La gloria de Marcel Pagnol


La foto era perfecta:
las perdices de las rocas resultaban enormes,
y mi padre brillaba con toda su gloria.
(La gloire de mon père, de Marcel Pagnol)


No conozco la Provenza francesa, de hecho nunca he estado en Francia. Pero como no creo en el cine como sustituto de la realidad, la obra de Marcel Pagnol me interesa menos por lo concreto/provenzal que por lo abstracto/universal. Porque sus personajes, sus historias y sus problemas, resultan tan verdaderos como los de Ford, las de Ozu o los de Rossellini. Porque el particular paisaje de esa zona del Midi francés es difícil, duro, donde sólo las plantas más tozudas consiguen salir adelante, con agua escasa, fuertes vientos y abundante roca. Una garriga austera, repleta de matorral y de aromáticas, cuya espectacularidad ataca al resto de los sentidos, no sólo a la vista; como el mismo cine de Pagnol.

Que para nosotros Pagnol haya quedado, en el mejor de los casos, como la representación amable del costumbrismo provenzal, es tan injusto como comprensible. Digo para nosotros –los españoles- porque para ellos -los franceses-, Pagnol es un icono cultural a resguardo de cualquier discusión ideológica o estética interesada. Su poco conocimiento por estas tierras es comprensible porque la cultura francesa siempre ha sido recibida con bastantes prejuicios y en los extremos: del esnobismo intelectual hasta el odio al gabacho. Siendo cool si “apreciabas” la sofisticación y la modernidad francesas o apaleando al afrancesado de turno.

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La Gloire de mon père. Yves Robert, 1990

Generalizando, se podría decir que los franceses han hecho algo parecido con Edgar Neville o Fernando Fernán Gómez -por citar un par cuya obra supera lo cinematográfico, pero que encuentra en el cine cierto punto de encuentro-, de los cuales poco habrán sabido o hablado. La diferencia radica en que para nosotros, estos dos –y otros tantos-, ni siquiera tienen la difusión ni, me atrevería a decir, el respeto unánime. Porque repito, la obra de Pagnol no es francesa, al menos no es sólo francesa. Es tan comprensible y puede despertar la misma empatía que Delibes, Mihura, Cela o Galdós, por no decir que su humor puede estar tan cerca de Gila o Muchachada Nui como lo podría estar cualquier cómico español.

A la Marsella de hoy, a la “ciudad tranquila” de Robert Guédiguian, le ha sucedido algo parecido: ha terminado convirtiéndose en espejo de los problemas de casi todos. Sus excelentes y recurrentes actores, Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan, darán cuenta de ello y de paso nos recordarán, casi siempre en clave trágica, a la troupe de Pagnol de la que hablaremos más adelante.

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Orane Demazis - Ariane Ascaride

Acotando el tema a Pagnol director de cine, la cosa no se suaviza. Acusado de tener un estilo avejentado, teatral y poco dinámico, de repetir hasta la saciedad los mismo temas, de abusar (?) de la palabra. Estas acusaciones, que en otros casos se convierten en argumentos para encumbrar a alguno como autor, al cine de Pagnol le han quedado como estigmas que esperemos desaparezcan pronto. Y estoy seguro que así será, en cuanto sus películas se vean más, se apreciará a un gran cineasta, no sólo a un extraordinario escritor y dramaturgo. Un director a la altura de otros grandes franceses “olvidados”: Sacha Guitry y Jean Grémillon. Curioso que, al menos en la actualidad, estos resulten menos conocidos y accesibles que Duvivier, Carné, Clouzot o Feyder (que no sé si era belga), por no hablar de Renoir (a quien Pagnol le produjo Toni) o Clair. Pero si hasta Autant-Lara o Allégret (éste era suizo, como Fernando Alonso) suenan tanto como Pagnol o Grémillon.

La rotunda presencia de Pagnol como fundador de su propia compañía, con sus temas y ambientes característicos, también ha causado equívocos, solicitando su autoría cuando había delegado la labor de dirección en otros o dudando en casos en los que sí aparecía firmando. Una confusión que viene del continuo trasvase entre obras de teatro, novelas, diálogos y las respectivas adaptaciones a la pantalla. Pagnol dirige en cine las novelas de otros provenzales como Jean Giono o Alphonse Daudet y escribe el guión o los diálogos en múlitples adaptaciones de diferentes autores (Zóla, Maupassant, Mazaud) para otros directores. Al tiempo, sus obras corren igual suerte tanto en Francia como en el extranjero, donde se hicieron y se siguen haciendo infinitas adapataciones de su trilogía marsellesa1.

