Franco Piavoli: eppur si muove
Hablar o escribir sobre algo que te emociona, es una de las maneras más rápidas de que te entren los siete males. Supongo que es el mismo temor a hacerlo sobre cualquier otra cosa, pero aumentado al saber que no lo harás con la corrección o la pasión necesarias. Y en casos como el siguiente, intuyendo que habrá poca gente para compartirlo.

Franco Piavoli
Todo se complica si el receptor de ese entusiasmo es alguien que te importa. Es justo ahí, donde todos sacamos al pequeño Hitler que llevamos dentro. Sucede en el arte y ante una simple ensalada, como podemos comprobar en la espléndida Daughter Rite (Michelle Citron, 1980). Esa frustración, nacida de la imposibilidad de hacer encajar nuestra sensibilidad con la ajena, es un problema subestimado, es una fuente de dolor y es, también, el tema principal de Al primo soffio di vento (2002), la penúltima película de Franco Piavoli.
1. Soy un perezoso
Hablar hoy de Piavoli debería resultar más sencillo, en tanto se ha facilitado el acceso -no en las mejores condiciones ni de manera completa- a su obra. Ninguna de sus películas ha sido estrenada comercialmente en España, ni han sido editadas en formato de vídeo alguno fuera de Italia. El superlativo valor de su cine, parece haber sido insuficiente para despertar la curiosidad de críticos, festivales o editoriales. Ni siquiera la omnisciencia de la Red1 , nos devuelve un eco ajustado al ígneo entusiasmo que, desde aquí, declaramos por el director bresciano.
Entre 1981 y 2010, Piavoli dirige apenas cuatro largomentrajes y tres cortometrajes. Licenciado en Derecho -ejercería de abogado y docente-, descubre el mundo del cine y el documental gracias a un paisano de Pozzolengo, el fotógrafo Ugo Mulas. La inquietud por la imagen, confiesa, ya venía alimentada desde la infancia por algún juguete óptico y, con los años, por la fotografía. Experimenta pintando algún trozo de celuloide y filmando cortos documentales sin sonido, el primero, sobre los pacientes –su padre era médico- y sus gestos: Ambulatorio (1953). Rueda luego, durante los años sesenta, los cortometrajes: Stagioni (1961), Domenica sera (1962), Emigranti (1963) y Evasi (1964), en los que empezará a destacar su preocupación por la expresividad de la banda de sonido
Como él mismo reconoce, medio en broma medio en serio, hace tan pocas películas porque es un perezoso. Pereza que para él tiene una doble cara, la negativa sancionada por la sociedad y la positiva, la que hace posible la observación, el aprendizaje, la maduración de las ideas y su puesta en práctica. Humanismo al margen, la verdad es que su metodología de trabajo, su innegociable independencia, su absoluto control de la obra y… su edad, hacen que levantar y distribuir un proyecto sea, como uno se puede imaginar, toda una aventura.

Ermanno Olmi y Franco Piavoli
Piavoli, junto a su mujer Neria Poli y parece que últimamente con su hijo Mario, se encargan de localizar, filmar, fotografiar, montar y, supongo, de otras tantas labores de intendencia bien cubiertas y especializadas hasta en el rodaje del corto más infame del último adolescente con humos de director. Desde su encuentro con Silvano Agosti, que -además de productor de Il pianeta azzurro (1981)- le proporciona una cámara Arriflex de 35mm., una moviola, las nociones básicas sobre esta y, lo más importante, la confianza plena en su talento, Piavoli apreciará una libertad a la que no será fácil renunciar. Es oportuno señalar que para L’orto di Flora (2009), surgido como colaboración para Terra Madre (2009), filme de su amigo, vecino (ambos lombardos, este de Bérgamo) y autor del encargo, Ermanno Olmi, empleó un año de dedicación plena. Todo para filmar un pequeño episodio destinado a ocupar la media hora final de la, por otra parte, bastante menos interesante propuesta de Olmi. Esa pausa, le valdría las quejas de su venerable colega, que le “regañará” por esos tiempos de dimensión bíblica para la realización de sus películas.
