Violencia juvenil y cine


The Incident

La consideración de los jóvenes como una especie decadente respecto de generaciones anteriores, sobre todo la de sus padres, ha sido uno de los grandes mitos de la humanidad. Estos muchachos nos llevarán a la ruina, se dice, han perdido los valores que hasta ahora nosotros y nuestros antepasados hemos luchado por conservar y mejorar, se afirma, además, carecen de cualquier interés y no tienen otra inquietud que no sea la de preocuparse por ellos mismos, se concluye. Existe también una versión genérica de la queja, que en lugar de acusar a los individuos suele optar por clamar ante el concepto: la juventud, maldita juventud, maldito tesoro. Un gran saco el de los conceptos, ideal para manejar y catalogar grandes cantidades de nada.

Teorías para explicar esta acritud hacia lo juvenil las habrá a patadas, desde la pena, canalizada para renegar del pasado, por haber dejado de serlo uno mismo, hasta la lógica evolución personal, otro mito que nos avisa de que con el paso del tiempo cualquier movimiento, por pequeño que sea, se convierte en estridente a nuestros sentidos. La irrupción de una horda maleducada y egoísta queda pues como ejemplo eterno de una deriva social que, lejos de concluir en la catástrofe anunciada, es reabsorbida con los años para volver a brotar con la nueva prole engendrada por los últimos acusados, ad infinítum.

De hecho, siempre ha pasado lo mismo, los egipcios ya se quejaron, no menos lo hicieron griegos y romanos y seguro que hasta en las tribus bárbaras del norte de Europa el padre de turno le calzó más de un guantazo al hijo por tocarle las pelotas al comerle la pata de jabalí asado y el vino. A saber lo que pasaba en las cavernas, buen material para la ficción, no cabe duda, sobre todo si nos acordamos de otro gran mito infantil, el del joven salvaje.

Compulsion

Una muchachada que, a ojos de los adultos, no piensa en otra cosa que en divertirse. Y divertirse como sinónimo único de follar y beber, como si estas fueran acciones escatológicas, fuera de cualquier orden humano o social, cuando en realidad son pulsiones básicas e inextinguibles, si acaso atemperadas por el declive fisiológico de los organismos. Grandes relatos (y pinturas, esculturas, etc.) sobre el estudiante ajumado y sifilítico lo atestiguan, así como los dedicados a las golfas que, tarde o temprano, debían solicitar los servicios de la celestina más cercana para darle un pespunte al himen.

Hasta aquí todo correcto, mejor dicho, todo incorrecto para los sucesivos progenitores. Pero aunque no lo parezca, existe una gradación en ese aparente libertinaje denunciado. Lógicamente hay maneras de dar carrete a la lujuria y a la gula, sobre todo cuando entre ambas termina aflorando el otro instinto animal contra el que también luchamos: el de eliminar al oponente. Es entonces cuando asoma la vía del crimen, un camino que también se bifurca, pues no serán equivalentes lo accidental y lo deliberado, es decir, ejercer a sabiendas el mal y ser lo más perverso posible. Ahí, en ese goce, la pulsión criminal se escinde de las otras dos para convertirse en juego insuperable, en combate o en unión de lo instintivo y lo racional, el del refinamiento en la maldad que crece exponencialmente cuando el dolor y la angustia de la víctima es inversamente proporcional a la indiferencia sentida por el ejecutor. La escisión citada, la obsesión por un solo hecho obviando el resto, aparecerá como la línea directa hacia la psicopatía, esto es, la compleja distinción o mezcla entre indiferencia y placer en la mente del asesino.

