Ángel o diablo. Rubia o morena

“Fallen Angel” (1945) tal vez sea la película de género negro más famosa de Otto Preminger. Pide una y te la nombraran siempre la segunda, justo después de “Laura” (1944). Y ni de lejos es la mejor, puede que no llegue a ser más que una buena película. La sonoridad del título, seductor no cabe duda, tanto original como español y Linda Darnell (Stella) quitándose el zapato, se han impuesto sobre cualquier otro detalle en una muestra más de poderío pop.
Entonces, ¿qué falla? Ahí está el problema, no falla nada. Apenas tiene defectos llamativos, es una película más, terminada y pulida en la engrasada cadena de la T. C. Fox y con la maestría absoluta del director, actores, fotógrafo (Joseph LaShelle), etc. para cumplir con su trabajo. Si acaso le pesa un presupuesto limitado que le acaba por dar un aire más de B-movie del que sería deseable.
Apenas se puede argumentar que todo parece desinflarse en el último tercio, que se acusa cierta endeblez en la progresión de la historia. El gran problema de “Fallen Angel” es su inmediatez, la ausencia de esa ambigüedad extraordinaria y única en Preminger. El aparente misterio de la trama no es tal, por más que se prolongue en el tiempo y se descubra con algo de torpeza y a mata caballo en los últimos minutos. Uno espera no sólo el juego de manos final, donde el director tiene ejercicios de prestidigitación incomparables como “Daisy Kenyon” (1947) o “Anatomy of a Murder” (1959), sino esa incertidumbre tan centroeuropea, como en Robert Sidomak, esa indeterminación constante tan característica que apreciamos en algunas sus mejores películas de “suspense”: “Laura” (1944), Bunny Lake is missing (1965), Angel Face (1952), Advise & Consent (1962) y, sobre todo, “Where the sidewalk ends” (1950). Sin olvidar que hará presencia, con mayor o menor grado y acierto, en casi cualquier muestra de su filmografía: el melodrama (Bonjour Tristesse, 1958), el western (Río sin Retorno, 1954), el film “histórico” (Exodus, 1960 y The Cardinal, 1963) y hasta la comedia (A Royal scandal, 1945).
Así, “Fallen Angel” estará más cerca de “Whirlpool” (1949) que de “Where the sidewalk ends”, en tanto que ambas existen dentro de un patrón bastante rígido: buscavidas-forastero caído literalmente de un autobús1 que viene a perturbar una comunidad ya de por sí oscura y la manipulación a través de la hipnosis con el rastro del psicoanálisis hollywoodiense años 40, respectivamente. Las dobleces son escasas o auto-inducidas, como sucede con el caso que presentamos a continuación:
La secuencia es perfecta y funciona como gran parte del aparato visual en el cine clásico, a través de una continuidad intensificada, como diría Bordwell, o alterada según intereses dialécticos:
Ambientes: hogar contra tasca. Fondo vegetal –vs- fondo portuario. Cálido -vs- frío.
Atrezo: cortinas2 –vs- persiana funcional. Mesa –vs- barra. Vajilla, tetera de porcelana y mantelería –vs- jarra de cristal y demás cacharros mundanos.
Visual: frontalidad –vs- escorzo. Simetría –vs- irregularidad.
Personajes: rubia –vs morena. Pelo recogido –vs- pelo suelto. Delantal casero –vs- uniforme de faena (¡esos ribetes de los cuellos!). Compañía familiar –vs- clientes y extraños alrededor.
Movimientos: travelling de acercamiento –vs- travelling de alejamiento. Acércate, la rubia es de fiar. Cuidado, aparta, que la morena da calambre.
La fórmula elegida para la unión es un fundido a negro, no encadenado. Una precaución que da la impresión de querer rebajar lo evidente creando cierta distancia, pero esa separación resulta insuficiente, casi candorosa.
Desde la experiencia estrictamente personal, cuando la vi por primera vez, ya conociendo un tanto por ciento muy alto de la filmografía de Preminger, pensé: qué bueno es, qué gran director, ahora realiza una presentación superclásica, nos confiamos, y más tarde la destrozará invirtiendo los papeles. Total, es tan rotunda, clara y concluyente que resultaría casi gruesa de no ser así.

Pensamiento que seguía prendido durante los siguientes 20 minutos que tarda en volver a desarrollarse el personaje de June Mills (interpretada por Alice Faye). Claro, la ha hecho desaparecer, eso es otra señal. Augurios casi confirmados cuando traslada el enfrenamiento de ambientes a la Iglesia -vs- Bar y, sin duda, cuando apreciamos que la morena duerme con un osito de peluche. Ea, la señal definitiva, ¿cómo va a ser mala si duerme con un peluche en un cuartucho? Su aparente maldad sólo viene de ese residuo infantil, del déficit sentimental y el trauma, bla, bla, bla. El osito era la exteriorización definitiva del conflicto entre pares y la coartada sentimental de Stella.
La película continuaba y se esperaba el desenlace pero, mira, la rubia crecía en abnegación hacia el crápula. La morena termina como se preveía y tan solo cabía la esperanza de que Clara, la otra hermana solterona (Anne Revere), se hubiera vuelto activa para vengar el posible chuleo de Dana Andrews… nada. Ni siquiera el desenlace del whodunit rompe la desilusión de, paradójicamente, unas expectativas satisfechas desde el comienzo, desde el minuto 11 de metraje.
Lo que se observaba era todo lo que había. No existía pretensión escondida, nada críptico, sin vueltas de tuerca ni demanda participativa alguna, todo lo necesario era ejercitar la pura proyección afectiva para establecer las eternas identificaciones primarias, que, oye, tampoco es para quejarse. La única gran pregunta, falsa, la planteaba el título en español: ¿Ángel o Diablo?