2. Mejor perezoso que impostor
Cuando las religiones anidan en las banderas -cuando deberían hacerlo en la ropa interior-, cuando triunfan todo tipo de horteradas, cuando el cool de turno termina desvelando su verdadera condición –la de paleto- “convirtiéndose” al Budismo, a la Cábala o casándose por un rito tribal, cuando los medios se nutren de magufos, cuando las modas jalean majaderías de autoayuda, cuando las instituciones subvencionan a todos ellos. Cuando, en defenitiva, triunfa el analfabetismo, el grito y la falta de emoción, conviene, una vez descartado el suicidio o compartir cueva con Bin Laden, entregarse a las películas de Piavoli todas las veces que sea necesario. Después de hacerlo, uno deseará rebelarse –un poco a la manera de las rosas y los ojos de Pizarnik- ante tanta fatuidad.
Porque Piavoli es la prueba definitiva para descubrir impostores. Posee ese delicado y misterioso estado de inimitabilidad de los más grandes cineastas. Habremos visto miles de planos en documentales de naturaleza, de animales, de flores, de aguas, de puestas de sol majestuosas, de celajes, de lunas acuchilladas por nubes, cientos de secuencias con personajes mirando, follando o esperando en silencio; pero ninguno será como el de Piavoli. Ninguno te tocará como lo hacen los suyos, a pesar de manejar los mismos instrumentos e idéntica iconografía.

Il pianeta azzurro
Es muy difícil relacionar su cine con otros, el gran vicio de cualquier aficionado. Durante un visionado se agolpan referencias, recuerdos y fobias que terminan por no cuadrar. Piavoli está en las antípodas de los qatsi de Godfrey Reggio, de Ron Fricke y de las producciones de naturaleza para Imax y derivados. Igual de lejos se encuentra del estructuralismo de Benning o de la brillante escuela documental de la BBC. Sus bodegones no son los de Paradjanov, ni sus tormentas las de Tarkovski. Ni siquiera conecta la maestría de Flaherty, ni los interludios de Rouquier en Farrebique (1946). Tampoco el Iosseliani de Un petit monastère en Toscane (1988), los campos de Sokurov, las casas de Angelopoulos o filmes como Microcosmos (Claude Nuridsany, Marie Perennou, 1996).
Piavoli es cualquier cosa menos un formalista. Temo que ese será uno de los adjetivos más empleados para describirle. Empezaremos a enlazar mejor con su cine, si pensamos en aspectos que van más allá del parentesco visual: en la alegría de algunos Renoir –y por lo tanto, Vivaldi-, en la carnalidad de Rossellini, en la bella y honesta funcionalidad de Kiarostami, en los ritmos del Ray indio, en los sonidos de Bresson, en la paciencia de Loznitsa, en la sinestesia de las sinfonías urbanas silentes, en los descubrimientos de Guerín. Y si se piensa, sobre todo, en la capacidad para conmover de Erice.2
3. Perezoso, pero se mueve
Piavoli tampoco es el recurrente y tostonazo paisajista cinéfilo, aquel que se olvida de las personas o que las introduce sin superar lo pintoresco. Con Piavoli, las profundas arrugas de un cuello forman parte de la postal. La piel, con sus accidentes geográficos particulares (vello, suciedad, sudor, verrugas), por fin es reconocida en su importancia dramática y científica: como el órgano más grande, visible y pesado del cuerpo humano. La tremenda sensualidad de su cine, reside en parte en esa utilización luminosa de la piel; como decía Josef von Sternberg: “la piel debe reflejar la luz, no apagarla”. El cine táctil y olfativo, tiene en Piavoli uno de sus inventores. Muchos intentos de paisajismo cinematográfico, al lado del teodolito de Piavoli, parecerán cuadros de aduanero, pinturas de academia.

Voci nel Tempo
El cine de Piavoli es de un dinamismo ejemplar donde siempre está presente lo circular, pero nunca de manera retórica, es decir, como simple recurso de guión. En la última frase de Farrebique, uno de los personajes calmaba la ansiedad de su prometida asegurándole que “la primavera siempre vuelve”. Un regreso que nunca evitará el temor irracional –el de la chica y el nuestro- a que tal cosa no suceda o a que, si finalmente sucede, no lo veamos. Dice el director de Pozzolengo, armado de lógica, que su cámara se mantiene fija porque le gusta hacer hincapié en los movimientos, en todos los microsucesos que nos rodean. El movimiento, siempre y por mínimo que sea, se mostrará por contraste y en su estado y velocidad originales.