Más difícil todavía cuando los implicados pertenecen a esa juventud que hace de la inconsciencia una defensa fraudulenta y ventajista. El cine, en estos casos, ha sido, en ocasiones, mucho más agudo en sus análisis que los propios tratados y estudios de psicólogos, sociólogos y demás grey; por no hablar de tertulianos y advenedizos practicantes del intrusismo más impúdico. Algunas películas han utilizado el conflicto de manera magistral, no tanto para mostrar el problema de unos chicos enloquecidos por las hormonas o por un agudo desapego, sino para enfrentarlos con el resto de la sociedad. Con ello, y sin exculpar a los eventuales asesinos, el problema se convierte en global, en un hecho que no queda aislado en los “actores”, en un problema cuyas causas y consecuencias resultan estar más compartidas de lo que se pensaba.

Billy the Kid

En contra de las repetidas dobles parejas: cine-juventud + violencia-gratuidad, no pocas veces se ha recurrido a la violencia más explícita como mecanismo de denuncia. Difícil de cuadrar y muy poco comprendida en la mayoría de las ocasiones, no cabe duda, pero que de tarde en tarde ha funcionado como un gran reloj, con sus campanadas incluidas. Una cuantas siempre han retumbado en mi cabeza, a medio camino, como sucedía con los asesinos, entre el placer y la repulsión. Sentimientos que, en todo caso, evitan mandarlas al olvido por mucho que esto se haya deseado.

Podría estirar a doce campanadas, quizá alguna más hasta poner el reloj en modo 24 horas, pero tengo desde hace tiempo mi particular póquer de la muerte en el curioso género de jóvenes airados. Todas, este póquer y otras tantas, sin excepción resultan efectivas por la lapidación del tótem occidental-burgués: la propiedad individual y colectiva, simbolizadas en el hogar y en los diferentes lugares públicos. Espacios por donde poder transitar de manera más o menos funcional o lúdica sin problemas.

La irrupción brutal de lo imprevisto-ofensivo en lo cotidiano. La figura del forastero como germen de una forma de terror por otra parte muy arraigada en la cultura estadounidense. No en vano, el retrato del joven alborotador o la del pistolero bisoño yacen en el mismo corazón del gran género patrio: el western. Sin entrar en la discusión sobre si Billy era Niño o no, bastará recordar a Denis Hopper como emblema del desquiciado pistolero adolescente. Bueno, más que su simple imagen, la relación que mantuvo con un vetusto Henry Hathaway y que llevaba el conflicto detrás de la pantalla.

Badlands

Veamos algún apunte más sobre las características necesarias que uno caprichosamente establece para que una película tenga cabida en este subgénero de la violencia juvenil. Primero, los protagonistas encargados de las atrocidades deben ser masculinos, no sirven las parejas mixtas, olvídense de Badlands (Terrence Malick, 1973), Gun Crazy (Joseph H. Lewis, 1950) -incluso You only live once (Fritz Lang, 1937) o They live by night (Nicholas Ray, 1950)-, Natural born Killers (Oliver Stone, 1994), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) y derivados. Aunque en ésta última encontramos una de las claves para la exigencia de un tándem masculino: al pobre Warren Beatty no se le levantaba ni con grúa. Seguro que la disfunción eréctil no habría existido si Bonnie no hubiera sido tan atractiva, es decir, si hubiera sido hombre. La pareja hombre-mujer, en estos casos, se encuentra demasiado teñida por el ideal romántico, y en ocasiones hasta cristiano, del buen ladrón. Siempre planea la cópula (auténticos agujeros negros en las películas –narrativa y plásticamente-. Y lo de agujeros negros no va con segundas), la expiación y la culpa. La homosexualidad latente jugará un papel decisivo en las relaciones, en las de los protagonistas y en las de estos con los demás.

Segundo, adiós bandas, no se puede superar el dúo. No valen, entonces, filmes del tipo A Clockwork orange (Stanley Kubrick, 1971), no nos interesan las bandas en ninguna de sus múltiples y ridículas versiones, ya sean tipo pandilleros, ladrones o crimen organizado. Tampoco la individualidad, el asesino en solitario no es suficiente, Krótki film o zabijaniu (Krzysztof Kiesloswki, 1988) tampoco cabe. Otras fórmulas como el trío sufren idéntico lastre y no encajan en lo solicitado, véase Bande à part (Jean-Luc Godard, 1964). Las muchedumbres con ansias de linchar o vengar, también fuera, por mucho que Straw Dogs (Sam Peckinpah, 1971) ponga los pelos de punta. Ídem con los lugareños adultos, en general muy garrulos y seguramente zoofílicos, como los de otra gran película: Deliverance (John Boorman, 1972).

