Archivo de Abril de 2009
El vestido rojo de Bette Davis


(George Brent es Buck Cantrell) Julie, ¿te has vestido para una matanza de cerdos?
(Bette Davis es Julie) – Esperaba que te gustara.
(B. Cantrell) – Hace que me sienta incómodo.
Jezebel, William Wyler, 1938.
Violencia juvenil y cine

La consideración de los jóvenes como una especie decadente respecto de generaciones anteriores, sobre todo la de sus padres, ha sido uno de los grandes mitos de la humanidad. Estos muchachos nos llevarán a la ruina, se dice, han perdido los valores que hasta ahora nosotros y nuestros antepasados hemos luchado por conservar y mejorar, se afirma, además, carecen de cualquier interés y no tienen otra inquietud que no sea la de preocuparse por ellos mismos, se concluye. Existe también una versión genérica de la queja, que en lugar de acusar a los individuos suele optar por clamar ante el concepto: la juventud, maldita juventud, maldito tesoro. Un gran saco el de los conceptos, ideal para manejar y catalogar grandes cantidades de nada.
Teorías para explicar esta acritud hacia lo juvenil las habrá a patadas, desde la pena, canalizada para renegar del pasado, por haber dejado de serlo uno mismo, hasta la lógica evolución personal, otro mito que nos avisa de que con el paso del tiempo cualquier movimiento, por pequeño que sea, se convierte en estridente a nuestros sentidos. La irrupción de una horda maleducada y egoísta queda pues como ejemplo eterno de una deriva social que, lejos de concluir en la catástrofe anunciada, es reabsorbida con los años para volver a brotar con la nueva prole engendrada por los últimos acusados, ad infinítum.
De hecho, siempre ha pasado lo mismo, los egipcios ya se quejaron, no menos lo hicieron griegos y romanos y seguro que hasta en las tribus bárbaras del norte de Europa el padre de turno le calzó más de un guantazo al hijo por tocarle las pelotas al comerle la pata de jabalí asado y el vino. A saber lo que pasaba en las cavernas, buen material para la ficción, no cabe duda, sobre todo si nos acordamos de otro gran mito infantil, el del joven salvaje.

Una muchachada que, a ojos de los adultos, no piensa en otra cosa que en divertirse. Y divertirse como sinónimo único de follar y beber, como si estas fueran acciones escatológicas, fuera de cualquier orden humano o social, cuando en realidad son pulsiones básicas e inextinguibles, si acaso atemperadas por el declive fisiológico de los organismos. Grandes relatos (y pinturas, esculturas, etc.) sobre el estudiante ajumado y sifilítico lo atestiguan, así como los dedicados a las golfas que, tarde o temprano, debían solicitar los servicios de la celestina más cercana para darle un pespunte al himen.
Hasta aquí todo correcto, mejor dicho, todo incorrecto para los sucesivos progenitores. Pero aunque no lo parezca, existe una gradación en ese aparente libertinaje denunciado. Lógicamente hay maneras de dar carrete a la lujuria y a la gula, sobre todo cuando entre ambas termina aflorando el otro instinto animal contra el que también luchamos: el de eliminar al oponente. Es entonces cuando asoma la vía del crimen, un camino que también se bifurca, pues no serán equivalentes lo accidental y lo deliberado, es decir, ejercer a sabiendas el mal y ser lo más perverso posible. Ahí, en ese goce, la pulsión criminal se escinde de las otras dos para convertirse en juego insuperable, en combate o en unión de lo instintivo y lo racional, el del refinamiento en la maldad que crece exponencialmente cuando el dolor y la angustia de la víctima es inversamente proporcional a la indiferencia sentida por el ejecutor. La escisión citada, la obsesión por un solo hecho obviando el resto, aparecerá como la línea directa hacia la psicopatía, esto es, la compleja distinción o mezcla entre indiferencia y placer en la mente del asesino.
Más difícil todavía cuando los implicados pertenecen a esa juventud que hace de la inconsciencia una defensa fraudulenta y ventajista. El cine, en estos casos, ha sido, en ocasiones, mucho más agudo en sus análisis que los propios tratados y estudios de psicólogos, sociólogos y demás grey; por no hablar de tertulianos y advenedizos practicantes del intrusismo más impúdico. Algunas películas han utilizado el conflicto de manera magistral, no tanto para mostrar el problema de unos chicos enloquecidos por las hormonas o por un agudo desapego, sino para enfrentarlos con el resto de la sociedad. Con ello, y sin exculpar a los eventuales asesinos, el problema se convierte en global, en un hecho que no queda aislado en los “actores”, en un problema cuyas causas y consecuencias resultan estar más compartidas de lo que se pensaba.

