Boris Barnet, un tipo genial
Descubrir Polustanok (Boris Barnet, 1963) a estas alturas además de para disfrutar de uno de esos momentos que justifican una afición, me sirve para reafirmar dos ideas: Boris Barnet es uno de los directores más divertidos de la historia del cine, y nunca subestimes el último aliento de los grandes cineastas.
Barnet destroza el oxímoron del ruso gracioso. Los rusos son divertidos o hacen gracia cuando no ponen intención en ello, da lo mismo si es antes o después de la segunda botella de vodka. Un ruso solo hace gracia en un meme o en Youtube. Quiero decir, cuando se tira de un puente y se mata, cuando se cuece y baila en una discoteca, cuando lo ataca un oso, cuando se estampa con el coche o cuando canta una canción sin letra. El ruso es estoico por naturaleza, pero también retórico. Si queréis perder el tiempo buscad un ruso de a pie que produzca risa de manera consciente y un cineasta –quitando el periodo prerrevolucionario- que no sea un retórico completo o circunstancial.
Bueno, de entre los silentes a mí se me ocurren unos pocos y Barnet, Kuleshov, cosas de Ermler, Medvedkin y de la olvidada Olga Preobrazhenskaya, están entre ellos. El naturalismo psicológico de Ermler a veces parecía más de los Prometheus alemanes que de la vanguardia bolchevique, lo mismo que le pasaba a Preobrazhenskaya con el drama rural francés. Medvedkin compartía con Barnet el sentido del humor y la ironía, y Kuleshov era otro cachondo de cuidado además de un maestro con todas las letras. Hasta los más delicados tuvieron películas o épocas cargantes, Dovzhenko sin ir más lejos hizo algo como Shchors (1939).

Pero esto iba de Polustanok, donde a Barnet no le basta con ser un ruso gracioso, sino que convierte en originales el argumento y las situaciones que el cine se encargaría de vulgarizar década tras década hasta hacer cumbre en Local Hero (Bill Forsyth, 1983). Lo asombroso es que en este hospitalario koljós caben de la Ealing a Hawks sin perder un mínimo de identidad rusa. Y cambiando totalmente de tono también encuentran sitio la febril Pánico en la granja (Stéphane Aubier, Vincent Patar, 2009) y hasta el Wicker Man original (Robin Hardy, 1973). Polustanok es de las películas que tras ser vistas uno no concibe que el mundo siga lleno de hijos de puta. Pero apagas el reproductor, te salta un canal de televisión y allí sigue la legión de tontos.
Apenas 66 minutos hechos con cuatro perras por un director de vuelta de todo. Un simpático y barato dibujo animado para los genéricos, tres o cuatro decorados y unos personajes extravagantes y absolutamente deliciosos. Me atrevería a decir que Polustanok es tan buena como By the bluest of seas (1936). La maestría para saber cuándo hacer gracia y cuando emocionar (como Lubitsch, Pagnol, Sturges, Renoir, De Sica, McCarey, Ozu, etc.). Lo primero alcanza su clímax con el repaso que le hace la abuela a Pavel Pavlovich de la galería de retratos en los que ha posado como modelo para los incontables pintores que han pasado por el koljós. Una historia del arte tronchante y con una capacidad de sínteis que ríete de la de Gombrich. Lo segundo nunca se amontona, ni siquiera al final, para no traicionar con blandenguerías este elogio de la vida y de la buena gente.
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Movimiento continuo en alta frecuencia
temblor vertical que se sumerge en la clarividencia
ardor, temblor de viva luz'

Lo desconocía, me lo apunto, muchas gracias por descubrirmelo.
Me entusiasma el ‘slapstick’ venga de donde venga; ¡un fuerte saludo, Roberto!