Archivo de abril de 2009

Luis Buñuel rompe la hora en Shangri-La

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Los compañeros de Shangri-La. Derivas y ficciones aparte, acaban de airear, como hacen con puntualidad en cada cambio estacional, un nuevo número, el octavo. Esta vez le toca el turno a Luis Buñuel. Además, incorpora los despojos del dossier Maddin, el último artículo dedicado a My Winnipeg que han aprovechado -muchas gracias- para actualizar su edición del número 1 de Encuadres: Guy Maddin. Viajero en el tiempo. Algo que servidor, holgazán como pocos, todavía no ha tenido la diginidad de hacer con el pdf que corre, entre delirios, por estas tierras.

Difícil encontrar una fecha más apropiada para hablar de Buñuel, para verlo y para leerlo. Cuando a las 12 de la mañana del Viernes Santo la Rompida de la Hora en Calanda termine por alborotar la Semana Santa a tamborrada limpia, tal vez el maestro aragonés cumpla una de sus agudas amenazas y abandone un rato la tumba para ir a comprar los periódicos del día:

Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba1 .

Se reiría a lo grande con nuestros “nuevos” desastres, y a buen seguro los reconocería como los viejos ya vividos que sólo se han metamorfoseado en algo todavía más grosero mediante una purga enfermiza y trilera de las formas. En lugar de asistir a la enésima vez que Peter Ustinov incendia Roma disfrazado de Nerón, a los esfuerzos de Charlton Heston por meter tripita para deleite de Mesala o la discusión sobre con cuántos clavos crucificaron a Cristo y quién los filmó con mayor acierto, no desentonaría volver a ver algún Buñuel.

Ojo, lo del péplum acomodado a las fechas, televisión mediante, me parece una delicia, muy kitsch, pero delicia al fin y al cabo. Es casi como una hipnosis regresiva, una de esas situaciones que te devuelven a momentos en los que no habías padecido lo que luego habría de venir y que, por lo tanto, terminas idealizando de manera un tanto lastimera con ayuda de los mecanismos cerebrales oportunos. La verdad es que al péplum le sucede algo parecido a la ciencia ficción, cuanto más cutre, más encantador se vuelve. Un fenómeno que solía ir en proporción al crecimiento muscular y mamario de los y las protagonistas, Terenci Moix ya hablaba de esto, así que ya sabéis dónde acudir si queréis ampliar nociones sobre sicalipsis romana y la homosexualidad del gladiador. Y también dónde ir si queréis volver a Buñuel.

  1. Buñuel, Luis: Mi último suspiro. Plaza & Janés, Barcelona, 2001, p. 303. []

Arte en fotogramas. Cine realizado por artistas

arte-fotogramasArte en fotogramas. Cine realizado por artistas viene firmado por Carlos Tejeda y es uno de los últimos volúmenes editados en Ensayos de Arte Cátedra durante el año 2008. La escasez de literatura en español sobre las diferentes vanguardias cinematográficas siempre ha sido, para quien escribe, una ausencia dolorosa, más todavía cuando hasta hace poco formaba un dueto terrorífico con la dificultad de acceso a las obras en sí mismas. Puntuales ediciones en DVD vinieron a aliviar lo segundo, si bien abrieron otro gran debate que tampoco parece tener la importancia que uno le concede, pues resulta llamativo cómo el digital ha rescatado cantidad de obras que hicieron de la materia un agente creativo libre y directo, por manipulación, por degradación intencional o azarosa, por características físicas del soporte, etc. Una atractiva discusión pasada por alto sobre las consecuencias y las implicaciones en torno a los cambios materiales, de reproducción y percepción.

Si, como decimos, los diferentes medios de reproducción (ahora el DVD, antes el VHS y hasta los subestándar) han hecho más soportable la situación, para la cuestión de la literatura no ha habido lenitivo que valga más allá de la adecuación al idioma de turno: el francés en las vanguardias de comienzos del siglo XX y el inglés para la segunda parte de la centuria. El español naufragaba en paralelo, sin referencias escritas y con prácticas escasas y absolutamente marginales que, a pesar de contar con casos de interés excepcional, nunca tuvieron tratamiento extenso en los estudios críticos; una fiel prlongación de su vida comercial.

El libro que nos ocupa no será el gran redentor pero su temática, de entrada, ya resulta estimable. Después de años leyendo en inglés sobre las peripecias de Alexeieff, Snow, Kubelka, Cornell, Brakhage, Lye, Fischinger, Belson, Sharits, etc. resulta extraño y hasta placentero poder hacerlo en el idioma materno. Esta es la gran virtud del texto, traer de visita una ristra de obras y personajes olvidados durante demasiado tiempo y que han terminado siendo un punto de referencia inexcusable para la comprensión de la historia del cine, y pobre de aquél que ignore esta última condición: será tuerto sin saberlo.

En el lado negativo, Arte en fotogramas, adolece de planteamiento teórico, encaminándose decidido hacia el valor nominal de una guía, flaquea en los análisis textuales y en alguna catalogación para cribar artistas-cineastas (Greenaway, Lynch, etc.). Esto es, no es un libro a la manera de Sitney o Wees en lo cinematográfico, ni a la de Andreas Huyssen en lo histórico, aunque transiten en algunas de sus páginas los mismos terrenos. El problema de enfrentarse a la discusión teórica de manera coherente en este tema es peliagudo y necesitaría, tal vez, de otro tipo de libro, pero puestos a exigir se echa de menos la inmersión en el fango. Ese delicioso barrizal que acabaría poniendo entre interrogaciones, o quien sabe si entre exclamaciones, el mismo título y subtítulo del libro.

Con ello el libro gana en claridad y en manejabilidad mientras pierde la oportunidad de asumir un riesgo que sigue pendiente en este país, el de ir creando referencias y ensayos sobre la producción de las vanguardias cinematográficas, sobre el valor conceptual del término y su relación con el de arte y cine, al tiempo que se pueda hilar una genealogía del invento superando el absurdo debate sobre la legitimidad artística del medio y la recurrente aparición de los juguetes ópticos, la pintura, la fotografía, la caverna de Platón y los bueyes de Altamira. Es decir, reflexiones donde la teoría forme bola con la técnica más que con lo biográfico (del cineasta) y lo descriptivo (de las obras) y donde la estructura encargada de sostener a ese Frankenstein quede en manos de la Historia.

Completa el libro (Capítulo III) una bio-filmografía (además de un índice onomástico y una bibliografía) que pone rostro a muchos de los artistas implicados y que termina subrayando la sensación ya mencionada más arriba sobre la preeminencia del valor de guía o consulta inmediata. Lo cual no es un defecto, faltaría más, pero tampoco incompatible con lo demandado aquí.

Ficha bibliográfica:

Título: Arte en fotogramas. Cine realizado por artistas.
Autores: Carlos Tejeda.
Edita: Ensayos Arte Cátedra (Madrid).
Idioma: Español.
Ilustraciones: Sí. B&N y color.
Dimensiones: 15×21 cm.
Año: 2008.
Páginas: 427.
Precio: 22.50 €.

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