Crónica del Sevilla Festival de Cine Europeo ’09 (I)
por Alexis Castro
Da comienzo la sexta edición del Sevilla Festival de Cine Europeo un día en el que, donde ya por estas fechas solía haber frío, lluvia y viento, sigue habiendo, como en primavera o en verano, calor y sol.
Dejando a un lado el parte meteorológico, procedamos a meternos en situación: en el día de ayer pude degustar dos magníficas películas; dos propuestas que, si en un primer contraste son radicalmente diferentes, en un segundo pueden servir de plataforma para la reflexión y para indagar, si uno tiene los ánimos suficientes, qué hierve de un extremo a otro de esas dos formas diferentes de concebir el cine; ese insondable y heterogéneo espacio en el que acabamos acudiendo a las múltiples visiones y puntos de vista que se ofrecen, y aceptándolos cada uno dentro de su contexto.
La montaña del conflicto
Por una parte tenemos In the loop, dirigida por Armando Iannucci, una comedia negra -oscura- que ostenta un osado retrato de algo que podríamos nombrar, de modo un tanto inocente, la condición humana.
Película de auténtica incontinencia verbal y humorística, se trata en realidad de una violenta, cruel y mordaz sátira política. Hablo de violencia oral, hablo de cómo este relato nos muestra una serie de personajes cínicos, sin escrúpulos, algunos idiotas, otros trepas… una fauna política más cercana a la psicopatía que a otro tipo de dolencia mental; para trazar, finalmente, un triste y desolador fresco que nos habla de la putrefacción del alma.
Salvajemente divertido, el film se manifiesta como un auténtico rompecabezas acelerado y esquizoide, con unos actores portentosos y con un guión verdaderamente genial.
En contra plantearé una pregunta: ¿la forma de la película garantiza que el fondo llegue al público de la manera que tiene que llegarle? Puede que la respuesta sea un rotundo sí, pero también puede ser que esa manera de realizar, con ese estilo semidocumental -hoy día ya tan impersonal, pero que intenta ser o creerse original-, formula tan apegada a las series de televisión (con el mismo tipo de iluminación funcional, inclusive), juegue un flaco favor en su contra.
Este tipo de empaque es un vehículo para que todo lo que es la enjundia verbal del texto impacte más sobre el público, o que, sencillamente, surta el efecto óptimo al estar en armonía con tan agitada escritura; pero eso hace que se reste una parte importante de carisma, carisma necesaria que ya sacan a relucir de forma pasmosa los impagables diálogos, pero que por la otra parte del film -la forma- queda coja.
“Aún sigo viéndolos como si fuera ayer”
Katyn, penúltimo film del polaco Andrzej Wajda, de un clasicismo sin parangón, aunque áspero, agrio, nos refrescaba la memoria acercándonos a un brutal genocidio acontecido en la II GM; una suerte de mirando hacia atrás con ira, una triste y melancólica revancha polaca. Resumiendo, ¿quién iba a esperar que este octogenario nos ofreciera a estas alturas una propuesta tan arriesgada como la de Tatarak (cálamo)? La cinta es tan fascinante como compleja; o fascinante por su complejidad, mejor.

Tatarak, Andrzej Wajda, 2009
Distribuida en tres dimensiones de la ficción:
a) El rodaje de una película llamada Tatarak, que está dirigiendo Andrzej Wajda.
b) Los testimonios posteriores al rodaje, en base a monólogos discursivos, de Krystyna Janda, la actriz que interpreta el papel de Marta en la citada película y que en esta otra dimensión se interpreta a sí misma.
c) La propia Tatarak, ambientada en los años 60, basada en el relato corto homónimo del escritor Jaroslaw Iwaszkiewicz.
