Demasiado tarde, demasiado pronto (El cine y el “ahora”)


* Artículo publicado en This is now. *

Siempre se ha dado por supuesta la capacidad del cine para captar el momento, cuando en realidad muy pocas veces ha logrado ese objetivo. La base fotográfica del invento suele aparecer como condición suficiente no sólo para dar testimonio de ese momento, sino para vestirlo con aquello que le rodea gracias a otras de sus grandes capacidades: la recreación de los hechos y la captación del movimiento. El cine, así, debería ser la herramienta perfecta para transmitir los significados y los sentimientos de un hipotético “ahora”. Sin embargo, gran parte de las deudas que todavía arrastra las encontramos en esa rara incapacidad para ilustrar tanto un “ahora” concreto, como un “ahora” global o histórico que deje constancia, digamos, del espíritu de una época.

El cine ha ido llegando con retraso a los grandes acontecimientos históricos y humanos, y en ese aparente defecto creemos que radica un gran valor: la renuncia, bien por incapacidad –técnica, humana, etc.- o por decisión consciente, a la inmediatez le conduce al terreno de la reflexión. Su gradual inclusión en el imparable conglomerado formado por el Audiovisual contemporáneo, debería haberle liberado de unas funciones en las que parecía no encontrarse cómodo, ni siquiera cuando del género documental se trataba. Las breaking news han terminado convertidas en un género independiente y poderoso de las imágenes en movimiento. Podríamos decir que en el gran género audiovisual e informativo, sustentándose en la velocidad y en la prontitud de la captación, de la transmisión y de la recepción, dejando así atrás cualquier otro intento que busque cumplir la misma función.

Cuando el cine trata de convertirse en una versión ampliada y refinada de las breaking news, termina flotando entre dos aguas. Lo que cuenta no posee el valor informativo de la noticia y, con frecuencia, el tono y las maneras empleados para solventar ese déficit no se elevan por encima de un efectismo formal que todos terminamos normalizando al hacer relativo el valor de la –alta- velocidad de muestra y procesado. En cambio, cuando el cine se vuelve elusivo, cuando se refugia en el paso del tiempo, tiene más posibilidades de evitar la exposición directa a unos hechos que empujan sin remedio hacia la obviedad o, en el terreno ideológico, hacia lo panfletario.

breaking_news

En esa huida, que tiene de todo menos cobardía, el retrato del “ahora” será más accesible, por diversos motivos. Primero, por el empleo de narraciones que incorporan en sus planteamientos la universalidad necesaria para ofrecer un testimonio, una crítica, una enseñanza o una simple ilustración. Sin la necesidad de acudir a técnicas herederas del noticiario, del documental o del reporterismo, el refugio que encuentra el cine en narraciones maestras como la fábula, el cuento, el relato histórico, la épica o la fantasía, le otorgará una gran ayuda para lograr plasmar el “ahora”.

No puede extrañar, entonces, que la línea temporal termine desplazándose hacia delante o hacia atrás para poder dar una visión del presente. No pocas veces se interpondrán modelos del pasado o de un imaginario futuro para comentar lo que está siendo vivido en esos momentos. Acontecimientos históricos y hasta las invenciones futuras tenidas por delirantes, fotografiarán más allá del marco puntual elegido para la representación. Películas de época o películas de ciencia ficción, ya sea en su visión utópica o distópica, que ponen el dardo justo en el centro de la diana: en el “ahora”.

Esta manera de enfocar el relato también intenta superar los obstáculos derivados de la rotunda diversidad del mundo. A pesar del conocido proceso de globalización, grandes aspectos culturales difieren tanto entre geografías, a veces hasta dentro de un mismo país, que la mera intención de reflejar un “ahora” único, además de absurdo, resulta peligroso desde el punto de vista moral. Nunca lo será, obviamente, desde el punto de vista comercial o político, pues ambos casos contemplan esa consecución como el ideal de realización de sus proyectos: mandar/vender lo máximo posible en la mayor cantidad de sitios posibles.

13 Lakes de James Benning

De esta forma, la riqueza del cine elusivo no deja de crecer en matices al separarse de la dictadura del “ahora”, de las neuróticas necesidades impuestas por las breaking news y por la versión lúdica de éstas: la publicidad. El “ahora” y el “yo” han formado el binomio perfecto en casi cualquier contexto actual: Do it now! Do it yourself!. Toda ocasión es propicia para urgir al individuo ha ejecutar cualquier cosa en ese preciso instante. Los efectos secundarios no se harán esperar, como ya decíamos, a través de todo tipo de problemas alimentados por ideales -mentales y corporales- tan lustrosos en su presentación como inalcanzables por dolorosamente falsos. El premeditado establecimiento de plazos o la dosificación tecnológica hacen aún más cruel ese “ahora” vital convertido en siniestro laboratorio de pruebas.

