The saddest music in the World, Guy Maddin (2003)


“Sadness is my Prozac”
Guy Maddin

The Saddest Music in the World CoverSiempre se ha mencionado el alto presupuesto para la producción de esta película como uno de los aspectos más destacables de la misma, y sin ser algo totalmente falso sí deberá ser medido, al menos, con cierto equilibrio. Será más apropiado mirar el dato desde la perspectiva que puede dar el conjunto de la obra del director canadiense y el dinero empleado en cada escalón que la compone y no cómo una cifra concreta e independiente. Una cifra situada en torno a los tres millones de dólares de presupuesto, si de algo no puede considerarse dentro de la industria cinematográfica global es de elevada, ahora, dentro del hábitat de Guy Maddin sí puede llegar a serlo, no tanto por el dinero en sí sino por la metodología de trabajo que exige estar sometido a una serie de compañías productoras con sus ejecutivos de turno.

Por lo tanto, no hay salto cuantitativo que permita el acceso a tecnologías más caras, y tampoco se necesitaban. De la misma manera que el desembolso en decorados seguirá dentro de los límites razonables que implica una construcción ad hoc en el interior de una nave o almacén en la misma Winnipeg. El flujo de dinero irá cayendo, como por otra parte es natural en el negocio, del lado de los actores, que sin llegar a ser grandes estrellas sí conforman un casting sólido y de larga carrera profesional; por no hablar del gasto necesario para buscar facilidades en la distribución y exhibición mediante la mercadotecnia, algo que ya pudimos ver en la inciática “Tales from the Gimli Hospital”. Estamos entonces ante una inversión mayor pero muy localizada dentro de lo que podemos considerar el equipo humano, técnico y artístico, esto es, crew and cast; nunca ante una superproducción o algo semejante, ni siquiera ante una película de mediano presupuesto. “The Saddest Music in the World” es una película low-budget de arriba a abajo, con la participación muy dividida entre compañías y con cierto impulso realizado en la distribución por IFC. En cualquier caso, la película se aleja del circuito de subvenciones canadiense que Maddin ha frecuentado desde sus inicios: “Hay un poderoso y agresivo apoyo estatal, no sólo a nivel federal sino provincial (…) Probablemente vivo en la mejor región [Manitoba] para los cineastas independientes”.1

Estaba prevista una mayor proyección internacional desde el comienzo, tanto en el ánimo del director como en el de sus productores. Vuelve así la dialéctica constante, ya vista en otras entradas, entre el localismo radical de su cine y el deseo de expansión y reconocimiento exterior. “The Saddest music in the World” puede ser la culminación de este aspecto cuyo punto de inflexión tuvo lugar años antes con “The Heart of the World”. No en vano, ambos títulos portan como última palabra “World”, ¿casualidad, fenómeno paranormal o simple labor del subconsciente humano? Allá cada cual con su interpretación, pero todo parece más simple ya que Maddin sólo ha declarado su preocupación y gusto por los títulos sugerentes, como vimos a propósito de “Sissy boy slap Party”. Ser consciente de lo restringido de su campo de alcance a la hora de mover o conquistar grandes públicos no sería obstáculo para intentar expandir el radio de acción de la película, como demostrará su notable éxito internacional a todos los niveles, tanto en proyecciones comerciales convencionales como en Festivales o en la distribución de DVD. Para ésta última la MGM adquiere los derechos de lanzamiento en EE.UU. y excepto por la eliminación del audiocomentario de Maddin y McKinney es una decorosa edición, más si la comparamos con la canadiense, a cargo de TVA Films / Quebecor Media.2

The Saddest Music in the World

Como habíamos señalado en el artículo dedicado a “Dracula: Pages from a virgin’s Diary”, este proyecto ya había sido puesto en circulación por la productora Rhombus en el año 2002. Por entonces, Maddin y dicha compañía no llegaron a encontrar el punto de encuentro o el empuje necesarios para convertirlo en algo definitivo; desconocemos posibles razones y posibles esfuerzos desde ambas partes. La materia prima ya estaba presente en aquel instante y lo seguiría estando poco después cuando por fin arranca el proyecto, esta materia era un guión original del reputado escritor inglés de origen japonés, Kazuo Ishiguro, ganador en 1989 del Booker Prize por su novela “The Remains of the Day”, adaptada con tacto al cine cuatro años después por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thompson como protagonistas.