Las tres caras de la ficción cobran su independencia en la factura y el fondo de cada una de ellas:
a) El rodaje de Tatarak es una especie de making off donde vemos al equipo de rodaje trabajando: maquinistas colocando vías, el equipo de cámara ocupándose de recargar el chasis con nuevas bobinas de celuloide, Andrzej Wajda repasando el guión con los actores…
b) Los monólogos de la actriz real Krystyna Janda se sustentan en un único plano fijo. La actriz habla, se mueve de un sitio a otro de una habitación, se asoma a la ventana, se sienta en una silla, nos da la espalda, y habla, medita.
Bello, oscuro y desgarrado fragmento que nos habla de la muerte.
c) La propia película Tatarak, que es otra en conjunto, claro, a la que vemos. Aquí acudimos a la historia de una mujer madura llamada Marta a la que le queda poco tiempo de vida, pero que desconoce esta premisa. Su marido es médico y el matrimonio perdió a sus dos hijos en la guerra. Marta conoce a un chico rudo e inocente llamado Bogus, y en él quiere ver a sus hijos perdidos.
Lo interesante del film es ver cómo esos tres planos de la ficción se van difuminando y mezclando unos con otros en un ejercicio conceptual y de estilo arriesgado, tremebundo, potente y rabiosamente moderno.
Pecera/Tanque pez
Sergi Sánchez, del Diario La Razón, ha dicho sobre Fish tank, de Andrea Arnold, que es “como una película de Ken Loach, pero bien hecha”.
Loach posee una filmografía tan amplia como irregular, y todas las películas que la integran manifiestan una temática muy definida. Por lo menos la película de Andrea nos plantea una forma diferente de entender el cine social, y, por ende, la realidad de la sociedad.
Estamos en un barrio obrero de la ciudad inglesa de Essex, donde la miseria, el descontrol y la violencia están a la puerta de tu casa. Es de este estrato social del que la cámara de Arnold nos ofrece la visión de la realidad de esa clase (por extensión de la sociedad), pero de una manera diferente, como decimos. Donde Loach manipula abruptamente, Andrea retrata sutilmente. Aquí la desesperación se mezcla con la calidez, la dureza con la belleza de las imágenes.

Fish Tank, Andrea Arnold, 2009
Destacar, por supuesto, la actuación de la no profesional Katie Jarvies, una chica de la calle que la directora encontró por intuición y que resultó ser perfecta para el papel de Mia, la protagonista. Realmente es ella la que lleva el peso del film con un aplomo y un brío sorprendentes. También destacar la actuación de Michael Fassbender (Hunger, Inglourious basterds) en el papel de Connor. La química entre ambos personajes llega a transmitir un delicado sentimiento de fascinación.
“Deberías cambiarte el suéter”
Politist, adj. Policía, adjetivo., literalmente, se llama la última película del rumano Corneliu Porumboiu, tras su paso triunfal por Cannes hace unos años al ganar la Cámara de Oro a la mejor ópera prima con 12:08, al este de Bucarest (título estrambótico e idiota como pocos, siendo una traducción más fidedigna del rumano al español ¿Ocurrió o no ocurrió?).
Si en A fost sau n-a fost? yo encontraba dos partes diferenciadas que dividían la película, desde el punto de vista del género e incluso estético, Porumboiu ha cogido en esta ocasión ambas partes y las ha difuminado. Ha alargado y profundizado, llevando hasta el límite, la propuesta de su ópera prima y ha vuelto a hacer una película muy extraña, más aún que la anterior, con un humor soterrado, raro, fascinante, que puede surgir de la histeria de contemplar, mediante plano fijo, a un personaje en estado de meditación y espera durante 5 minutos; o puede surgir, también, del ingenio de unos diálogos que versan sobre la discusión acerca de la letra de una canción, mucho más en la línea de su anterior film.
Las descripciones que se llevan a cabo transmiten muy bien el paso del tiempo, el vacío y la desesperación, pero son demasiado exhaustivas y agotadoras que se pierde mucha de la fuerza de la propuesta en no contar nada.
