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Cuatro cosas sobre Project X
I. Relato
Cuando la modernidad decidió que había que enseñar o alargar lo que en el cine clásico era elipsis o transición, todos lo consideraron un atrevimiento histórico. Antonioni nos hurta el conflicto novelesco y prefiere contarnos las angustias de sus chicas mandándolas a pasear. Nima Nourizadeh hace lo propio con la acción sexual de uno de sus referentes: el frat porn. Todo aquello que el dedo ejecutor del espectador mutila en un College Fuckfest y derivados (College Rules, Fuck Team, Dare Dorm), nos es mostrado por Nima con todo su empeño.
Como Antonioni, Nima sabe que la narración necesita equilibrio. No se puede mantener ni la calma ni la tensión de manera perpetua. Antonioni podía introducir un guantazo que tenía el mismo efecto en el relato que una persecución de coches de Frankenheimer. Después de una passeggiata cualquier cosa era recibida como un clímax. Al margen de la gradación perfecta de la destrucción, Nima alivia el escamoteo del sexo explícito con tetas. Los dos conocen bien la poética de Aristóteles.
II. América
Es curioso que una de las mejores representaciones actuales de la cultura popular americana, la haya tenido que hacer un inglés con ascendencia iraní. El gran retrato de América fue realizado por cineastas con raíces emigrantes más o menos cercanas a su nacimiento. Por supuesto los “irlandeses” Ford y Walsh, pero también Capra, Wyler, Zinnemann, Wilder, Preminger, Kazan, etc. Nativos al margen, los pasajeros del Mayflower jamás le habrían tolerado a uno de los suyos algo semejante.

Project X es una película global, pero transmite algo de esa sensibilidad del cineasta “extranjero”. Está la fascinación por el país de acogida y, sobre todo, por sus ceremonias. Pero también la profesionalidad. Esa cosa tan extraña hoy día de las cosas bien hechas. Ya sea hacer una película, arreglar un grifo o pintar una pared. A Project X se le podrán imputar muchas cosas, pero nunca que es una película deslavazada o chapucera; es impecable.
Es increíble. Aún respiran el mismo aire que trajeron en el Mayflower.
(The Last Hurrah, John Ford, 1958)
III. Forma y fondo
Llegó un punto en la historia del cine reciente en el que la (vídeo)cámara en mano y la deslocalización del punto de vista mediante dispositivos automáticos, pasó de novedad a recurso y de ahí a simple excusa para esconder la falta de oficio, cuando no de talento. Aquel temor del cineasta novato a la hora de colocar la cámara, desaparece. Un teléfono, una cámara de vigilancia, una webcam… El empeño por mantener a rajatabla la fórmula, ha convertido la libertad original en prisión. El espectador convertido en narratólogo ocasional para saber si el punto de vista se ha roto o mantiene su rigor intacto.
En Project X ese problema existe pero queda superado por las circunstancias. Todo lo contrario que en Chronicle (Josh Trank, 2012), cuyos esfuerzos por mantener ese “rigor” terminan siendo agotadores. Una de los grandes misterios del 2012 fue el trato tan diferente dado a estas dos películas. Es asombroso –diría más, trágico- que a una película como Project X se le sigan pidiendo responsabilidades morales. Es como pedírselas a los hermanos Marx. Mientras, a Chronicle se le rio la gracia aunque no la tuviera y se le invistió con la dignidad nerd de los superhéroes.
Antonioni utilizaba la fiesta como símbolo de la decadencia y la banalidad burguesa. Lo grotesco. Nima en pleno finis mundi interruptus, nos entrega un filme sobre el apocalipsis verdadero: el de la vida suburbana. Esto es, el apocalipsis como espectáculo definitivo al que la sociedad no está dispuesta a renunciar siempre y cuando pueda verlo a salvo desde su jardín. Lo sublime. Project X no es gamberra y mucho menos irresponsable como hipan los santurrones, es subversiva.

Una de las cosas que peor tolera la gente, es la diversión ajena. Yo en la vida real sería el vecino flanders que llama a la policía. Pero como espectador le deseo los siete males.