Con lo cual ya tenemos dos condiciones imprescindibles: una pareja y que ambos sean hombres. Ea, Rope (Alfred Hitchcock, 1948) sería perfecta. Pues no, no hay invasión ni de la propiedad pública ni de la privada, los asesinos juegan en casa, aunque los roles masculinos ya se acercan a la definición que buscamos. Compulsion (Richard Fleischer, 1959), sería un intento mucho más cercano a nuestra demanda, un paso adelante que casi la convierte en el quinto miembro de nuestra selección, en el comodín para formar repóquer, si no fuera por la brusca división en dos bloques, con toda la trama judicial al final y por la irrupción de la elipsis, lógica en los años 50. No vale lo elusivo, la violencia debe resultar explícita en algún punto. ¿Tal vez algo en la línea de Elephant (Gus Van Sant, 2003)?, tampoco, aunque la desdramatización funcione bien para contar su historia y para reflejar esa indiferencia enfermiza, que además le ayuda a no terminar convertida en una mezcla de telefilme y reality, o lo que es lo mismo: en simple morbosidad.

The Visitors

Por último, el sustrato literario de la violencia o los dramas exagerados en contextos infantiles y juveniles terminan evolucionando de una visión sustentada en lo dickensiano, los filmes sociales de la Warner años 30 por ejemplo, hacia la más cruda y brutal: la freudiana de los 60 en adelante. El psicoanálisis de diván, pipa, decorado y estrella sale a la sucia calle en pleno apogeo de las revisiones estructuralistas. Con todo esto llegamos al desenlace, a cuatro películas perturbadoras a más no poder que quizá no sean grandes obras maestras, o tal vez sí, pero que cumplen con nuestros antojos en la catalogación.

Las cuatro las recuerdo por el mal cuerpo, literal, físico, que me dejaron. En concreto, The Visitors (Elia Kazan, 1972) tardó tres días en abandonarme después de que cometiera el gran error de verla una tarde de algún 25 de diciembre. Con diferencia, la película más desagradable que he tragado, porque con ella hay que hacer eso, tragarla, si no quieres que la tensión insoportable que va creciendo con el paso de los minutos termine formando un tapón en la garganta. Más que su final, resultaban tremendas todas las secuencias con el suegro de James Woods, aquel partido de fútbol americano en la televisión, entre copa y copa, resultaba interminable.

Funny Games

La versión de arte y ensayo de toda esta teoría inventada sobre la marcha, es Funny Games (Michael Haneke, 1997). Pero no por ese prurito intelectual se hace más llevadera. La manera de cerrar la película, no diré haciendo qué cosa por si acaso alguien no la vio, es lo más parecido al Apocalipsis que he visto nunca, viéndola uno tiene la certeza de que aquello no va a terminar hasta que se hayan extinguido todas las gallinas y, con ellas, los huevos. Primero serían los residenciales a orillas de magníficos lagos alpinos, luego tal vez las praderas, cualquier obstáculo geográfico sería una barrera insuficiente: la destrucción de la especie humana llegaría imparable a las ciudades.

In cold blood (Richard Brooks, 1967), es la más convencional de todas a pesar de su ligereza sesentera en la puesta en escena. Cuenta con esa llamativa elipsis que aquí, en pleno de acto de modernez, es reafirmada para, con el paso del tiempo, ser negada. Con todo, la resolución del asesinato no es lo fundamental, sobre todo al lado de secuencias tan horripilantes, por su inmediatez casera y por su extraña relajación, como las de la travesía en coche desde México. De nuevo en la parte final, como sucedía en Compulsion, se quiebra un poco al dar paso a la actividad carcelaria y judicial, rematadas ambas con el final que todos conocemos.