No estoy en contra de no contar nada, porque incluso cuando no se cuenta nada, pero se hace con estilo, se puede llegar a ser fascinante (miremos el último cine de Hsiao-hsien); el problema de esta película es que se hace monótona, repetitiva, estirada, y lo peor es que la risa llega tarde -en un plano muy parecido a los 3 ó 4 que constituyen la segunda mitad de A fost sau n-a fost? llega cuando el espectador ya está agotado.
Hombres en el puente
Köprüdekiler: Men on the bridge, producción turca, es una especie de ficción narrada con los mecanismos del documental.
Carece de total interés más allá de las historias que se muestran, contadas con tan poco encanto que no sólo deja de lado el concepto de entretenimiento, sino que también le es ajeno el calado reflexivo desde un punto de vista mínimamente interesante.
El encanto de un perdedor
Shane Meadows nos ofrece con el falso documental Le Donk and Scor-zay-zee un ejercicio de ingenio y originalidad deslumbrantes.
La película se centra en la vida de un manager de música venido a menos (Le Donk) que ha descubierto a un talento del rap (Scor-zay-zee), y trata de hacerlo triunfar mediante su aparición como telonero en un concierto de los Arctic Monkeys en Manchester, ante 50.000 personas.
Shane Meadows está grabando un documental sobre este personaje histriónico y políticamente incorrecto, por ello para registrar su hazaña se hace de un pequeño equipo que lo va siguiendo a todas partes, hasta a los lugares más personales e íntimos, como la casa de su ex-novia.
El actor que interpreta a Le Donk, Paddy Considine (Hot fuzz, 24 hour party people, Bosque de sombras, Dead man’s shoes) es un portento de naturalidad e incontinencia de un insolente y grosero discurso. Desternillantes, por supuesto, las frases, como dardos, que va soltando este inglés (imitando el acento escocés) de un extremo a otro del film.
Rauchen kann tödlich sein
Bad timing, o Contratiempo como se la conoce en España, de Nicolas Roeg, es la última película de la jornada para un cronista.
Este director inglés, al que el festival dedicó un homenaje llamado Cine de culto Nicolas Roeg -en ocasión de que el país invitado este año era Reino Unido con un ciclo llamado The New Brits-, tenía una especie de vicio a que sus películas las protagonizaran gente de la música, como por ejemplo The man who fell to earth, con David Bowie, o Performance (su ópera prima, co-dirigida con Donald Cammell), con Mick Jagger. En esta ocasión es Art Garfunkel quien protagoniza el film en cuestión.

Bad Timing, N. Roeg, 1980
Denso, estirado, repetitivo, cansino, aburrido… algo bastante penoso y malo, sinceramente. Lo peor de todo son las ínfulas de trasgresión y el supuesto misterio que se le quiere dar a la cinta, cuando lo único que transmite es un deslizante tedio, falta de ideas y una considerable desesperación.
El uso del zoom es una de las técnicas más complicadas de empleo en cine, muy pocos lo saben usar bien, porque es un recurso difícil, que si no se usa con cuidado puede estropear una película, como es el caso, donde la aplicación desmedida y hortera de tal recurso colma de fealdad y mal gusto un film ya de por sí suficientemente nefando.
Felicità
Lourdes, interesante cinta que trata sobre un buen racimo de temas, entre ellos la religión, los milagros, la injusticia y el amor, está dirigida por la austriaca Jessica Hausner, que ya presentó en el Sevilla Festival de Cine Europeo su segunda película, Hotel.
La puesta en escena es sobria, sin efectismos, delicada; pero a la vez vemos también un gran trabajo de composición, donde la propia directora reconoció estar bajo la influencia de la libertad y originalidad creativa del Jacques Tati de Playtime. En concreto habló de cómo fragmenta nuestra atención en un mismo plano mostrándonos varios puntos de interés, o partiéndolo en dos radicalmente diferentes el uno del otro.