Los hechos del guión de Kazuo Ishiguro estaban ambientados en Inglaterra, donde una destilería con sede central en Londres organiza un concurso para terminar de animar a los países del Telón de Acero a formar parte de la economía de libre mercado occidental en el clima previo a la Perestroika, un último paso para terminar con el llamado Bloque del Este, dominado en mayor o menor medida por el influjo soviético. Una vez que Maddin se hace cargo del guión, junto a su inseparable Geroge Toles, cambiará no pocas cosas de la obra de Ishiguro, si bien éste se mantiene dentro del proyecto, a través de las relaciones comerciales para una novela con los productores de la película, como una especie de supervisor o editor. Mantenido el título y la premisa de partida, Toles Y Maddin desplazarán la acción y el tiempo de la narración original pasando de Inglaterra a Canadá (Winnipeg) y de los días del Telón de Acero agrietado a los de la Gran Depresión americana de finales de los años veinte e inicios de los treinta (1933).

Era la primera vez, si no contamos la libérrima adaptación o inspiración hecha en “Twilight of the Ice Nymphs”, que una película de Maddin tenía que ser levantada a partir de un material escrito ajeno. Pero conociendo su capacidad para digerir referencias y mecanismos para la narración, no sólo visuales, y con la posibilidad de reescribir y adaptar aquello que consideraba apropiado, el texto termina cayendo de su lado en una asunción profunda del mismo. Un resultado final tan personal que a nadie le extrañaría que el guión original hubiera sido enteramente suyo, empezando por la flamígera carga melodramática del mismo.

La preproducción del proyecto se convierte en el momento de mayores esfuerzos por parte del equipo. Agitación que lleva a Maddin a cierta saturación de la que se evadirá durante unos cuantos días, con gracia y acierto para todos, para rodar “Cowards bend the Knee” de cuyo significado e importancia en este sentido hemos hablado en el anterior artículo. Con más oficio y habilidad para deslizarse entre la tramoya de una producción en la que no tiene una serie de poderes, reservados para los productores, esta etapa y la posterior de rodaje, no se volverán en su contra de la manera tan cruel como lo hicieron en “Twilight of the Ice Nymphs”. Aquí, su relación con el principal productor, Niv Fichman, discurrirá dentro las disputas normales de la argumentación y el razonamiento a la hora de tomar decisiones.3 En cualquier caso, se demandaba una planificación previa meticulosa y exhaustiva a la que Maddin no estaba muy acostumbrado, siempre más del lado de la improvisación, con sus propias palabras: “…the spirit of my films (…) Meticulous on the one hand, but unbelievably sloppy and careless on the other.”

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Nada iba a cambiar en lo que a modo de filmación se refería, Maddin iba a hacer uso de todo el arsenal técnico y plástico que había ido cultivando a lo largo de su filmografía. Múltiples cámaras de Super 8 desparramadas por todo el decorado (hasta los actores aparecen acreditados como operadores de dichas cámaras), un director de fotografía (Luc Montpellier) digamos “central” con total libertad de movimientos, filtros, vaselina, grandes angulares, virados, ampliaciones internas del fotograma, re-frames, mezcla de texturas, materiales y color, todo en favor de un excitante y abundante grano que deviene elemento determinante para la ambientación de la historia en los años treinta del siglo XX. El montaje, realizado en Toronto, siendo rítmico y sincopado no alcanzará el machine gun-shot como en filmes anteriores, descubriéndose como más reposado, si es que cabe aplicar tal adjetivo a la proporción planos/fotogramas/segundo4 y a la factura final de cualquier película del director de “Brand upon the brain!”