IV. Crítica
Otro de los problemas de la película radica en que la crítica que debería haberla rescatado de la senilidad mostrada por otros, no ha cumplido del todo. A nadie se le escapa que la crítica en Internet corre a cargo, en su mayoría, de la generación criada durante los años ochenta. Y no hay nada peor para el análisis y la verdad que la educación sentimental. Algunos no pueden concebir que el concepto de desmadre ya no sea el de Bachelor Party (Neal Israel, 1984), su burro y su perrito caliente.
Podemos malgastar el tiempo reivindicando nuestra derecho a la nostalgia. Hacer revisionismo de mediocres como John Hughes o, en cambio, estudiar una película como Project X alejada en teoría de nuestra generación. De otra forma corremos el riesgo de convertirnos en la carcunda ochentera. No_Garcis prematuros lamentando los días de mondas de patata y jilgueros fritos.

Quizá haya llegado el momento de que muchos arríen el póster de Cyndi Lauper y pongan en su lugar el de Katy Perry. Porque una de los detalles que hacen que Project X no sea una obra maestra, es la ausencia de un cameo suyo. No me entra en la cabeza que no se le ocurriera a nadie. Es también nuestra responsabilidad hacer justicia con unos iconos cuya generación de consumo los limita a la masturbación. Si nosotros no elaboramos una teoría estética de los muslos de Katy Perry, los canis no van a hacerlo.
No hace falta que diga que este texto (como la película) está escrito desde el punto de vista de un hombre. Pero mi lado goslingniano alcanza para extender esa petición de avance a cualquier mujer que no quiera seguir poniendo una y otra vez el VHS de Dirty Dancing (Emile Ardolino, 1987). Ese momento cuando Patrick Swayze le dice a Jennifer Grey, en un tono ciertamente caballeresco, que no permitirá que nadie la arrincone. Si no queréis escribir sobre cine como lo haría vuestra tía la solterona, no esperéis a que Patrick Swayze os saque a bailar.
Otro ejemplo. En primera persona. Que de pequeño -además del catecismo- me supiera de memoria todas las canciones que cantan en Rock of Ages (Adam Shankman, 2012), no puede condicionar mi juicio: es un facesitting sin bidé previo. La música de Project X me es ajena, no hay ni una canción que me guste –ni siquiera el célebre We want some pussy- y sin embargo admiro su utilización y su adecuación, más allá de que el director venga o no del spot y el videoclip.
Creo tener clara la frontera entre el placer y la humillación, entre el halago y la manipulación. Pero hay que estar alerta para no caer en el chantaje emocional de verte convertido en target publicitario. Ves la foto de un tipo anunciando una hipoteca que te recuerda a tu compañero de pupitre, te ablandas y piensas: en el fondo estos de los bancos no pueden vivir sin mí.
El cine tenía un precio
En siglos pasados eran las putas, los sepultureros o los verdugos. En la España del siglo XXI no reconocer vinculación con un oficio o hacerlo con vergüenza es cosa de la gente del cine. Si queréis un síntoma que ayude a diagnosticar una sociedad enferma, ahí lo tenéis. Por mi naturaleza perezosa siempre eludí dar explicaciones cuando me preguntaban por mi relación con el cine, pero de un tiempo a esta parte directamente la niego. Repito que en mi caso es pereza que no vergüenza, pereza tras comprobar mil veces que el cine en este país no es que tenga una imagen distorsionada o rebose tópicos, sino que directamente no se sabe qué es. No se sabe ni cuando fue inventado, ni los oficios y el talento que alberga, ni, sobre todo, lo maravilloso que es.
A la hora de hablar de cine español en particular, reina el comentarista de periódico digital. Algunos se pegan latigazos o se ponen un cilicio, yo leo los comentarios de las noticias. Esos hogares donde los padres comentan en El Mundo y los hijos en el Marca, o al revés. Donde el cine es cosa de rojos millonarios que nos roban los impuestos para hacer películas de la Guerra Civil. Donde las películas son instrumentos para adoctrinar en el arte de la masonería, para atacar a la Iglesia, para sacar maricones y chavales drogándose y abortando. Ante esto es imposible razonar, más que nada porque todo viene reforzado desde las propias líneas editoriales de los medios de comunicación que los acogen; empezando por el reaccionario y frívolo entre los frívolos El País.