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Esa expansión mundial del trabajo de Pagnol refuerza la idea de su universalidad, haciendo más dolorosa la injusticia de reducirlo a lo francés, cuando no a lo provenzal. Todo el mundo recuerda las declaraciones de Orson Welles a propósito de La Diligencia de John Ford, en cambio, se citan menos las de su admiración -vía Raimu- por la obra de Pagnol en general y La femme du boulanger en particular. Para Welles, hombre de teatro, la técnica -como demostraría a lo largo de su carrera- era menos importante que los personajes y en eso, Pagnol y Renoir, le ofrecían enseñanzas inestimables.

Porque los personajes de Pagnol son maravillosos. Siempre rodeado de su troupe de confianza, con Raimu, Fernandel, Fernand Charpin (los tres también provenzales) y Orane Demazis al frente, construía escenas inolvidables donde tragedia y comedia intercambiaban con frecuencia sus papeles. Gags que recurren tanto a su magistral dominio del lenguaje y de los dichos del lugar como a lo visual. Actores cálidos que se escapan del molde de la repetición, como en el caso de Fernandel. Entiendo que Fernandel pueda resultar molesto –a mí me resulta molesto en ocasiones-, pero cuando se llega a ese punto suele ser debido a su perfección, a su dominio del cuerpo y la expresión. En ese sentido, el Fernandel de Le schpountz (1938) me recuerda al Charles Laughton de Ruggles of Red Gap (Leo McCarey, 1935), tan magistrales en sus papeles, en cada gesto, en cada entonación, que terminan por superarte.

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Fernandel en Le Schpountz, 1938

Secuencias larguísimas -y sin cortes- donde los actores mostraban su domino absoluto del oficio, escenas tan atrevidas como las elipisis que las puntuaban. Cazadores furtivos, profesores, tenderos, curas, forasteros, alcaldes… cazando, jugando a la petanca, realizando las labores del campo o tomando el aperitivo. El ecosistema de cualquier pueblo, con sus bromas, sus cotilleos y unas riñas antológicas. Con el honor, la propiedad, el sacrificio, la familia y la educación siempre presentes en un juego de mentiras y ocultaciones que termina por emerger, cuando es necesario, como una crítica sana y definitiva al costumbrismo citado. No hay nada de autocomplacencia ni de reaccionario en el cine de Pagnol.

Habiendo visto de sus casi veinte películas (en las que aparece como director), todas menos L’article 330 (1934), su primera versión de Topaze (1936) y dos episodios de Les lettres de mon moulin (1954), y dejando de lado ahora las más conocidas (César, 1936; La femme du boulanger, 1938; Manon des sources, 1952), se puede rescatar una docena de obras maravillosas.

La femme du boulanger. Marcel Pagnol, 1938

Empezando por Jofroi (1933), una peliculita de apenas una hora que ya deja en nada otro de los tópicos sobre su cine, el que lo asocia a largas duraciones, como también se podrá comprobar en películas posteriores y al final de su carrera con Le curé de Cucugnan (1967) y Les lettres de mon moulin (1954). Jofroi contiene algunas de las muestras totales del humor de Pagnol, como aquel lugareño decidido a suicidarse con tal de hacerle la puñeta al vecino que quiere arrancar los árboles de unas tierras recién compradas. Inolvidable su paseo con una enorme soga a rastras, buscando cadalso donde cumplir la amenaza. Esa teatralidad sureña, ese “agárrame que lo mato”, ya florece con el viejo Jofroi y alcanza su refinamiento -insuperable- con Raimu.

Cigalon (1935), Merlusse (1935) o Angèle (1934), no sólo preludian una de sus obras maestras: César, la tercera parte de la trilogía, la única dirigida por él y escrita directamente para el cine antes que para el teatro. Los tres son grandes filmes, los dos primeros, de nuevo, con una hora escasa de duración. Alexandre Arnaudy en su papel del cocinero “moderno” Cigalon, se adelanta décadas a la fiebre de la alta cocina, y lo hace con la ironia necesaria y con mecanismos tan cinematográficos y cómicos como la confusión de la identidad. Merlusse, nos presentará al maestro como protagonista, una figura que en su filmografía no esconderá la huella dejada por su propio padre. Esa Nochebuena que el profesor Blanchard, alias Merlusse, pasa en el Liceo con los alumnos, culminará con una secuencia donde quedará demostrado que se puede ser deslumbrante realizando acciones cotidianas, simples: abriendo ventanas y recogiendo regalos.