Los decorados, con la implicación directa que Maddin siempre tiene en la concepción de los mismos, no podían menguar en importancia en esta película, es más, son determinantes en la idea estética global buscada por el director en colaboración con los departamentos de arte y decoración. Con sede en una gélida nave industrial de Winnipeg5 son los decorados artificiales más grandes con los que cuenta Maddin hasta la fecha y podríamos dividirlos, grosso modo, en tres partes fundamentales. Primero, las calles y fachadas del pueblo. Segundo, las estancias interiores y el palco de la cervecería de Helen. Y tercero, los interiores de las casas.

Los primeros, de perspectivas forzadas y antinaturalistas son el marco ideal para los desheredados de la Gran Depresión, en sus simples paseos o en sus ritos más convencionales y macabros. Estamos entonces más del lado de la vanguardia de W. Reimann, W. Röhrig y H. Warm (Caligari) o de la más voluminosa de Hans Poelzig (Der Golem) que del perfeccionismo naturalista de Alexandre Trauner (Les enfants du Paradis). En cierto sentido, Maddin ejerce de Paul Leni ochenta años más tarde, quien también invadía las competencias de la dirección de arte a la menor ocasión (El hombre de las figuras de cera). Los segundos, responden a un parentesco muy diferente pero cercano en el tiempo, el de los años treinta en Hollywood6 con toda su maquinaria a plena potencia. La era dorada de la decoración y el atrezo, la del refinamiento Decó de los musicales, el melodrama y la alta comedia y también la de los diseños de títulos genéricos de líneas rectas y vigorosas como los de la RKO, de dónde parecen haber surgido los de este filme. Los últimos, los terceros, vuelven a mandarnos de vuelta al silente, interiores extirpados de los melodramas griffithianos y de un kammerspiele centroeuropeo algo desvencijado.

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Imposible pasar por alto la banda de sonido del filme, no sólo porque ya venga mostrado en el título lo que de musical tiene, sino por la tradición maddiana en el trabajo con los sonidos desde su primera película y que ha dejado piezas tan notables en la labor como “Careful”. La partitura original será encargada a Christopher Dedrick. Paradójicamente, un músico cuyos éxitos siempre fueron logrados en el lado más frívolo e intrascendente del Pop debería escribir la tonada general para La Música más triste del Mundo. Dando por supuesto el trabajo en la textura impuesto por Maddin, la música original del filme quedará un poco en segundo plano, aun siendo un buen trabajo, debido tanto a la estructura del concurso con sus músicas étnicas como a “The Song is You”, la canción de Jerome Kern y Oscar Hammerstein, interpretada a lo largo del metraje en varias ocasiones, de manera especial la ejecutada por Narcissa junto a los habitantes del pueblo. Ese será el momento que más aproximado puede llegar a estar el filme de un musical clásico, junto a la fugaz y casi inapreciable declamación musical del texto durante el primer encuentro entre Chester y Helen junto al piano, donde se hace uso de la habitual ruptura de la lógica de las acciones tan frecuente en el musical de Hollywood.

En este mismo apartado, la sonoridad de los acentos del reparto femenino viene a sumar a la hora de construir una banda sonora consistente y evocadora. María de Medeiros e Isabella Rossellini, más allá de sus rotundas presencias físicas, aportan la extravagancia de sus respectivos acentos extranjeros, bien recibidos por los oídos y de perfecto encaje en la trama; uno cortante y distante, el otro más cálido y amigable. Apoya tal idea el mismo director: “Adoro los acentos en mis películas. Imprimen de inmediato carácter, misterio. Son una especie de atajo para otras cosas. Son el equivalente a los arañazos sobre el celuloide (…) Son hermosos”7.Todo sin olvidar que el medio para la difusión del concurso es la radio, medio sin igual para la evocación a través del sonido, siempre esclava de posibles interferencias y elemento destacado en la educación sentimental del joven Maddin junto a los álbumes de fotos. Las músicas que representan a cada país o continente durante el concurso saldrían de una serie de audiciones realizadas a multitud de grupos musicales y a inmigrantes de la zona, los cuales iban a tener cinco minutos para tocar dos piezas “tristes” de su folclore particular; además se les invitó, a ser posible, a que llevaran sus propios trajes, ahorrando así un poquito de dinero en la producción8.