El cine, a través de otras de sus capacidades didácticas, seguirá empeñándose en distanciarse del “ahora”. La repetición y la contemplación surgen así como antídotos frente a una falsa impresión del momento. La repetición de movimientos, de acciones y por qué no de visionado, redunda en la necesaria reflexividad del medio para dejar, entre otras cosas, constancia de algo. Como bien demostrarán, tercas, algunas de las panorámicas de Straub&Huillet, la labor experimental de Martin Arnold o los intentos con la sinestesia de gran parte de la vanguardia cinematográfica de los años 50-70, sin olvidarnos del calado, en este aspecto, de todo el cine Estructural de aquel mismo periodo.

El paso atrás necesario para contemplar tampoco tendrá nada que ver con otras tantas variantes audiovisuales del presente. Por ejemplo, a años luz se pueden colocar las propuestas de James Benning de la común presencia de miles de webcams enfocando cualquier lugar del mundo en tiempo real. Y de ninguna manera estamos ante una cuestión de pura técnica, léase el advenimiento digital y su facilidad para aligerar el peso de ese gran dinosaurio que ha sido siempre la logística cinematográfica. La presunta ubicuidad del digital ayuda (la escena que hemos seleccionado y su director, son una muestra de ello), pero no otorga por esencia la credencial del “ahora”. Susan Sontag defendía esta postura con un acertado aforismo: “Nada hay de malo en apartarse y reflexionar. Nadie puede pensar y golpear a alguien al mismo tiempo”.

Laura Dern en Inland Empire

En el cine, como decía Jean Renoir, hay que construir, hay que elaborar, y para ello el material en bruto ofrecido por un tiempo presente no resulta suficiente por el simple hecho de ser recolectado, hay que tratarlo de alguna manera. El dispositivo cinematográfico, con todas sus instancias –algunas obsoletas o escleróticas, otras disminuidas en importancia, y, en cualquier caso, siempre contradictorias-, debe ser capaz de articular ese proceso; lo cual no quiere decir que sea sencillo ni que siempre se cumpla, ni siquiera de que se plantee su quiebra en favor de otros modelos menos jerarquizados.

La búsqueda del fiel reflejo del “ahora” en el cine –o en otros medios tecnológicos- aparece hoy como síntoma de un cierto comportamiento primitivo que confía en la revelación a través del aparato. El ansia por obtener un valor simbólico al registrar o al reproducir algo, por banal que esto sea, se vuelve casi un rito animista. La falta de confianza en nuestras propias capacidades para desvelar y entender ese “ahora” resulta sonrojante. Esto es, deberíamos hacernos las preguntas oportunas sobre el instante concreto aunque no tengamos dispositivos para registrarlo. Llegado el momento de la verdad, no se puede delegar en el poder mágico del cine.

Bien, con todo este discurso algo pesado pero que consideraba necesario, no quiero escurrir el bulto a la hora de elegir una muestra tangible sobre lo que se me solicitó. Conociendo mis dudas al respecto pensé en diferentes opciones, algunas ya mencionadas de pasada: un fragmento de Ten Skies (2004) de James Benning, Spin (1995) de Brian Springer, Cinétract (2005) de Jean Marie Straub y Danièle Huillet, Nani Moretti en vespa por Roma en Caro Diario (1993), la aportación -”Tombée de nuit sur Shanghai”- de Chantal Akerman al filme O Estado do Mundo (2007), Notre musique de Godard, alguna pieza de Rose Lowder o Bill Morrison, y alguna cosa más que ya ni siquiera recuerdo.

Inland Empire

Entre esos descartes también había muestras de cine amateur y de diarios o autobiografías filmadas, en especial sobre viajes y escenas familiares (Passagen de Lisl Ponger, por ejemplo), pues parecía apropiado pensar que sólo a través de una voz singular y sin pretensiones se podía atisbar un “ahora” honesto y acertado que no buscara usurpar la voz del resto. Reinterpretar, compartir o no ese “ahora” particular y genuino por medio del found footage, del reciclaje y la apropiación sería otra historia, pero al menos se tenía un punto de partida más científico, al tiempo que honrado, que elevar el debate a grandes conceptos filosóficos.

Sin embargo, claudiqué ante esta última y sugerente ambición de etiquetar todo un momento histórico mundial con una idea y con unas imágenes. Supongo que se puede haber intuido en la lectura precedente, pero si hemos de elegir representante para el “Festival del Ahora”, la ganadora indiscutible sería la “confusión”. No tanto como concepto general y abstracto, como en su aparición práctica a nivel humano en forma de estado mental con directa repercusión en lo corporal. El ánimo fluctuante y las dificultades para enjuiciar y discernir los hechos a los que asistimos, pasando sin reparo de la hiperactividad a la parálisis y de la indulgencia a la severidad extrema, tanto con los otros como con nosotros mismos. La confusión como efecto no sólo del momento actual sino de cualquier otro momento vivido que espera ser procesado. Filmar la confusión es entonces una opción, por paradójica que parezca, de representar el presente con total exactitud. La mejor película sobre hoy, sobre el “ahora”, se hará mañana o, quién sabe, tal vez se hizo ayer.