Merlusse. Marcel Pagnol, 1935

Angéle tal vez sea su primera gran obra, con una espléndida Orane Demazis y una temática en la línea de Fanny pero adelantando la mayor dureza de Regain (1937) -al tiempo que anuncia la culminación de la idea que vendrá con la estupenda La fille du puisatier (1940)-, donde Demazis deja su puesto Josette Day -la futura Bella en la película de Cocteau- y sobre la que, según veo en IMDb, Daniel Auteuil está preparando una revisión para este año. Tras este filme del 40, guerra mediante, Pagnol dará por agotada, con matices, esa línea maestra argumental.

Que a mí me gusten o prefiera Movie Crazy (Clyde Bruckman, 1932) y Harold Lloyd a Le schpountz y Fernandel, no quiere decir nada más que eso. Porque Le Schpountz, con el riesgo mencionado de la actuación de Fernandel, es una visión del mundo del cine y de la familia más ácida de lo que su carcasa enseña. En La belle meunière (1948), Pagnol intenta trasladar la Provenza al Tirol austriaco. La fórmula funciona y las aventuras de Schubert, el molinero, su hija y la nobleza, terminan divirtiendo entre canción y canción, a todo Rouxcolor2 . Lo que se prestaba a una representación empalgosa de la Arcadia feliz, no será tal. En plena Naturaleza, entre la belleza y el amor, también se sufre. Sin llegar a tanto, sería cuestión de cambiar un lied de Schubert por el Blue Velvet de Bernie Wayne y Lee Morris.

La belle meunière. Marcel Pagnol, 1948

A la molinera le seguiría un remake de su propia obra, Topaze (1951), con Fernandel como el profesor de escuela que desde su irrenunciable honestidad emprenderá un curioso camino hacia la corrupción, esto es, hacia lo que advierte que se ha convertido en norma dentro de la sociedad. Una obra que, casi recién escrita por Pagnol, ya fue adaptada en Hollywood (RKO, 1933) con Selznick como productor y con un trío de altura: Harry d’Abbadie d’Arrast en la dirección, John Barrymore como el profesor Topaze y Ben Hecht en el guión. En Manon des sources (1952) y su segunda parte Ugolin, adaptará una de sus novelas más conocidas: la historia de la hija de Jean de Florette y la intriga alrededor de la muerte de su padre y el manantial de su finca. La que fuera molinera, Jacqueline Pagnol -su mujer en la vida real-, representará el magnífico papel que años más tarde le tocará asumir a una jovencita Emmanuelle Béart.

Si hay temor a la hora de acercarse a Pagnol, tal vez lo mejor sea visitar algunas de las películas que otros han realizado sobre su obra. Empezando por el mencionado remake de la historia de Manon: Jean de Florette, que narra la vida anterior de la familia y que no aparece de manera explícita –salvo en forma de fantasmas mentales y fotográficos- en la original y Manon des sources (ambas de Claude Berri, 1986). Pero, sobre todo, uno podrá acceder al mundo de Pagnol a través de la magnífica ilustración que Yves Robert hizo en 1990 de parte de sus memorias: La gloire de mon père y Le château de ma mère. Producciones exquisitas, nada acartonadas ni académicas, dos filmes hermosos y conmovedores con los que disfrutar, si se tienen medios y ocasión, en Alta Definición. Porque sí, porque la HD no está sólo para monstruitos, piruetas y fuegos artificiales palomiteros, también está para emocionarse con las aventuras del niño Pagnol, con su amigo Lili, con su padre y con su madre, con sus tíos, con su hermano, con sus vecinos; con las colinas de la Provenza.

  1. En los años 30, por poner sólo un ejemplo, una “condensada” de James Whale con guión de Preston Sturges: Port of Seven Seas, 1938 []
  2. Sistema derivado del Agfacolor alemán y, según la copia que yo he visto, traspasado a Eastmancolor en 1985 []

9 comentarios para “La gloria de Marcel Pagnol”

  • Un excelente artículo sobre uno de los grandes del cine francés. Creo que con “Merlusse” te quedas un poco corto. Esa película es extraordinaria. Hace poco revisé “Cesar” y me acordé de… Bruno Dumont. La paciencia y la espera que muchos le ponen al insufrible cine de este último ya se la podrían aplicar a Pagnol y dejar de quejarse porque se habla mucho en sus películas o son teatrales.

  • Muchas gracias Jesús, con lo que escribiste tú sobre Guitry o Grémillon, más esto y alguna cosa suelta más -y desde nuestras limitaciones-, por lo menos se aportan textos nuevos en español sobre gente que lo merece y que, con suerte, aumentarán en presencia y visibilidad.