Tras la última y disparatada subida del IVA, la historia se repite y crece. Los mismos que pagan diez euros por una copa de garrafón, por un filete que es pura hormona, por dos paquetes de tabaco, por echarle gasolina al coche para tomar el vermú del domingo, claman contra los precios del cine con o sin IVA. Y es que el cine no es ninguna falsa necesidad, ni siquiera una necesidad cultural, es -como la literatura- una necesidad puramente biológica demandada por un cerebro que ha evolucionado de la mano de las narraciones desde el Pleistoceno. Esa gente que alardea de no ir nunca al cine, que alardea de su estupidez. El patriota futbolero que se siente orgulloso de su retraso mental dejándose la vida en insultar al cine español, como si tuviera mínima idea de lo que es. A ver garrulos, decid que no sabéis lo que es el cine, no que no os gusta o que es malo, y que por lo tanto no estáis en condiciones de juzgar si su precio es abusivo. Cuando tengáis cierta conciencia quizá sigáis pensando lo mismo –yo pienso que el cine podría ser bastante más barato-, y a lo mejor hasta dejáis de bajaros el primer CAM de la última mierda que aparezca por la Red.
Porque el cine de calidad es ese, el “gratuito” grabado con una videocámara o el codificado chapuceramente. Internet está lleno de paletos que por quejarse se quejan hasta de las películas en Alta Definición porque tardan mucho en descargarse, porque ocupan mucho espacio o porque se ven mal, ¡a saltitos! Estos últimos son los que, sin tener ni la EGB, “disfrutaron” de buen dinero años atrás, los que creyeron ascender en la escala social dejando de ser parias para autoconsiderarse de derechas. Ahora, reprimen la mueca de asco que les produce el ass-to-mouth tan delicioso al que están siendo sometidos. Ahora, con el agua al cuello, empiezan a apreciar el valor del conocimiento, del tiempo y del espacio hasta límites que personalmente me inspiran cualquier sentimiento menos la compasión. Brother, can you spare a dime? Bueno, quizá muchos sigan sin valorarlos y de ahí su empeño en hacer el ridículo por redes sociales, foros y periódicos.
Gran parte de los cambios del cine no proceden de los cineastas ni de la evolución tecnológica o narrativa, sino de la percepción que la gente tiene de él. Ahí es donde resulta tan dañina la propaganda de todos esos comentaristas analfabetos, la de los tertulianos casposos y la de gobiernos falaces y revanchistas como el actual. Quiero decir, ¿sabéis dónde se formaban las mayores colas durante la Gran Depresión?: sí, al principio en las puertas de los bancos hasta comprobar que aquello no era un banco sino una fosa séptica, luego en las de las fábricas, en los comedores y ejércitos de salvación y… en los cines. El cine sufrió la Gran Depresión como cualquier otra industria, con el agravante de estar en plena transición (logística y estética) al sonoro. Se cerraron salas, se redujeron los salarios y bajó drásticamente la asistencia (el 50% entre 1929-1933 aprox.), pero se recuperó (a partir de 1934 la asistencia a salas se dispara). Por ejemplo, todo un icono del mundo del espectáculo como el “multiusos” Radio City Music Hall, se inauguró en 1932.

Porque el cine, además de bajar los precios (debía costar entre 15-25 centavos), de inventarse promociones o de intensificar las sesiones múltiples con producciones baratas, ofrecía lo que hoy tantos no saben, no quieren o no dejan apreciar. Ofrecía eso que luego la izquierda intelectual -¡otro oxímoron!- a partir de los sesenta quiso denigrar por considerarlo una estrategia capitalista para enmascarar los problemas: diversión, emoción, empatía… una lista de afectos interminable que en ningún caso resulta incompatible con el pensamiento crítico. Porque el cine no es revolucionario cuando filma el asalto del Palacio de Invierno, sino cuando contribuye a no convertirnos en lo que muchos quieren: en odiadores profesionales.
Así de juguetona es la Historia. La única que nos enseña que la Rusia bolchevique tuvo que echar mano del maligno libre mercado (NEP) para reflotar el país tras la Revolución y que los chachiliberales Estados Unidos tuvieron que entregarse a las políticas del liberticida Estado para superar la Gran Depresión. Hoy no podemos ser tan ambiciosos y compararnos con periodos que cuentan con una dimensión casi estética. El romanticismo alleniano del cine como escapismo no es trasladable al momento actual. La estética de un tiempo se difumina cuando los afectos se buscan en la pornografía y las colas se hacen en la Apple Store. Hoy solo asistimos a la crudeza de una socialización de pérdidas privadas ejecutada de manera gangosa por unos trileros con idéntica capacidad intelectual a la de su célula social: el comentarista de periódico.