En contra de las repetidas dobles parejas: cine-juventud + violencia-gratuidad, no pocas veces se ha recurrido a la violencia más explícita como mecanismo de denuncia. Difícil de cuadrar y muy poco comprendida en la mayoría de las ocasiones, no cabe duda, pero que de tarde en tarde ha funcionado como un gran reloj, con sus campanadas incluidas. Una cuantas siempre han retumbado en mi cabeza, a medio camino, como sucedía con los asesinos, entre el placer y la repulsión. Sentimientos que, en todo caso, evitan mandarlas al olvido por mucho que esto se haya deseado.
Podría estirar a doce campanadas, quizá alguna más hasta poner el reloj en modo 24 horas, pero tengo desde hace tiempo mi particular póquer de la muerte en el curioso género de jóvenes airados. Todas, este póquer y otras tantas, sin excepción resultan efectivas por la lapidación del tótem occidental-burgués: la propiedad individual y colectiva, simbolizadas en el hogar y en los diferentes lugares públicos. Espacios por donde poder transitar de manera más o menos funcional o lúdica sin problemas.
La irrupción brutal de lo imprevisto-ofensivo en lo cotidiano. La figura del forastero como germen de una forma de terror por otra parte muy arraigada en la cultura estadounidense. No en vano, el retrato del joven alborotador o la del pistolero bisoño yacen en el mismo corazón del gran género patrio: el western. Sin entrar en la discusión sobre si Billy era Niño o no, bastará recordar a Denis Hopper como emblema del desquiciado pistolero adolescente. Bueno, más que su simple imagen, la relación que mantuvo con un vetusto Henry Hathaway y que llevaba el conflicto detrás de la pantalla.

Veamos algún apunte más sobre las características necesarias que uno caprichosamente establece para que una película tenga cabida en este subgénero de la violencia juvenil. Primero, los protagonistas encargados de las atrocidades deben ser masculinos, no sirven las parejas mixtas, olvídense de Badlands (Terrence Malick, 1973), Gun Crazy (Joseph H. Lewis, 1950) -incluso You only live once (Fritz Lang, 1937) o They live by night (Nicholas Ray, 1950)-, Natural born Killers (Oliver Stone, 1994), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) y derivados. Aunque en ésta última encontramos una de las claves para la exigencia de un tándem masculino: al pobre Warren Beatty no se le levantaba ni con grúa. Seguro que la disfunción eréctil no habría existido si Bonnie no hubiera sido tan atractiva, es decir, si hubiera sido hombre. La pareja hombre-mujer, en estos casos, se encuentra demasiado teñida por el ideal romántico, y en ocasiones hasta cristiano, del buen ladrón. Siempre planea la cópula (auténticos agujeros negros en las películas –narrativa y plásticamente-. Y lo de agujeros negros no va con segundas), la expiación y la culpa. La homosexualidad latente jugará un papel decisivo en las relaciones, en las de los protagonistas y en las de estos con los demás.
Segundo, adiós bandas, no se puede superar el dúo. No valen, entonces, filmes del tipo A Clockwork orange (Stanley Kubrick, 1971), no nos interesan las bandas en ninguna de sus múltiples y ridículas versiones, ya sean tipo pandilleros, ladrones o crimen organizado. Tampoco la individualidad, el asesino en solitario no es suficiente, Krótki film o zabijaniu (Krzysztof Kiesloswki, 1988) tampoco cabe. Otras fórmulas como el trío sufren idéntico lastre y no encajan en lo solicitado, véase Bande à part (Jean-Luc Godard, 1964). Las muchedumbres con ansias de linchar o vengar, también fuera, por mucho que Straw Dogs (Sam Peckinpah, 1971) ponga los pelos de punta. Ídem con los lugareños adultos, en general muy garrulos y seguramente zoofílicos, como los de otra gran película: Deliverance (John Boorman, 1972).
Con lo cual ya tenemos dos condiciones imprescindibles: una pareja y que ambos sean hombres. Ea, Rope (Alfred Hitchcock, 1948) sería perfecta. Pues no, no hay invasión ni de la propiedad pública ni de la privada, los asesinos juegan en casa, aunque los roles masculinos ya se acercan a la definición que buscamos. Compulsion (Richard Fleischer, 1959), sería un intento mucho más cercano a nuestra demanda, un paso adelante que casi la convierte en el quinto miembro de nuestra selección, en el comodín para formar repóquer, si no fuera por la brusca división en dos bloques, con toda la trama judicial al final y por la irrupción de la elipsis, lógica en los años 50. No vale lo elusivo, la violencia debe resultar explícita en algún punto. ¿Tal vez algo en la línea de Elephant (Gus Van Sant, 2003)?, tampoco, aunque la desdramatización funcione bien para contar su historia y para reflejar esa indiferencia enfermiza, que además le ayuda a no terminar convertida en una mezcla de telefilme y reality, o lo que es lo mismo: en simple morbosidad.