    Un abrazo.

  • Ayer precisamente volví a ver la genial “Assassins et voleurs”, la más irreverente de las obras finales de cineasta alguno, una apología de la libertad individual riéndose del matrimonio, la justicia, la moral… pero también de la infidelidad, la locura y el asesinato. Una cosa enorme.
    Y tengo en espera, por fin, “L´amour d´une femme” de Gremillon para hoy o mañana. Bueno hoy toca “Invictus” primero.

  • Nicolas dice:

    Hello,

    If you’re interested in Marcel Pagnol, please, visit Marcel Pagnol’s official website: http://www.marcel-pagnol.com

  • Nicolas I know that site and even have brought online a DVD some months ago. I miss too much stuff regarding Pagnol but it´s worthless a visit nevertheless.

  • Hola, qué tal,

    @ Nicolas, yes, I know that website, in fact, I had thought of putting a link to it on first paragraph, but I forgot. Thank you, and welcome.

    @ Jesús, ya me dirás que te pareció Invictus. A mí no es que me decepcionara, pero dentro de lo que le exijo a Eastwood -que es mucho- y después de todo lo que nos ha dado, se me queda muy corta. Los dos grandes temas que ha tratado en los últimos años, Banderas de nuestros padres y ésta, me han llegado menos que las historias pequeñas (Million dolar baby, Gran Torino, incluso Changeling que tampoco me entusiasmó).

    Invictus me recordó varias cosas de Banderas… a la que considero todavía mucho peor porque tenía un casting horroroso, falta de ritmo cuando siempre ha sido su punto fuerte, escaso sentido del humor, brochazos cuando siempre ha sido sutil a la hora de hacernos pensar, etc. No sé, me da la sensación de que allí y aquí tenía prisa por rodar y montar la película y se termina resintiendo todo. El partido final también me trae de vuelta el inicio en la isla de Banderas… alabado a más no poder y que a mí me resulto débil. Yo no soy muy aficionado al rugby, pero algo conozco, y conocía la final en cuestión y es mil veces más emocionante que lo que filma Eastwood.

    Vale, que sí que tiene su historia poderosa, su valor histórico, grandes actuaciones, su épica y tal, pero yo esperaba algo más, o lo mismo pero al menos mejor retratado.

    Un abrazo.

  • A mí me ha gustado más que a tí. Creo que nos hemos desacostumbrado al cine épico y tal vez por ello tampoco ha despertado grandes adhesiones “Vincere” (aún mejor), casi que desconfiamos de las grúas y los grandes temas y eso impide ver la valía real de las películas. En todo film político hay una toma de posición y el acierto de Eastwood es derivar todo a un torneo de rugby sin perder el hilo de lo que quería contar. Más que al propio Mandela me imagino a Obama viendo el film (irreprochable historicamente); debe dar vértigo contemplar a un auténtico líder en acción, de los que no necesitan asesores de imagen.
    Por lo demás, me gusta el primitivismo del personaje de Damon, que habla poco y repite todo. Nadie se hubiese creído a un intelectual.
    Es un film sobre y casi del tercer mundo.

  • No sé Jesús, ya te digo que son sensaciones, hasta me cuesta argumentarlas de manera racional, las que me produjeron estas dos películas.

    Noto urgencia, prisa, como si el propio Eastwood notara que el tiempo se le acaba, que tiene muchas cosas que decir y para contrarrestarlo se pone a hacer una película tras otra. No aprecio el mismo cuidado en los detalles que tantas veces ha tenido, sin tantos niveles, sin la misma agudeza a la hora de preguntar, con menos margen para lo ambiguo, para lo que molesta; ya fuera en una película con tema “grande” o “pequeño”. Parece que hasta rueda de manera más “convencional”, véase el partido final, que podrían decirte que lo ha rodado cualquier otro y te lo crees. Y el montaje -según veo en imdb- es del montador habitual suyo, pero en ocasiones parece que haya metido la zarpa algún becario.

    A Scorsese le pasó algo peor con Infiltrados, que quiso demostrar que tenía el vigor y la fuerza de un chaval de 30 años y lo que consiguió fue una castaña de película. No es necesario, ya tenía más brío haciendo lo que hacía hasta ese momento.

    De todas formas, una película -para mí- discutible de Eastwood, resulta más interesante y disfrutable que toneladas de otros. Invictus es un buen ejemplo.

    Un abrazo.

    PD. Pobre Pagnol, cómo le ha usurpado Eastwood el espacio. :wink:

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