Boris Barnet, un tipo genial
Descubrir Polustanok (Boris Barnet, 1963) a estas alturas además de para disfrutar de uno de esos momentos que justifican una afición, me sirve para reafirmar dos ideas: Boris Barnet es uno de los directores más divertidos de la historia del cine, y nunca subestimes el último aliento de los grandes cineastas.
Barnet destroza el oxímoron del ruso gracioso. Los rusos son divertidos o hacen gracia cuando no ponen intención en ello, da lo mismo si es antes o después de la segunda botella de vodka. Un ruso solo hace gracia en un meme o en Youtube. Quiero decir, cuando se tira de un puente y se mata, cuando se cuece y baila en una discoteca, cuando lo ataca un oso, cuando se estampa con el coche o cuando canta una canción sin letra. El ruso es estoico por naturaleza, pero también retórico. Si queréis perder el tiempo buscad un ruso de a pie que produzca risa de manera consciente y un cineasta –quitando el periodo prerrevolucionario- que no sea un retórico completo o circunstancial.
Bueno, de entre los silentes a mí se me ocurren unos pocos y Barnet, Kuleshov, cosas de Ermler, Medvedkin y de la olvidada Olga Preobrazhenskaya, están entre ellos. El naturalismo psicológico de Ermler a veces parecía más de los Prometheus alemanes que de la vanguardia bolchevique, lo mismo que le pasaba a Preobrazhenskaya con el drama rural francés. Medvedkin compartía con Barnet el sentido del humor y la ironía, y Kuleshov era otro cachondo de cuidado además de un maestro con todas las letras. Hasta los más delicados tuvieron películas o épocas cargantes, Dovzhenko sin ir más lejos hizo algo como Shchors (1939).

Pero esto iba de Polustanok, donde a Barnet no le basta con ser un ruso gracioso, sino que convierte en originales el argumento y las situaciones que el cine se encargaría de vulgarizar década tras década hasta hacer cumbre en Local Hero (Bill Forsyth, 1983). Lo asombroso es que en este hospitalario koljós caben de la Ealing a Hawks sin perder un mínimo de identidad rusa. Y cambiando totalmente de tono también encuentran sitio la febril Pánico en la granja (Stéphane Aubier, Vincent Patar, 2009) y hasta el Wicker Man original (Robin Hardy, 1973). Polustanok es de las películas que tras ser vistas uno no concibe que el mundo siga lleno de hijos de puta. Pero apagas el reproductor, te salta un canal de televisión y allí sigue la legión de tontos.
Apenas 66 minutos hechos con cuatro perras por un director de vuelta de todo. Un simpático y barato dibujo animado para los genéricos, tres o cuatro decorados y unos personajes extravagantes y absolutamente deliciosos. Me atrevería a decir que Polustanok es tan buena como By the bluest of seas (1936). La maestría para saber cuándo hacer gracia y cuando emocionar (como Lubitsch, Pagnol, Sturges, Renoir, De Sica, McCarey, Ozu, etc.). Lo primero alcanza su clímax con el repaso que le hace la abuela a Pavel Pavlovich de la galería de retratos en los que ha posado como modelo para los incontables pintores que han pasado por el koljós. Una historia del arte tronchante y con una capacidad de sínteis que ríete de la de Gombrich. Lo segundo nunca se amontona, ni siquiera al final, para no traicionar con blandenguerías este elogio de la vida y de la buena gente.
Melancolía de las cavernas
… la quimera de supuestas inspiraciones de lo alto y de fuerzas
que influirían sobre nosotros sin nuestra cooperación
y quién sabe de dónde procedentes;
en la quimera de los iluminados y los aterrorizados.
Pues, sin notarlo, hacemos supuestos descubrimientos
de lo que nosotros mismos hemos introducido en nosotros.