Por último, el sustrato literario de la violencia o los dramas exagerados en contextos infantiles y juveniles terminan evolucionando de una visión sustentada en lo dickensiano, los filmes sociales de la Warner años 30 por ejemplo, hacia la más cruda y brutal: la freudiana de los 60 en adelante. El psicoanálisis de diván, pipa, decorado y estrella sale a la sucia calle en pleno apogeo de las revisiones estructuralistas. Con todo esto llegamos al desenlace, a cuatro películas perturbadoras a más no poder que quizá no sean grandes obras maestras, o tal vez sí, pero que cumplen con nuestros antojos en la catalogación.
Las cuatro las recuerdo por el mal cuerpo, literal, físico, que me dejaron. En concreto, The Visitors (Elia Kazan, 1972) tardó tres días en abandonarme después de que cometiera el gran error de verla una tarde de algún 25 de diciembre. Con diferencia, la película más desagradable que he tragado, porque con ella hay que hacer eso, tragarla, si no quieres que la tensión insoportable que va creciendo con el paso de los minutos termine formando un tapón en la garganta. Más que su final, resultaban tremendas todas las secuencias con el suegro de James Woods, aquel partido de fútbol americano en la televisión, entre copa y copa, resultaba interminable.

La versión de arte y ensayo de toda esta teoría inventada sobre la marcha, es Funny Games (Michael Haneke, 1997). Pero no por ese prurito intelectual se hace más llevadera. La manera de cerrar la película, no diré haciendo qué cosa por si acaso alguien no la vio, es lo más parecido al Apocalipsis que he visto nunca, viéndola uno tiene la certeza de que aquello no va a terminar hasta que se hayan extinguido todas las gallinas y, con ellas, los huevos. Primero serían los residenciales a orillas de magníficos lagos alpinos, luego tal vez las praderas, cualquier obstáculo geográfico sería una barrera insuficiente: la destrucción de la especie humana llegaría imparable a las ciudades.
In cold blood (Richard Brooks, 1967), es la más convencional de todas a pesar de su ligereza sesentera en la puesta en escena. Cuenta con esa llamativa elipsis que aquí, en pleno de acto de modernez, es reafirmada para, con el paso del tiempo, ser negada. Con todo, la resolución del asesinato no es lo fundamental, sobre todo al lado de secuencias tan horripilantes, por su inmediatez casera y por su extraña relajación, como las de la travesía en coche desde México. De nuevo en la parte final, como sucedía en Compulsion, se quiebra un poco al dar paso a la actividad carcelaria y judicial, rematadas ambas con el final que todos conocemos.