Con sutileza y sencillez, con candidez, la directora nos cuenta esta historia que podría parecer frágil, dulce, pero que tiene un reverso oscuro y brutal. “El milagro está ahí”, nos dice. Ciertos temas, como la religión y la iglesia, están tratados con un humor y una ironía perspicaces y afiladas.
Una película extraña, poco convencional, sensible e inteligente, que deja un poso repleto de reflexiones, de ideas y sentimientos, concluida por un final crudo, triste, lúcido.
El profeta rampante
Un prophète, de Jacques Audiard, director de la celebrada De latir mi corazón se ha parado, es un trepidante y encarnecido thriller carcelario.
Todo es modélico en este film, tanto el complejo guión que rehúye la mayoría de tópicos, como la meticulosa y enérgica realización, pasando por las poderosas interpretaciones -magistrales Tahar Rahim y Niels Arestrup-.

Un prophète, Jacques Audiard, 2009
Al contrario que en las películas del género fabricadas en Hollywood, la tensión surge aquí del drama, de los diálogos, de las situaciones, de la trama, y no de la acción o de la violencia, de las cuales el film está salpicada brevemente, en concreto con dos escenas escalofriantes por viscerales y por bien hechas.
El clima y la atmósfera generadas tienen una densidad que agrede, que es violenta por su agitación sin llegar a ser explícita o gráfica.
“Tendrás un aspecto muy gracioso a los 50”
La jornada se cierra con la ópera prima de Nicolas Roeg, la película de culto Performance, del año 1970, co-dirigida con Donald Cammell y con guión del mismo.
La película, indudablemente, está cargada de los diez años de la década anterior, y mucho. Con la magnética presencia del actor inglés James Fox (Passage to India, 1984), la cinta es una suerte de hongo alucinógeno hecho celuloide, donde la fotografía está orquestada por el propio Roeg.
Se trata de un manifiesto realmente estruendoso; sonido e imagen saltan de la pantalla como una especie de acelerada y neurótica pesadilla. Es, en resumen, lo que intentó volver a hacer con Bad timing (1979) y no consiguió, pues no la estiró, no la cebó ni la hizo cansina. El cáncer de aquella radicaba en la mezcolanza entre la supuesta psicodélia psicoanalítica y una suerte de trama policial, que en un intento fallido de sumar intriga, restaba, en realidad, potencia a la imagen.
Dicho esto, hay que señalar, sin embargo, que Performance es un film excesivo, sin sentido alguno de la mesura, violento, oscuramente poético, alucinado, pero, ante todo, justificado -porque no se sale de sus márgenes ni de sus intenciones- y con grandes y verdaderos retazos de brillantes (genial la escena musical de Mick Jagger).
Postales turísticas del Sevilla mágico/o cómo nos ven los extranjeros
A las 9 de la mañana se proyecta la co-producción noruego-alemano-española La joven de las naranjas (Appelsinpiken), dirigida por Eva Dahr.
La cosa, dicho rápidamente, es algo muy meloso, una historia fácil, de moraleja obvia, una historia Disney, se diría. Todo muy blando y azucarado. Hecha para pasar el rato, sin mayores pretensiones, con una historia mil veces contada que nada aporta y nada resta. El toque de cuento de hadas que se le dio a la parte rodada en Sevilla es un tanto irritante, por lo menos para una persona con un mínimo de sensibilidad e inteligencia, y más sin encima vive en la ciudad, como es el caso.
Culebrón en Tel Aviv
Después, a las 11:30, se proyectó la producción israelí Jaffa, dirigida por Keren Yedaya.
La mañana no levantó el vuelo con esta película, donde lo único que se salva son las actuaciones, realmente notables. Todo lo demás consistía en otra historia cien mil veces contada, pero mal contada, con un gusto horrible en la fotografía, con un terrible uso del zoom.
Una dirección manierista, académica, estructura este pastiche aburrido y sin interés.
