El amor es ciego (The Enchanted Cottage)
Nadie cree en ningún canon, todos dicen rebelarse contra las opiniones unánimes. Lo cierto es que cuesta horrores llevar esa intención a la práctica, sobre todo cuando se opina de arte y alrededores. ¿Qué cara se ha de poner para criticar algo que está considerado por todos como bello? Al no encontrar el gesto adecuado, se suele optar por integrarse en la corriente, no vaya a ser que quede como un tarado insensible o, peor aún, como un inculto. Uno de los grandes temores humanos, el de aparecer ante los demás como un ignorante. También existen caminos menos interesantes, el de la provocación –o lo que entienden algunos por tal-, el de clamar contra cualquier cosa con tal de aparentar diferencia, una actitud a menudo impostada. Pero, en muchas ocasiones, esa discrepancia (iba a poner disidencia, pero me repele la palabra) es sentida y suele quedar escondida.
Intentemos precisar. Vayamos a los problemas surgidos en torno a lo bello y su relación con la figura femenina. En un artículo ya lejano, avisábamos sobre el peligro de caer en tres dificultades básicas cuando una representación artística debía construir sobre elementos bellos con mujeres de por medio: el academicismo, la cursilería o el kitsch y la indiferencia, las cuales eran, a su vez, generadoras de otras tantas. Resumiendo, representar, por ejemplo, a Afrodita, de modo que alcance una belleza universal y atemporal. El recurso de la la pintura, de la escultura o del cine fue lógico y sencillo: aplicar el canon de belleza/fealdad correspondiente a cada tiempo y lugar. Pocos se atreven con uno particular.

Dorothy McGuire es Laura Pennington
No será extraño, entonces, encontrar un desfase entre la percepción del espectador y ciertas obras, apreciando lo feo como hermoso y viceversa. Todo este rodeo es para comentar que me ocurre algo muy parecido con Dorothy McGuire en The Enchanted Cottage (Su milagro de amor, John Cromwell, 1945), una de mis películas favoritas. La peculiar evolución de su personaje –del cual intentaré no revelar más que la información necesaria-, culmina con un determinado cambio de imagen. Durante gran parte de la película ha sido considerada por todos, empezando por ella misma y terminando con un niño de seis o siete años, como un espantajo, para luego –obviaré las circunstancias en las que tal cambio se produce- aparecer como el cisne ya crecido.
El problema es que me resulta hermosa de “fea” y no de “guapa”. Ni siquiera digo algo más indeterminado como “atractiva”, digo hermosa o bella con todas las letras y centrándome sólo en su aspecto físico, dejando aparte sus ideas o actos. Cada vez que he visto la película, y ya deben ser unas cuantas, me sigo preguntando cómo es posible tal conjura para tacharla de adefesio, cuando a mí, en cada plano, me fascina (especialmente en la escena de la cantina) y termina recordándome a Emmanuelle Béart; poca gente –al menos hoy- diría que la francesa es fea, aunque yo prefiera a otra, a Sophie Marceau. Es a causa de este dilema personal entre lo bello y lo feo por lo que, antes de volver a verla, siempre me ataca el mismo miedo: el de que, esta vez sí, se me termine cayendo la película, harto y sin entender tal injusticia, fuera de situación y sin empatía con ciertos personajes.
Sin embargo, nunca me ha llegado a suceder. Y creo que no lo ha hecho por una de las razones que deberían contar para lo contrario: el maquillaje, el atrezo y el vestuario. Estos no la afean, ya lo he dicho, pero me perturban, en concreto una cosa sobre el resto: la horquilla en el pelo de Laura Pennington. Desconozco si el detalle está presente en la obra de teatro original o en la versión silente1 de la película, pero el uso que Cromwell hace de ella es casi obsesivo. Porque eso parece, que la idea es suya, que él se la ha puesto, como si en medio de una escena tuviera el pálpito de que algo fallaba en el personaje, que no estaba completo y, para remediarlo, le prendiera la primera horquilla encontrada en el plató, la de la script girl mismo. Cromwell no le diría: “toma, ponte esto”, él mismo le habría retirado el pelo para colocársela, con idéntico mimo al empleado a la hora de medir la distancia y la posición de la cámara.
Son pocos los modelos de horquilla utilizados, pero siempre siguen el mismo patrón. Tanto que, antes que el vestuario o el maquillaje, la transición hacia la “belleza” en las escenas claves, se sustentará en ese elemento. Para el espectador, la horquilla se transformará en velo para luego dar paso, como preludio de la desnudez final de la sien, a una diadema con adornos en la misma zona. Podrá decirse, con razón, que soy un fetichista o un paranoico (o las dos cosas a la vez), pero la planificación de Cromwell enfatiza el lado derecho del rostro de Laura en no pocas ocasiones, basta comprobar el momento de la “transformación”, con Oliver (Robert Young) girándole la cabeza mientras está tendida sobre la cama. Un lado del rostro, donde el pliegue del cabello encontrará correspondencia con la traumática cicatriz de guerra del protagonista masculino. Es en esa lineal e imaginaria prolongación que marcan horquilla y cicatriz, donde ambos parecen encontrar el amor. Un prendedor eterno que volverá a aparecer en los momentos de duda.