La última, The Incident (Larry Peerce, 1967), es modélica. Lo es desde un punto de vista cinematográfico, recolecta personajes y situaciones durante gran parte de la película con calma, con gran sentido del humor y sin perder un ápice de tensión. Algo se intuye según avanza, cuece a fuego muy lento después de un febril arranque. Una obertura que vuelve solita y con mayor fuerza para cerrar el espectáculo en el vagón de cercanías, o lo que demonios fuere aquello. Una comunidad espantosa que termina formándose en plena madrugada para ignorancia de uno de los pocos a salvo de la quema, el mendigo borracho que duerme la mona.
No son gratuitos algunos de los fotogramas seleccionados: la mirada a cámara es fundamental, primero como desafío, luego como agresión. No es una simple cuestión técnica, ni siquiera de estilo o de pudor, es puro lenguaje corporal, intercambiable con cualquier metraje documental sobre apareamiento, cortejo o lucha entre animales.
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* Este artículo en principio iba a ser algo más, un dossier temático amplio y con entradas individuales para teoría, películas, etc., pero, por cuestiones que ahora no vienen al caso, nos tenemos que conformar con una versión reducida, con una síntesis algo apresurada. A ver si hay suerte y más adelante se puede desarrollar en condiciones. En cualquier caso queda abierto a discusión y a vuestra colaboración. *
Ladoni, (Palms) de Artur Aristakisian, 1993
*Artículo publicado en: BLOGS&DOCS. Número 26, abril del 2009.*
Artur Aristakisian es uno de esos extraños personajes que con tanta frecuencia ha dado el cine. Creadores que aparecen con la misma rotundidad con la que luego desaparecen, sin dejar estela o dejando una cuya dirección resulta muy complicada de descifrar. Los trabajos que legan antes de volver a su guarida, ya sea de manera voluntaria o forzada, terminan cayendo sobre el panorama contemporáneo a la manera de meteoritos llegados del espacio exterior, como aquellos monstruos de la serie B de los años cincuenta: entre lo enternecedor y lo aterrador. El primer objetivo tras una de estas apariciones suele ser intentar normalizar su condición marciana, esto es, de su fulgurante aparición en los cielos pasar de inmediato a convertirse en objeto inanimado en el interior de una vitrina tras haber sido sometido a exégesis. De los premios recibidos en los festivales, como fue el caso de esta película, a la momificación de la obra a través de la crítica y los estudios.
Aristakisian (1961-¿?), moldavo de nacimiento, de padre armenio y madre judía, cumple el perfil exacto de este tipo de personajes. Poseedor de un pasado misterioso y de un presente no menos oscuro, apoyará sus escasas apariciones públicas con declaraciones contradictorias, cuando no directamente crípticas. Ladoni (1993), será su trabajo de graduación en la célebre escuela1 de cinematografía de Moscú, la misma que vio pasar por sus aulas a reconocidos cineastas como Sergei Bondarchuk, Otar Iosseliani, Elem Klimov, Nikita Mikhalkov, Kira Muratova, Sergei Paradjanov, Aleksandr Sokurov o Andrei Tarkovsky.
La personalidad de Aristakisian resultará estar formada por múltiples caras, como bien aprecia Christina Stojanova2 , tan pronto aflora el crítico social como el cinéfilo, el hippie, el anarquista, el ecléctico, el iconoclasta, el filósofo, el oscuro profeta o el pagano. En cualquier caso, a la hora de buscar una constante que facilite el delicado acercamiento a él y a su obra, habrá que hurgar en la dimensión emocional de los hechos en lugar de hacerlo en la intelectual; esa será su propuesta irrenunciable y contra la que siempre se ha revuelto. No le importará cómo se le quiera clasificar (artista, autor, amateur, cineasta, etc.), pero en cambio rechazará de plano cualquier visión que prime lo intelectual sobre lo emocional, el análisis sobre los sentimientos y las identificaciones primarias del espectador sobre las sensaciones.