Hombre huesos
Der knochenmann (The bone man), película presentada en la Selección EFA: largometrajes preseleccionados por la European Film Academy para los premios anuales europeos, compitiendo por el voto del público, viene a ser una suerte de Hot fuzz austriaco, y, por suerte y por una vez, viene a ser justo lo que es: una película para pasar un buen rato, que hace pasar desapercibida la tramoya/técnica en pos de una narración y una historia amenas.
No deslumbra, ni tan siquiera alumbra, ya que tiene graves deficiencias en el ritmo y en el crescendo de la trama, pero visto lo visto hasta ese momento aquel día me doy con un canto en los dientes.

The Innocents, Jack Clayton, 1961
Otra vuelta de tuerca
Cae la noche y se proyecta una de miedo de la sección Clásicos favoritos. Selección Jeremy Thomas: The innocents (Jack Clayton, 1961), película de culto donde las haya, basada en la famosa novela -cuya trama Borges elogió- The turn of the screw, escrita por Henry James.
El guión lo firma nada menos que Truman Capote, conjuntamente con William Archibald. La sección consiste en una selección de 10 films de la cinematografía británica por parte del productor Jeremy Thomas, representativos o favoritos.
Creo que una película de este calibre es necesario verla en un cine (pantalla grande) y en cine (soporte original analógico) para apreciar el alcance de su magnitud. Habiéndolo hecho de este modo, afirmo: Los inocentes es una auténtica obra maestra del género de terror, una película densa, sombría, claustrofóbica, con unas actuaciones impresionantes, poseedora de un guión complejo e inteligente, que nos lleva de un lado a otro, que nos hace seguir en vilo a esos dos niños, esos dos inocentes, a través de planos y secuencias memorables, colmadas con claroscuros de una poética gótica que Poe admiraría.
Toda la película es un tour de force de verdadero cine, de un extremo a otro, culminando en un final de lo más inquietante.
Y lo mejor de todo es que de verdad da miedo.
La pantalla global
Adás (Transmisión), segunda película del húngaro Ronald Vranik, se inscribe dentro de una suerte de corriente temática que podríamos llamar ciencia-ficción cotidiana (de la que Cortazar, por cierto, era un maestro). La primicia de que las pantallas del mundo se han apagado, de que la imagen en movimiento no es posible ya más, sirve a este joven director como detonante para desencadenar una serie de mecanismos formales y de fondo.
En los primeros se encuentra la, como mínimo, interesante puesta en escena; imaginativo y original planteamiento visual/estético, ejecutado por una fotografía sombría y magnética y por un extraordinario trabajo de cámara: subyugantes encuadres y movimientos.
En lo segundo tenemos una atractiva historia que es casi una excusa, un mero atributo, relativamente tangencial, que sirve para reforzar y dar mayor relevancia a la imagen. Se diría, acaso, que está contada de tal forma que la imagen cobre esa belleza plástica tan sugerente que posee.
El director nos cuenta, en la posterior rueda de prensa, acerca de sus influencias, y nos dice que vio muchas veces una película del austriaco Ulrich Seidl cuyo nombre no recordaba (presumo que se trata de Hundstage, de 2001). También nos explica que los tonos fríos de la iluminación reflejan la adicción y el síndrome de abstinencia que generan las imágenes y las pantallas.
Con respecto a una nueva generación de jóvenes directores húngaros no quiso pronunciarse del todo, alegando que sí que existe una generación de directores jóvenes en Hungría, pero que todos tienen diferentes estilos y por ello no se podría hablar de nueva ola al estilo francés o italiano.
Para cerrar la crítica, decir que Vranik -quien trabajó como ayudante de dirección de Béla Tarr (de quien dice ser un maníaco, un ser difícil y con una forma de trabajar confusa) en Armonías de Werckmeister (2000)- representa un aire de riesgo dentro de la sección oficial y que, junto con Kornél Mundruczó, son lo mejor que ha dado el cine joven húngaro en estos últimos años y los que más prometen en los sucesivos.
