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La guerra virtual
La retórica sobre las “guerras virtuales” ha sido puesta en ridículo con cada confrontación bélica. Y tendrá su última frontera con un holocausto nuclear, llevado a cabo por el dominio incompleto de la materia. Obstinada materia, cuyo desarrollo e innovación están por venir para hacer cumplir la célebre profecía de Einstein; la del regreso a la lucha con palos y piedras.
A propósito de la 1ª Guerra Mundial, ya se abrió un duro debate (teórico, el funcional estuvo presente con cada innovación, supongo, desde el principio de los tiempos) sobre el papel de la tecnología como componente aséptico aplicado a la guerra. Sectores del Futurismo quedaron enfrentados a los dadaístas, al considerar aquella lucha como la absoluta liberación, clave y puerta para el porvenir. La visión dadá, al contrario, la vio como muestra definitiva de la necedad y enfermedad burguesa; despezada también en el campo de batalla por ese nuevo poder.
Resulta doloroso que, cuando el conocimiento humano emprende la búsqueda del bosón de Higgs, los intelectuales, los políticos y los periodistas -para referirse a la guerra- sigan utilizando de manera impune, “eufemismos” como “virtual” o “desmaterializada”.
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Recordando un poco lo de la semana anterior, ¿cuántos photoshop pasarán a la historia? Ya sabemos qué manipulaciones fotográficas analógicas han ido encontrando su sitio, pero poco sabemos de las digitales. Las hemos metido todas en un mismo saco (en el de la sospecha) por el miedo a enfrentarnos a cada una -millones- por separado. Ante lo digital, primero desconfía, luego, si quieres, conspira.
Sin embargo, hay un retoque fotográfico digital del que ya podemos decir que sí ha perdurado. George Mahlberg lo realizó en 1996, modificando -tras unos 40 minutos de pelea con el Photoshop- la célebre fotografía tomada por Bob Jackson del instante en el que Jack Ruby asesinaba a Lee Harvey Oswald durante su “extraño” traslado policial en Dallas el 24 de noviembre de 1963. La nueva imagen se convirtió, con el tiempo, en ejemplo recurrente para cualquier estudio o teoría sobre la imagen digital; diría que hasta de “lo” digital, en bruto. No creo que necesite mayor legitimación, para mí tiene toda la dignidad de cualquier gran obra de arte, es más, la considero mil veces mejor que muchos Duchamp o que cualquier Warhol.
La imagen de Mahlberg es admirable por muchos motivos: tiene el valor del pionero, es brillante en la ejecución técnica, establece un discurso a múltiples niveles (tecnológico, artístico, histórico, factual), es una bomba semántica y, encima, ¡tiene copyright! Especialmente interesante el juego con la conspiración en torno a JFK. Podemos decir que esta imagen es el contrapunto digital/estático/cómico a Zapruder: analógico/cinético/dramático. Ante la dificultad de banalizar un tiro en la cabeza, nada mejor que hacerlo con la tramoya mediática y con los intereses no revelados. La debilidad de la fotografía frente a la verdad. Su majestuoso potencial para la mentira.
Todo esto, porque el otro día la recordé gracias a mi adicción al gif animado, esa exaltación del loop con la que uno puede quedarse atontado, como diría Battiato, over and over again. Un clásico popular, un anónimo, un icono -uno de tantos- de los foros. JCVD & Bolo Yeung interpretando Bloodsport (Contacto Sangriento, Newt Arnold, 1988).