In cold blood

La última, The Incident (Larry Peerce, 1967), es modélica. Lo es desde un punto de vista cinematográfico, recolecta personajes y situaciones durante gran parte de la película con calma, con gran sentido del humor y sin perder un ápice de tensión. Algo se intuye según avanza, cuece a fuego muy lento después de un febril arranque. Una obertura que vuelve solita y con mayor fuerza para cerrar el espectáculo en el vagón de cercanías, o lo que demonios fuere aquello. Una comunidad espantosa que termina formándose en plena madrugada para ignorancia de uno de los pocos a salvo de la quema, el mendigo borracho que duerme la mona.

No son gratuitos algunos de los fotogramas seleccionados: la mirada a cámara es fundamental, primero como desafío, luego como agresión. No es una simple cuestión técnica, ni siquiera de estilo o de pudor, es puro lenguaje corporal, intercambiable con cualquier metraje documental sobre apareamiento, cortejo o lucha entre animales.

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* Este artículo en principio iba a ser algo más, un dossier temático amplio y con entradas individuales para teoría, películas, etc., pero, por cuestiones que ahora no vienen al caso, nos tenemos que conformar con una versión reducida, con una síntesis algo apresurada. A ver si hay suerte y más adelante se puede desarrollar en condiciones. En cualquier caso queda abierto a discusión y a vuestra colaboración. *


4 comentarios para “Violencia juvenil y cine”

  • jesus cortes dice:

    Otras dos a tener muy en cuenta Roberto, son las excelentes “I delfini” (“Juventud corrompida, 1960″) de Francesco Maselli y “La prima notte di quiete” de Zurlini.
    No conozco “The incident”, le echaré un vistazo.
    Por cierto, no me gustó demasiado “Du levande”, sorry ´bout that.

  • Hola, qué tal Jesús,

    La de Zurlini sí la conozco, me la descubrió un amiguete en vhs hará cuatro o cinco años, la de Maselli no, pero intentaré remediarlo en cuanto pueda. The Incident creo que te gustará, en cambio con las de Andersson ya me temía lo contrario. :wink:

    Un abrazo y muchas gracias.

  • Ventura dice:

    Aunque exactamente no traten la violencia juvenil, las primeras peliculas de Godard hablan de la violencia externa a la que está expuesta la juventud. No se, yo las veo como el contraplano de las mencionadas. La presión de esa imagen de la violencia sobre una juventud que empieza a ser colonizada por las producciones culturales que las representa, siempre me ha llamado más la atención que la violencia en si que pueda generar un colectivo, pareja o individuo.

  • Hola, qué tal Ventura, bienvenido,

    Sí es cierto, A Godard lo tenía en la cabeza y no solo por la película que cité, pero como intentaba buscar un tipo muy concreto de violencia, de personajes y de películas, pues no me cuadraba. Es el problema de no haberlo desarrollado como quería, se empieza hablando del fenómeno en genérico y hay que forzar mucho para terminar en lo específico.

    También creo que en Godard esa violencia invasiva se extiende por toda su obra, y lo curioso es que siempre lo hace con una mezcla extraña, entre la admiración y la repulsión. Él mismo no puede negar su fascinación por multitud de representaciones culturales “americanas-imperialistas”, incluso en su etapa Mao; la contradicción, o mejor dicho la incoherencia, es uno de los grandes problemas de la militancia “ciega” en cualquier campo y sentido.

    La manera de estas manifestaciones culturales de extenderse lo máximo posible, y la de otros para rebelarse contra ellas o de ser subuyugados, son formas de violencia que sí, tienes razón, resultan atractivas y tiene gran valor histórico. El problema es que en el tipo concreto que yo buscaba, el contexto (familiar, social, etc.) muchas veces no es tan influyente.

    Un saludo y muchas gracias por el comentario.

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