Ego sum lux mundi

A menudo nos encontramos discutiendo con alguien el significado de una palabra. Cada cual termina escribiendo su propio diccionario, uno maravilloso y particular, construido con los años, con la experiencia, con los vicios, con los errores, las contaminaciones, la imaginación, con los imperativos y dejes del lugar. Pero, de la misma manera que uno se siente aliviado al detectar que el receptor es capaz de descifrar su dialecto, también se siente frustrado ante la falta de comprensión o, en el peor de los casos, frente a la mala interpretación. Las conversaciones corrientes suelen aguantar sin problemas estos choques, más se sufre cuando hay otras implicaciones, empezando por el humor y terminando con las imágenes.
Con estas últimas sucede algo parecido, incluso la imagen de una silla sobre un fondo neutro podría dar lugar a un test de Rorschach. Las imágenes terminan vagando por una doble iconosfera: la global (externa) y la mental (interna). En esa metáfora barata de la comunicación como viaje, la imagen se carga y se vacía de significado, sin importar qué narices quiso decir su primer creador o emisor. Las imágenes, en este sentido, poseen una capacidad de emancipación superior a la del lenguaje, y no digamos a la de cualquier veinteañero.
Las imágenes son muy difíciles de definir y de medir, aunque se pueda acudir al grado de iconcidad para atarla a un referente o recursos similares. Si a esa expansión semántica, unimos la aplastante tradición iconográfica que arrastran, terminarán revelando la “peligrosidad” de su vida nómada e independiente. De ahí el empeño puesto por doctrinas y propagandas varias en controlarlas. No porque lleguen a mostrar la verdad -que en ciertos casos hasta puede favorecerles-, sino porque albergan algo todavía más temido: la incertidumbre y el discurso múltiple.

Pantocrátor. Catedral de Cefalú. Anónimo del siglo XII
Con frecuencia, empleo la palabra “cursi” para hablar sobre ciertas imágenes en el cine actual, tanto en el más comercial como en el “autoral”. No pocas veces me he visto argumentando con otros el porqué -la semana pasada la última vez- a pesar de que, en este caso, mi diccionario está sincronizado con el de la Academia. Uno de los grandes problemas de parte de ese cine y sus imágenes, es la introducción con embudo de “conflictos o ideas profundas”, es decir, que el director y/o guionista no renuncian a ser -también- filósofos, doctores en estética, pintores, psicoanalistas, poetas, predicadores, etc. Además, lo hacen de forma que no quepa duda, con imágenes infladas que hagan ver el empeño puesto en la maniera. Lo que debería resultar una virtud, esto es, abrir el cine a cualquier rama del pensamiento o del arte para huir de una cinefilia enfermiza y cansina, acaba siendo un suplicio. Yo, el Creador, me he hecho hombre, reza una de la inscripciones junto al mosaico (la imagen superior) de la Catedral de Cefalú, en Sicilia.
Intentando aclarar esta discusión, hace ya un tiempo, utilicé como ilustración unas cuantas imágenes (las que encabezan esta entrada) de una película plana, cinéfila, grandilocuente, mal montada, confusa y torpe, fiel extensión de sus mortecinos personajes y de lo dicho en el párrafo anterior. El filme es Sunshine, de Danny Boyle. En él se nos quería hacer creer que estábamos ante el elevado debate en torno a las capacidades del hombre para crear y manipular aquello que, en teoría, estaba fuera de sus límites. Siendo más prácticos: el poder de la ciencia frente a hipotéticos poderes y mandatos naturales. Su parte final recurría a una iconografía relamida que olvidaba lo dicho más arriba: la “voluntad” de la imagen por desprenderse de ataduras mortales, revolviéndose contra su creador: el director de cine como autor, como insoportable encarnación de la divinidad: Ego sum lux Mundi.

Pantocrátor de Sant Climent de Taüll. Comienzos del siglo XIII

Cada vez se te va más la pelota nene. Lo que significa que también se me debe estar yendo a mí, porque estoy de acuerdo en todo.
Que aquí cualquiera se autoproclama “autor” en plan caudillo, por la gracia de Dios.
Un saludo.
Hola, qué tal, J. Luis,
Sí, ésa es la frase y si no se cumple o no sale del todo bien, siempre estará el medio de turno para dar el empujón definitivo.
Un saludo y muchas gracias por la visita.
Saludos, Roberto.
¿Es censurable la vocación del autor, por muy irrefrenable que ésta sea? Desde luego que no. El problema desde que el mundo es mundo respecto a las ínfulas artísticas es siempre el mismo: el Talento. Picasso, Joyce o Rachmaninov sentían una evidente necesidad de trascender, pero como les iluminaban las llamas del talento, sus pretensiones siempre llegaron a buen puerto. Lo mismo puede decirse de Orson Welles, Bergman o Godard. Vayamos a ejemplos más cercanos: Lynch, Von Trier, Jarmusch. Yo adoro a todos estos tipos que, como artistas arriesgados que son, a veces también se equivocan. Por eso llamamos pedantes a los pretenciosos sin talento, a los vendedores de humo, y aquí no voy a dar nombres para no engordar mi lista de enemigos. Por último, una reflexión respecto al bueno de Lars Von Trier: ¿No puede ser también la actitud de ocultar la autoría (ese Dogma sin créditos, o la realización automática de la cámara en “El jefe de todo esto”) un acto de autoría enmascarado, tal vez el más sofisticado de todos? Nada más, salud y cine.
Hola, qué tal, David,
El problema del cine es que todo lo que le rodea casi siempre termina banalizado, y la idea de autor es sólo una más. Decía Alain Bergala que la idea de autor cinematográfico estaba demasiado teñida de psicologismo -o algo así- y tenía toda la razón, está teñida de cinefilia -de clichés que viene a ser lo mismo-, de egos, de negocio y de palmeros interesados…
Uno siempre termina recordando lo de Truffaut a propósito de Ford. Aquella gente como Ford no necesitaban esconder o mostrar nada porque no había conciencia de ese autor que ahora conocemos, ni putas ganas que tenían.
Un saludo David, encantado de verte por aquí.