(Immanuel Kant)
Desde la teoría de los cuatro humores o temperamentos, desde que Hipócrates estableció aquella relación entre la bilis negra, el bazo y el influjo de Saturno, han cambiado muchas cosas en la medicina. Nadie medio cuerdo saldría satisfecho de una consulta en la que le han dicho que tenga cuidado, que sus humores están desequilibrados, que la bilis negra prevalece y que ese estado depresivo se debe a que la melancolía está haciendo de las suyas. Bueno, tal vez sea demasiado optimista: hay millones que todavía se siguen creyendo cuentos y homeopatías más dañinas. A Hipócrates hoy se le jura, no se le imita. Mientras un médico actual te hará mil pruebas y preguntas, un historiador o un periodista no dudarán en mentarte la bilis negra. Siempre que veo un gallo decapitado, un cura, una caribeña con los ojos en blanco o un santero escupiendo ron, saco mis libros de historia del arte.
Cuando era todavía más inocente que ahora –que lo soy mucho-, me encantaban las historias sobre artistas arrebatados y genios chiflados. Relatos que con el tiempo y con otras lecturas terminaron convertidos en lo que son: hagiografías invertidas. En muchos casos les reconozco su valor literario, su capacidad para el entretenimiento y para la fantasía. Además les disculpo porque en un oficio tan difícil hay que buscarse los monises, y la única manera de hacerlo era y es por ese camino. Ni cristo se va a comprar un libro sobre un artista que se hace un colacao con magdalenas, por muy proustianas que sean. Ni de uno que duerma ocho horas, que lleve a sus hijos al colegio y que folle poco y mal.

Tampoco se puede negar que hay trabajos rigurosos o directamente ejemplares en contenido y metodología. Hilvanando la vida más allá de los humores con la sociología, la biología y la medicina verdadera. Por desgracia todos terminan contribuyendo a reforzar el mito. Robert Burton, Wittkower, Panofsky y Saxl, Bartra, Ernst Kris… el estudio de la personalidad del artista melancólico sigue sin un cabo al que agarrarse. A la espera del desarrollo definitivo de las neurociencias. Hasta entonces habremos cambiado los humores grecorromanos por el hálito divino o luciferino medieval, el mito saturnino renacentista por la estética volitivo-elitista moderna, y la pose decimonónica por la neurosis psicoanalítica. Los hemos cambiado y los hemos combinado y en ello seguimos, en un pastiche infecto de teología, patología, metafísica, astrología y crónica rosa. Un buen ejemplo de la influencia y la confusión que genera el tema del atormentado y su literatura, es lo que LvT, un tipo que aunque lo parezca y lo explote no es nada tonto, ha sido capaz de hacer en su inane última película.
Los que todavía lean algo de por aquí sabrán que ya he criticado bastante todo esto, y no voy a insistir más. Solo mostrar mi creciente rechazo hacia los que sí siguen insistiendo en el sensacionalismo y en investigaciones y métodos que ya eran viejos hace veinticinco siglos. Así como hacia el artista malote al que lo único que de verdad se le yergue es el meñique mientras sorbe café. Pero como decía la mona Chita, no pasa nada, véis, no me enfado. Como muestra intentaré aportar algo. Puro sentido común: en lugar de realizar una carta astral, excavemos y documentemos; en vez de mirar las estrellas, miremos a las cavernas:
El registro arqueológico demuestra que el arte de la Edad de Piedra no es el producto de unas circunstancias confortables (…) sino que habitualmente se producían cuando la gente vivía en condiciones de gran tensión.
El florecimiento del arte paleolítico en Europa se desarrolló en un momento en que las condiciones medioambientales eran extremadamente duras, en torno al punto álgido de la última glaciación.
A que es sencillo. Pues no encontraréis ni rastro de algo parecido en los estudios sobre la producción de arte en tiempos de crisis ambiental o personal. Steven Mithen (1) recibió muchos palos por su teoría de los módulos mentales y por su explicación del big bang cultural (60.000 – 30.000) como producto de su “coincidencia con la gran configuración final de la mente”, pero fue de una valentía inaudita. Personalmente sigo siendo escéptico a la hora de relacionar de manera directa el arte y el temperamento creativo con las dificultades y el tormento. Ahora, si un día cambio de opinión empezaré por las cavernas, nunca por Saturno.
Y como de vez en cuando esto suele ir de cine, os dejo unas estampitas. Que os habéis quedado en la cita de Kant desgraciaos’. Aunque por una vez tendréis razón, es como daros un palo detrás de las orejas según vais entrando.






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(1) Mithen, Steven: Arqueología de la mente. Orígenes del arte, la religión y la ciencia, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1998, pág. 169.
