El cine va al museo


Después de visitar la exposición organizada por La Caixa sobre la expedición transantártica de Shackleton, me volví a hacer las mismas preguntas de siempre. ¿Por qué la integración de los multimedia en museos y muestras de cualquier tipo resulta tan anodina? ¿Por qué sus contenidos y diseños parecen destinados a visitas escolares?

El problema, me parece, viene de lejos, de la misma idea de museo. Hace tiempo que la dignidad no es valorable como motivo de ingreso en un museo y estoy de acuerdo. De hecho, en los museos habitan algunos de los objetos más indignos de la historia de la humanidad. Se cita a Duchamp y sus Ready-made como origen, pero yo no los considero culpables de nada, la culpa, simplemente, es de cada comisario, director y visitante. La función del museo ha evolucionado de la mera reunión de objetos a la institucionalización absoluta, pasando por sacudidas tipo Mayo del 68 al grito de la Gioconda al Metro. Pero vamos a hablar del audiovisual.

Deberíamos reflexionar sobre qué son y para qué sirven las filmotecas. ¿Son los museos del audiovisual? En cierta manera, tienen parecidas competencias, cumpliendo funciones para con su patrimonio de compilación, preservación, restauración, exhibición y divulgación. Y su mantenimiento, en un tanto por ciento que desconozco pero que puede ser del 100%, corre a cargo de los gobiernos de turno. Sin embargo, a nadie se le ocurre decir que marcha al museo a ver una película. Nadie va a una pinacoteca, todos vamos al museo. “Museo” como entidad y vocablo puede metabolizarlo todo, “filmoteca”, no. El extraordinario poder del lenguaje, capaz de delimitar, diferenciar y modificar escenarios.

Al margen de esto, tenemos que tener en cuenta diferencias lógicas como la experiencia temporal prefijada, la geografía del lugar y el movimiento físico. Pero éste no es el tema, me interesa el chapoteo del audiovisual dentro del museo convencional. Aquí cabría preguntar -de nuevos las preguntas- cuál o cuáles son los objetos o acciones “museabilizables”: ¿el autor de la obra, el aparato en sí, el soporte, la proyección? ¿La unión de todo ello? Concretamente el cine, ¿cómo se puede llevar al museo? ¿Acaso es necesario?

Cuando se homenajea a un autor, se recurre a instalaciones ad hoc con monitores, fotografías y demás miscelánea. Si el centro organizador cuenta con recursos, puede llegar a organizar proyecciones de sus filmes que se realizarían –casi seguro- fuera del ámbito físico del museo. En fin, un resultado entre el collage, la mera compilación y la instalación, marcado por lo puramente anecdótico. Casi como un libro de citas, un ejercicio de frivolidad mercantil made in Sotheby’s. Esta tipo de organización de las actividades y los contenidos es la más usada, siguiendo el modelo de centros con altas capacidades; el MOMA es un buen ejemplo.

Cuestión diferente sería el caso del videoarte o del cine experimental. Su “flexibilidad” y la propia concepción del arte que tenemos, les permite nacer directamente para el museo. El primero es habitante común, una herramienta más de instalaciones y museos, tanto como obra independiente como en unión con otras representaciones. Para ello, cuenta con la ventaja de jugar con su menor dependencia narrativa. El cine experimental, ha ido migrando del cine al video hasta confundirse no pocas veces, cuando no aprovecha su base material para deslizarse hacia lo objetual. No es lo mismo llevar al museo a Jean Renoir que a Bill Viola, a Peter Kubelka que a Ingmar Bergman.

Arnulf Rainer, de Peter Kubelka (1960)

El común visionado de una película en sala, nadie lo iguala a una visita al museo. Pero, teniendo en cuenta las características propias de cada situación -muchas de ellas accesorias- es una acción más cercana de lo que pueda parecer y no precisamente por la etiqueta unificadora de “actividad cultural”. El objetivo principal de cine y museo, es presentar la obra en condiciones óptimas de exhibición -sin entrar en si lo cumplen o no- para su correcta y fiel recepción.

Resumiendo, hay que reconsiderar la labor de los multimedia para que no parezcan pegotes de relleno y, aprovechando la situación, preguntarnos si acomodar el cine (ahora no hablo del audiovisual en genérico, ni de los multimedia) en el museo tiene sentido más allá de una legítima estrategia comercial o publicitaria. Primero, por la duplicación de funciones, segundo, por las dificultades que genera su sincretismo, y tercero, por las normas que hemos ido imponiendo para su disfrute estándar. La respuesta se acerca con peligro a la metáfora del cementerio.


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