The Enchanted Cottage me parece maravillosa por muchas razones. Por ser la mejor película sobre casas encantadas2 sin casa encantada, la misma Laura advierte la diferencia durante la película: no es lo mismo “Haunted” que “Enchanted”. Porque los objetos dentro de ella cobran vida (la balaustrada sobreencuadrando en un par de escenas, el calendario anclado en el tiempo, la ventana con los nombres, etc.), por ser un gran filme fantástico sin pertenecer al género, porque no necesita caer en los tópicos de las historias tipo Patito Feo o Cenicienta para seguir siendo inocente y sincera, porque es enormemente pequeña, porque puede ser la mejor película de su director, porque la película no es tal, sino que es un poema musical donde el narrador resulta ser un piano, porque Herbert Marshall (interpretando a John Hillgrove) funciona perfecto como metáfora, porque tiene un “segundo” arranque que siempre me recuerda a otras dos grandes películas con las que le veo cierta relación. Rebecca (Alfred Hitchcock, 1940) y No man of her own (Mentira Latente, Mitchell Leisen, 1950), parecen estar menos alejadas en el tiempo si The Enchanted Cottage reside en mitad de la década. Pero, por encima de todas estas razones y de otras tantas que podrían escribirse, me quedo con la de la horquilla sujetando el pelo de Dorothy McGuire.
- Dirigida por John Robertson, cuyo Jekyll & Hyde nunca me gustó, en 1924. Su versión muda de The Enchanted Cottage, la busco y no la encuentro [↩]
- Un subgénero con mala suerte en el cine a pesar de su potencial y de su continua explotación. Esperad a la que se puede venir encima después de Paranormal Activity. [↩]



Muy de acuerdo en todo. Maravillosa película, la mejor de Cromwell junto a “Dead reckoning” y a mí también me parece más guapa Dorothy McGuire “de fea”. De hecho, Dorothy cuando más me gusta es aquí y ya madura en las películas de Delmer Daves.
Lo mío es grave. No me gusta Scarlett Johansson ni Julia Roberts ni Angelina Jollie ni la mayoría de sex symbols. En los 80 todo el mundo andaba loco por Kim Bassinger y yo prefería a Ginger Lynn.
A mí cada día me gusta más leerte. Con horquilla o sin ella.
Lo mío es peor, Jesús Cortés. El tío que más morbo me da en toda la historia del cine, pero morbo animal, se llama Willem Dafoe. El segundo, Elias Koteas. Paradigmas de belleza ambos dos…
En cine clásico, no: si hablamos de cine clásico soy más normalita.
Tengo que hacérmelo mirar.
¿Y qué te pareció la escena esa en la que le aplastan a Willem Dafoe el sexo en “Antichrist”?
¡Eh, eh, que no se os puede dejar solos! Que se da uno la vuelta un rato y se termina hablando de “morbo animal” y aplastamientos de genitales en películas de LvT. Reconduzcan de inmediato el debate hacia el uso del travelling lateral en Cromwell.
Fijaos, yo creo que si fuera mujer perdería algo más que la cabeza con Christian Bale, lo curioso es que algunos amiguetes con quienes lo he hablado comparten este pensamiento jajaja.
Abrazos.
Supongo que sonará a broma pero la verdad es que si se elimina la esteticista escena de apertura, la primera parte del film está muy bien. A partir de la llegada a la cabaña, ya se descontrola como de costumbre y hace que los actores empiezen a hacer y decir cosas que no entiende ni el propio Trier pero que quedan muy epatantes y transgresoras. Los que vimos “Holocausto canibal” con 12 años no nos dejamos impresionar por cualquier cosa.
Larga vida a Deodato, el tío debe seguir dándole al tema. Todavía debo tener por algún lado el VHS original de Holocausto Caníbal que compró mi hermano en el Discoplay hace la tira; un incunable.
La de LVT todavía no la he visto, ya llegaré a ella.
Un saludo.
Discoplay: eso revitaliza mis conexiones cerebrales.
En miscelánea: tardes enteras dibujando la portada de “Pyromania” de Def Leppard, las letras marcianas de Randy Newman, camisetas de Tintín, el mítico “Sonrisa salvaje” de David Lee Roth, un muñeco de Alice Cooper al que se le cayó el pelo, ciento cincuenta mil escuchas de “Julia” de Robin Gibb por culpa de mi hermana, el maquillaje de Peter Gabriel, mi primera película en VHS (“Castaway” de Nicolas Roeg y la culpa la tuvo Amanda Donohoe)…
Como le comento a un amigo, el Discoplay fue mi lectura de retrete favorita durante años. Una experiencia todavía más hardcore cuando se hacía antes de que llegara, o en la transición, el CD.
No he visto la de von Trier. Ni ganas que tengo, después de lo que me has contado.
Claro que si es un frontal y sale el suyo y no el de ningún doble, me lo pienso.
Denme datos.
No, los primeros planos de desnudo están dobladas por actores porno, lo cual habla ya muy mal de Von Trier… y muy bien de Dafoe.