La película vuelve a recurrir de nuevo a un prólogo, que se dará a ver en esta ocasión, mediante una nueva invitación a la mirada del espectador a través de un sobreencuadre realizado a partir de la retirada de un bloque de hielo de una pared que, en la primera aproximación, negaba cualquier ejercicio voyeur. El hielo, lejos de elemento puramente coyuntural y necesario por la localización de la historia, deviene función primordial como agente represor de los sentimientos, hecho representado de manera ejemplar en la secuencia de apertura durante la cual Chester Kent recordará, junto a Narcissa y al chamán, la muerte de su madre mientras, en familia, interpretan una pieza musical. Recuerdo que abre el filme y que puntuará pasajes concretos del mismo según el punto de vista de cada miembro familiar afectado. Tras dicho fallecimiento, las lágrimas de un Chester Kent todavía niño verán frustrada su salida al exterior al convertirse en hielo gracias a una sobreimpresión en la imagen, conformando así una metáfora no por evidente menos hermosa y funcional.

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Ese núcleo familiar de apariencia saludable y feliz, sufrirá desde la muerte de la figura femenina una descomposición absoluta. Encontramos entonces el matriarcado como estructura social necesaria para conseguir cierta cohesión, un motivo que ya acompañaba algunas de las narraciones anteriores de Maddin; aunque esta figura matriarcal y el sistema que preside serán representados de manera bien diferentes dependiendo de la ocasión. Así, el matriarcado absolutista que veremos en “Brand upon the Brain!”, el matriarcado onírico-carnal de Zenaida en “Careful” o el matriarcado puramente sexual de “Cowards bend the Knee”, poco tendrán que ver con el inicial de “The Saddest Music in the World”. Pero sí se integrarán de manera decisiva con el posterior sistema establecido durante la narración, en el cual la célula familiar disuelta tras aquel fallecimiento busca desesperadamente un sustituto que vuelva a dar sentido a sus patéticas e irrecuperables vidas. Esta nueva matriarca será Lady Port Huntley, baronesa de la cerveza de Winnipeg, de nombre Helen e interpretada por Isabella Rossellini.

El cabeza de familia Fyodor Kent, inmigrante ruso que combatió por Canadá en la Gran Guerra, y sus dos hijos, Chester, productor teatral de Broadway ahora fracasado y en bancarrota, y Roderick, músico afincado en Serbia que ha perdido a su hijo y que ha visto cómo desaparecía su mujer sin mayor explicación, darán todos los bandazos vitales posibles desde la incapacidad que parece otorgarles su masculinidad. Se establece entonces el cruce de relaciones típico en los filmes de Maddin, crueles pero casi cómicos, en medio del desaforado melodrama sobre el que patinan. Cruce y usurpación triangular en las relaciones sexuales con las mujeres, donde Chester siempre ejerce de vértice superior, que terminan por desembocar en una catarsis definitiva disfrazada de incendio. Hielo y fuego que acaban por sepultar el cinismo de Chester Kent (al final, con su muerte, sí parece que aquella lágrima puede derretirse y brotar del ojo), el alcoholismo de Fyodor y la hipersensibilidad maniaca de Roderick. La familia como institución de alto riesgo, en cuyo interior la felicidad es efímera o falsa y la represión fuerte y duradera, aquí, además, cuenta hasta con un lema harto irónico: “No more dignity”.

El efecto dominante de Helen, todopoderosa desde su atalaya donde hace y deshace a su antojo como si la Vienna de “Johnny Guitar” hubiera trasladado su salón del desierto de Sedona hasta las planicies de hielo de Winnipeg, surge tanto de la debilidad de lo masculino como del daño sufrido en las relaciones con los mismos. En cualquier caso, nos sirve para contemplar lo que se convirtió de inmediato y sin duda alguna en el icono de la obra del director canadiense: las piernas de cristal rellenas de cerveza. Esas que con mimo le fabricó Fyodor, desde su culpabilidad alcohólica por mutilarla, adecuando la sensibilidad de su piel al material: ni cuero ni madera sirven al provocar sarpullidos en los muñones de esta dama cuya sensibilidad cutánea se asemeja a la de la Princesa y el guisante y cuyo calzado reinventa, con delirio etílico, el cuento de Cenicienta.