Es en el retrato y en el montaje de esos movimientos, donde Piavoli insiste en recuperar parte de un pasado y una tradición que no pueden desaprovecharse. Con la nostalgia justa, el movimiento aparece junto a la idea de viaje. El mismo que le lleva a mostrar cómo recuperar las semillas -un puñado de oro, textura indistinguible a la de la mano de Primo Gaburri-, a conservarlas en tarros, a catalogarlas y, lejos de fosilizarlas y para desgracia de Monsanto, a prepararlas para la siguiente siembra. El regreso, el nostos, a las civilizaciones del mismo Mediterráneo ya retratado en su momento (Méditerranée, 1963) por Jean-Daniel Pollet y Volker Schlöndorff.
4. Aperos de labranza
A pesar de tener muy presente toda esa tradición, la visión de Piavoli no es arcádica, no es la del buen salvaje, ni costumbrista. Es real y dura, contemporánea y universal. Vital, pero sin maquillar la decadencia, otro estado natural –y francamente hermoso- de la materia. En sus películas conviven la maquinaria moderna y las viejas herramientas, árboles y torres de alta tensión, arroyos y motocicletas, el trabajo y el esparcimiento. L’orto di Flora funciona como corolario: construir y mantener un huerto para, al final, hacer valer todo el poder etimológico de la palabra disfrutar. Un discurso ecológico sincero, apartado del oportunismo de los políticos y del cartón piedra de textos como el reescrito para la destrozada Earth (Alastair Fothergill, Mark Linfield, 2007), que nada tenía que ver con la sobria declamación de Attenborough en la fascinante serie original.

Al primo soffio di vento
Escasas palabras las que se pronuncian también en sus películas. Palabras a las que suma, al margen de su pragmatismo semántico, su valor fonético, su musicalidad. Así sucede en la que será la mejor adaptación de Homero jamás hecha: Nostos: Il ritorno (1989). Con su lenguaje inventado, mixtura de griego antiguo, latín, inglés y ruso. Recurriendo al título de otro de sus filmes, voces en el tiempo. Palabras, llantos y risas, incrustadas en deliciosas bandas sonoras donde los ruidos, apaciguados por los sonidos de la naturaleza y por las ocasionales –pero siempre adecuadas- piezas musicales, terminan sincronizando con el resto.
Además, Piavoli es magistral con las metáforas. Sin despreciar su puntual utilización como símbolo inmediato, parece haber conseguido para ellas una gramática. Aparecen en los momentos exactos, con la soltura de quien enlaza sintagmas. Unas veces espaciándolas, otras, encadenándolas hasta dejarte sonado. Sólo así se entiende que en el tramo final de Voci nel tempo (1996), te acogote con tres de ellas: la escalera, el árbol y la barca. La subida de una escalera que enfrenta inicio y fin de la película, al niño y al anciano; el árbol mustio ahogado por la crecida nos dice que se muere al rebosar, no al secarse; y el Caronte que aparece entre la bruma para ofrecernos el Libro de los Muertos.
5. El banquete de boda
Comunicar aquello que, a su vez, transmiten las imágenes de Piavoli, siempre será insuficiente hasta que no se experimenten sin mediaciones. Hay que lanzarse a por sus películas, te pagarán el esfuerzo con un placer fuera de mercado. Il pianeta azzurro (1981), la más conocida dentro del olvido generalizado, tal vez sea la que menos me guste. Las siguientes, Nostos (1990) y Voci nel tempo (1996), me parecen insuperables, siendo la segunda su obra maestra. El último par tampoco baja el nivel, Al primo soffio di vento (2002) y L’orto di Flora (2009), llegan tras cumplir con ese compás de seis o siete años. Periodos que se convierte en casi eras geológicas para los que deseamos que la decantación piavoliana fuera más rápida. Un deseo injusto e innecesario.
Como estimulante, adjunto una secuencia de Voci nel tempo que se encuentra entre mis cuatro o cinco secuencias favoritas de la historia del cine. Una boda ha terminado, los novios se han marchado pero el convite continúa junto a un maizal, primero con un baile entre los adultos del lugar y, después, con el alboroto de los más jóvenes.