Fragmento extraído de Inland Empire (David Lynch, 2006)


6 comentarios para “Demasiado tarde, demasiado pronto (El cine y el “ahora”)”

  • jesus cortes dice:

    Creo que el cine italiano de los 50 y 60 sí reflejaba “en tiempo real” lo que sucedía en aquellos años. Se ha deformado el concepto de neorrealismo (que sí vino con un retraso de entre 3 y 5 años por regla general) y su importancia como registro de una determinada manera de vivir, pero viendo “Il sorpasso”, “Camilla”, “I sogni nel casetto” y otras, derivadas de esa corriente al fin y al cabo, la precisión es extraordinaria.
    Es una buena paradoja. Un cine que viene de la evolución del llamado “cine verdadero” resulta más certero y es más útil para saber cómo fue una época de la historia de un país.

  • Hola, qué tal Jesús,

    Sí, pero el problema viene con el tiempo real dentro del que estamos viviendo nosotros y el cine.

    Encontrar algo representativo sólido y continuado me parece imposible, si te fijas en las cinematografías con más prestigio están formadas por versos sueltos sin conexiones o con algunas débiles o demasiado cerradas no ya con otros, sino con su país o con su propia obra. Y en los sitios donde existe una base industrial para elaborar un “discurso” lo que buscan es eliminarlo para abarcar más, y no hablo de un tema identitario y comercial, eso sólo serían dos elementos más.

    Rossellini, por ejemplo, retrató mejor que nadie parte de su época haciendo películas sobre la Antigüedad Clásica o sobre el siglo XVII. Incluir una reflexión, más o menos visible, sobre la dificultad del medio para conseguir ese reflejo de un momento, me parece fundamental para intentar acercarse al mismo.

    Por cierto, siempre he querido discutir con alguien sobre una cosa de La Escapada (una de mis películas italianas preferidas) que me molestó mucho cuando la vi, si te animas un día a escribir sobre ella lo hablamos.

    Un saludo y gracias por la visita.

  • jesus cortes dice:

    ¿Qué te pasa con “Il sorpasso”?

  • Bueno, si alguien no ha visto la película que no siga leyendo porque le fastidio el final.

    La cuestión es que no encontré un sentido claro al final, no entendí en absoluto la muerte de Trintignant. Creo que no era necesaria y una vez tomada esa opción aparece como un castigo o absurdo o injusto. Injusto porque da a entender que el personaje no debería haber dado el paso hacia la diversión, que aquel no era su lugar, que ese tipo de gente no sabe medir hasta donde se puede llegar al romper la barrera de la timidez inicial, etc.

    Y está claro que no era su lugar, pero joder, se lo estaba pasando bien un rato, ya volvería a morirse de asco estudiando más tarde. Imagínate un final con Trintignant volviendo a la habitación, sentándose delante del libro y esbozando una sonrisilla, o cualquier otra cosa en esa línea.

    La película funciona muy bien con esa final, pero me cabrea no atarlo, no sé si Risi o alguno de los guionistas (Scola era uno) dijeron algo sobre esto. La muerte me parece una forma demasiado radical de rematar un guión abierto a muchas más -y mejores- opciones.

    Un saludo.

  • jesus cortes dice:

    Roberto, no creo que la muerte de Trintignant sea cruel, es lógica para otorgar a la película toda su dimensión de tragedia, como pasa en “Vertigo”. Ya me dirás qué hace el pobre Scottie para merecer tanta desgracia.
    A mí nunca me molestan los finales no felices siempre que sean coherentes. Hay incluso grandes películas con malos (increíbles, apresurados, falsos) finales felices y me gustan mucho menos que los catastróficos.
    Welles siempre muere en sus películas; ¿conoces un final más conmovedor que el de “Chimes at midnight”?. Una reconciliación con el Rey hubiese sido más bonita pero más inverosímil.
    No quiero explicarte esto tan obvio como si no lo supieras, sólo que opino que no está mal ese final en, y ahí coincidimos, una de las grandes películas italianas de los 60.
    Tengo debilidad por el final de “Way of a gaucho” de Tourneur. Es quizás el final más inteligente de la historia del cine, junto a algunos del maestro Shimizu, otro genio en clausurar una película, difícil arte ese.

  • Hola, Jesús,

    Estoy de acuerdo en parte, también creo en los finales duros/mortales, casi que siempre los preferí a los otros. Pero en este caso no me cuadró nada, hay formas y formas de rematar una muerte.

    Nunca he jugado a imaginar qué películas se podrían esconder dentro de la real, existe y punto, lo curioso es que La Escapada siempre ha sido una de las excepciones, no puedo por menos que reelaborar el final.

    Un saludo.

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