The Saddest Music in the World

Más allá de esta vaga relación y de su poder representacional, estamos, de nuevo, ante el desarrollo de un motivo empleado por Maddin durante toda su carrera: la mutilación. La carencia o incapacidad física usada como rasgo material para la exteriorización melodramática del interior humano y sus traumas: “una herida externa es el artefacto visible de algún tipo de herida interna”9. La potencia visual de tal símbolo puede llevar al exceso, y si bien éste no es ni temido ni evitado por Maddin, consigue situarse en un terreno justo y favorable para la historia, de la misma manera que podría serlo en una película de Tod Browning con Lon Chaney, quien, por otra parte, es fuente de inspiración directa para la actuación de Isabella Rossellini10.

Otra serie de constantes en su obra atraviesan la trama, es el caso de la amnesia (Narcissa), del intertexto fílmico (entre otros muchos, el entierro dreyeriano [Vampyr] del padre), el hockey, un particular sentido del humor aquí más ácido que nunca y, sobre todo, el problema identitario. La continua crítica del carácter canadiense que en esta ocasión también se extenderán al imperialismo estadounidense mediante la figura de Chester Kent, aspecto que consideramos interesante y que se encuentra tratado con más calma en el artículo de David Church: “Brief notes on canadian identity in Guy Maddin’s The saddest music in the Wolrd”.

Saludada como la cumbre hasta ese momento del cine del director de “Gimli Saga” veremos como ni la personalidad de Maddin ni esta película en concreto, pueden someterse con semejante facilidad a ese tópico tan socorrido. “Brand upon the brain!” será una de nuestras siguientes entradas y con ella intentaremos explicar la necesidad de no recurrir a dicha etiqueta al correr el riesgo de quedar invalidada por innecesaria, insuficiente y obsoleta apenas tres años más tarde.

  1. Entrevista con Noel Murray, en AVClub.com []
  2. Se puede ver un análisis de ambas en DVDBeaver.com []
  3. The Reconfiguration of film History: Guy Madddin. Entrevista con Jonathan Marlow en Greencine.com []
  4. El filme debe contar aproximadamente con unos 2000 planos y con un ratio en la duración de los planos inferior a 3 segundos, si bien hay planos realmente largos, de más de un minuto de duración sin corte []
  5. Ver el documental “Teardrops in the snow” para una idea general del atrezo y los decorados []
  6. Ramírez, Juan Antonio, Arquitectura en el cine. Hollywood, la edad de oro, Alianza, Madrid, 1993 []
  7. Melodrama as a way of life. Entrevista en Indiewire.com []
  8. The Reconfiguration of Film History []
  9. Entrevista con David Church en Offscreen.com []
  10. “Casting”, material contenido en los extras del DVD y dirigido por Caelum Vatnsdal. []

2 comentarios para “The saddest music in the World, Guy Maddin (2003)”

  • Monchi dice:

    Magnifica review.

    En septiembre,será editada en DVD en España.
    Con Teardrops in the snow, Sombra Dolorosa, Sissy Boy slap party y A trip to the Orphanage.

    Además, DRACULA’S pages from a Virgin’s Diary.

    No puedo contar más por el momento.
    Un saludo

  • Hola Monchi, bienvenido,

    Supongo que serán clones de las ediciones americanas, tanto The Saddest… (MGM) como Drácula (Zeitgeist). Si las respetan al 100% y no preparan ningún estropicio con el cambio de norma son dos buenas ediciones, muy disfrutables. Voy a mirar por ahí a ver quién las edita. Ya era hora de que alguien, sea quien sea, ponga algo del pobre Maddin en el mercado; de los estrenos en sala mejor no hablamos.

    Un saludo y gracias por la información.

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