La genial música de Franco Ghigini, compositor del que poca información (al parecer también paisano de Brescia) y nulo material (música popular lombarda, acordeonista, artes escénicas) se puede encuentrar, acompaña las miradas de los presentes. Como en su colega Olmi, las miradas tienen la virtud de hacer entender en la distancia, saltando entre los personajes hasta cruzarse con la nuestra. Porque hay que tener un tacto especial, para conseguir que la mirada de un anciano con un ojo de cristal resulte tan emotiva. Los contraplanos dejan sin aliento, especialmente el de la señora3 que, mientras pica uvas –acto nada gratuito y que enlaza con mucho de lo dicho arriba-, nos cuenta toda su vida en veinte segundos. Su desprecio inicial por la interrupción y el jaleo, va girando, sin aspavientos, sólo con los ojos. La cascarrabias comienza a recordar todo lo que ella deseó, lo que se cumplió y lo que no. La envidia, tras una caída de párpados, se transforma en sana aceptación. Le han vuelto a robar un beso.
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Algunas de las informaciones del artículo, han sido obtenidas de las siguientes entrevistas:
Pellicolascaduta.it
Livecity.it
Una giornata con Franco Piavoli
Miscelánea:
Bibliografía
Zefirofilm
IMDb
Wikipedia
Film Affinity
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- Como anécdota, en IMDb ni siquiera aciertan poniendo su fotografía. Ni hablar, entonces, de poner todas sus películas [↩]
- Porque, que Omero Antonutti ejerza de narrador en Terra Madre y de protagonista en El Sur, no creo que supere la mera casualidad. [↩]
- Hará de abuela en Al primo soffio di vento [↩]

¡Estupendo comentario!
El descubrimiento del cine de Piavoli ha sido una de las cosas más grandes que me han sucedido en mi vida cinéfila. Fue gracias a “Il pianeta azzurro”, y fue una experiencia inolvidable (sigue siendo mi preferida). Es injusto el desconocimiento de su obra, y ojalá tu texto sea de ayuda. También han aparecido hace pocos sus películas en Filmaffinity (por cierto, hace unos meses que les pedí que las metieran; más vale tarde que nunca).
Por cierto, mi momento Piavoli preferido también es de “Voci nel tempo”, justamente el plano fijo final, con el anciano y la niña avanzando hacia el horizonte por el lago helado cogidos de la mano, mientras el resto de niños juegan a deslizarse, poco antes de caer la noche. ¡Emocionante!
Un saludo y felicidades por el blog, que lo sigo de hace mucho tiempo.
Hola Carlos, bienvenido,
Está muy bien ese final, sí, con el Canon de fondo. También recuerdo siempre un plano aparentemente perdido en Il pianeta azzurro y que no menciono en el texto: las hierbas aplastadas que deja la pareja. Me di cuenta de ese plano a la segunda o tercera vez que la veía, y es magnífico.
Un saludo Carlos, y muchas gracias por la visita y por el comentario.
Qué ganas de ver ¨L´orto di flora”.
Yo no estoy seguro de si me gusta más “Voci nel tempo” o “Al primo soffio di vento” y oye, es estupendo volver a verlas para decidirlo o quedarte igual.
“Terra madre” me cargó bastante. Casi parece Olmi el maldito Al Gore, que no hace justicia a su apellido y al que estará bien ver asesinado por Asia Argento.
Hola, qué tal Jesús,
Voci… parte de un tema tan obvio, tan simple, tan repetido durante siglos, con una estructura condicionada, que es asombroso resultar tan original y tan emotivo. Por ejemplo, tengo curiosidad por ver algo de Frammartino (¡otro lombardo!), por lo que he leído e intuido en algún vídeo, Le quattro volte debe insistir en el tema, con alguna variante. Tengo por aquí Il dono, tal vez la vea un día de estos a ver por donde pueden ir los tiros.
Un saludo y muchas gracias.
No había oído hablar nunca de él, pero me has convencido, me voy a DXC a buscar sus películas.
Un saludo y felicidades por el blog.
Hola Pablo, bienvenido
Corre, pero si no te gusta la culpa se la echas a Jacobita, que para algo es el encargado de ese lupanar.
Un saludo y muchas gracias por la visita.