plano estrictamente formal y legal, sí, en su indispensable complemento socio-histórico, en absoluto. En un momento donde estamos sepultados por toneladas de pornografía (visual, moral, informativa, sexual, etc.) lanzada desde cualquier medio e institución, unos pechos femeninos desnudos –estos o la teteja de Janet Jackson en la Super Bowl- se convierten en motivo de falso escándalo para doble moral reinante. El efecto Cuadecuc sólo es aplicable para la interesada y alrededores, y tal vez ni eso. Para el resto, para los espectadores, es una imagen redundante y, en cualquier caso, nunca escandalosa o provocativa. Quién lo iba a decir hace apenas unas décadas, pero en este panorama dominado por la obsesión sexual, la castidad aparece casi como acto revolucionario. Estoy convencido de que los vanguardistas de principios del XX, hoy, en rebeldía, se declararían castos y puros, dispuestos a aniquilar la raza humana mediante la eliminación del fornicio.
De igual manera que el visionado de la añeja Mer Dare (Artavazd Pelechian, 1983) puede funcionar como antídoto y reflexión frente al sobre-estímulo y los impactos incesantes del audiovisual actual, o que ese found footage en general, el cine sin cámara, los formatos subestándar, la degradación intencionada de los materiales, etc. pueden hacer frente a muchas de las impolutas -y por lo general cursis- imágenes comerciales, tal vez haya llegado el momento de que el efecto Cuadecuc del cine y las imágenes contemporáneas deba ser buscado en el mismo lugar de lo dicho a propósito del sexo, esto es, en las antípodas de sus predecesores: en la transparencia -y coherencia- narrativa.

Qué cabrón. Hay que tener alguna sinapsis astillada para terminar hablando de una película de Portabella y de las tetas de la Pataky en el mismo párrafo.
No sé si hacerle una reverencia o tirarle un tomate jajaja.
Un saludo.
Hola, qué tal, J. Luis,
Te robo lo de la sinapsis astillada que es muy bueno.
Un saludo y muchas gracias por la visita.
Hola,
Roberto, me interesa mucho eso que dices, vamos, quiero decir que me preocupa no sólo en el aspecto de las imágenes, sino en todo. Hasta dónde hemos subido, por así decirlo, el umbral de la percepción o si éste ya no existe o si sólo lo estamos recalibrando. Preguntas.
En el fondo es la historia de nuestras vidas, lo revolucionario termina convertido en burgués y viceversa. Cuando parece que no hay nada más allá siempre surge algo, aunque sea el primitivismo naif de muchas de las vanguardias. Al final sigue girando la rueda y estamos constantemente redescubriendo lo viejo, cosa por otro lado maravillosa.
Un saludo Roberto.
Hola Roberto.
Efecto caudecud. Me gusta como suena.
He pensado en el Zidane de Douglas Gordon como caso cuadecuquesco. Aprovechar el rito futbolístico con sus excesos y sus adoraciones para hacer un retrato audiovisual.
Dos cosas.
Sobre Lars. La verdad, yo nunca me terminé de creer eso de la automavisión. Más bien me parecía la realización en plan disléxico y borroso de un programa de variedades. Con eso, que no me creo, de que la cámara elige el ángulo y esas chorradas… Pero dejando aparte incredulidades, ese mismo dispositivo incide en la idea central del film. Que no sabemos quién coño nos gobierna, quién diantres es el maldito jefe de este caos.
O apropiándose cuadecuquescamente las palabras de una entrañable tonadilla: Quién maneja mi barca
Sería verdaderamente genial que lo de Pataky hubiera sido al revés. La foto oficial el desnudo frontal y que los apropiacionistas se hubieran hecho con la casta espalda.
Seguro que no hubiera habido demandas ni polémicas.
Ah, y debiste avisar que en el artículo empleabas la palabra fornicio.
Si lo llego a saber lo leo a partir de las diez.
@ Raquel: sí, preguntas y más preguntas. Las respuestas se las dejamos a los tertulianos de turno, que lo saben todo. Creo que el umbral debe ponerlo cada cual, aunque no cabe duda que resulta difícil distanciarse de todo el jaleo de alrededor.
@ Do Lung: ese redescubrimiento de lo viejo, como dices, suele confundirse con lo reaccionario, con una involución. Nada más lejos de la realidad, sobre todo en el arte. El problema es querer mirarlo todo desde un punto de vista ideológico.
@ Pablo: La palabra fornicio es maravillosa, me encanta. Tiene una sonoridad casi apocalíptica. Siempre me imagino a un cura o a un político -vienen a ser lo mismo- subidos en un púlpito diciendo sólo ¡Fornicio!, mil veces seguidas, y el público clamando como en un concierto. Haz un vídeo con eso jajaja.
Lo de LVT yo creo que ni siquiera ellos sabían lo que querían, de hecho me he encontrado por ahí con explicaciones totalmente opuestas del mecanismo de marras. La peli me resultó muy graciosa por momentos, me gustó.
Lo de apropiarse -si de diera el caso- de la espalda de la Pataky daría para algo más profundo que para un simple chiste gráfico; se podría diseñar toda una sociedad a partir de ello. Nuevo género: “Apropiacionismo Ficción”.
Un saludo y muchas gracias a todos.
Hola:
No conocía tu blog pero tocando el cine, no se me va a olvidar más. Pensé que sería del fútbol por aquello de que he visto comentarios tuyos en ese tipo de blogs, pero me ha encantado. Enhorabuena.
Te espero por El Enganche
Hola, José David, sí, por desgracia el fútbol se encuentra entre mis perversiones. Una pena que no haya muchos sitios racionales sobre el tema.
Muchas gracias por la visita.