Esto que muchos siempre han considerado como la típica excusa de director que no desea ver cómo cualquier pelagatos desmenuza su obra, no inhabilita la crítica, faltaría más, pero sí debe incorporarse sin falta a la hora de comentar su película como un dato de primer orden. Así, la actitud de Aristakisian encuentra a no pocos compañeros de viaje que se han cerrado en banda a la interpretación de sus obras y a las de los otros. Entonces, la consideración de Ladoni como un filme digamos de tesis, incluso ensayístico, como la defensa y análisis de unas ideas y de un mensaje tras ellas, debe ser muy matizada mediante el alejamiento: Ladoni no es ninguna apología, ni su virtud reside en lo literal. En ese cruce de lo sensual, extraña sensualidad de la que luego hablaremos, y de la racionalidad crítica, terminará subyaciendo el mensaje del filme mediante la evidente aparición de la propia huella o herida cinematográfica, el filme como protagonista, como sustancia densa –según sus palabras- que se relaciona con la luz y la materia, es decir, con la vida.
El filme queda inscrito en un contexto especial, como un cine surgido en un lugar profundamente deprimido3 debido a la conjunción de factores puntuales y de largo plazo histórico de los que resulta complejo extirparlo: la disolución fáctica del bloque comunista del Este al que estaba adherida Moldavia, hecho que, lejos de quedar aislado como un impacto inmediato, venía arrastrándose tiempo atrás. Mientras Aristakisian recolectaba desde principios de los años 90 todo el metraje para su película en las calles y distritos de Chisinau, aún se registraban las réplicas del terremoto de Berlín en forma de independencias encadenadas: Moldavia se declararía independiente de la URSS en agosto de 1991.
En este sentido, Ladoni parece estar transitada por fantasmas históricos de todo tipo, de la caída del Comunismo al pogromo de la Pascua de 1903 en el mismo Chisinau, pasando por la Segunda Guerra Mundial y volviendo hasta la guerra de Crimea. No puede resultar, de esta manera, un filme coyuntural, no es un testimonio de la debacle comunista, ni en el sentido ideológico ni en el simbólico; apenas una herrumbrosa puerta con la hoz y el martillo aparece como testigo y localizador. Las demoliciones, las ruinas y la miseria humana fotografiadas hasta dejarnos sin resuello, no ejercen de simple ilustración histórica, sino que, al contrario, plantean un grave problema temporal, Graeme Hobbs dirá con acierto que: Ladoni parece venir de otro siglo. El filme se conforma con dar fe de la destrucción de una civilización sin necesidad de holocausto interpuesto. La mezquindad acumulada ha sido tal y durante tanto tiempo, que ya resulta imposible hacer girar la rueda por más tiempo. Los derrengados mendigos tirando de sus carritos así lo atestiguan.

La estetización de toda esa miseria, la pobreza extrema como motivo artístico y generador de belleza, surgen de nuevo en el debate sobre las formas y la moral. El aspecto avejentado del blanco y negro de las imágenes para unos será rasgo creativo y moral de respeto, mientras que para otros, incluido el propio director, un simple efecto colateral del amateurismo de la filmación y de las operaciones en postproducción para su traspaso del 16mm. original al 35mm. Para condensar esta discusión sólo haremos referencia a la visión del espectador occidental hacia esa concepción de la pobreza, algo que por otra parte contará con una larga lista de precedentes en cinematografías periféricas, tanto en el documental como en la ficción.
En una de sus desmitificadoras y provocadoras declaraciones, Aristakisian afirmaba que la retahíla de indigentes eran sólo modelos para el artista y que su función no era ni ayudarlos ni buscar teorías o soluciones sociales, sino emplearlos para su obra. Esa aparente, y no sabemos si falsa, crueldad resultará estar entre los aciertos de Ladoni, al servirle para poner en cuestión el enfoque del espectador occidental hacia esa pobreza, el cual resulta estar menos localizado en la realidad de la misma que en su imagen recreada, es decir, la pobreza deviene género audiovisual a la manera de cualquier otro exotismo o aventura y, con ello, se vuelve susceptible de ser considerada como bella. Como la manera más higiénica y segura de asistir a la miseria, como si aún fuéramos espectadores del siglo XIX fascinados o atemorizados ante una vista de los operadores Lumière.
Las reflexiones de Aristakisian resultan complejas, non tanto por la presunta profundidad del discurso como por la amalgama formal de éste. En esa complejidad encuentra el cineasta refugio para su defensa de lo emocional, pero intentando separar los componentes del conjunto encontramos cómo estos terminan dependiendo los unos de los otros en una construcción menos aleatoria de lo que un primer barniz de inmediatez documental puede transmitir.

Su agónica narración en primera persona, improvisada en la oscuridad de la sala de doblaje según su testimonio, termina por elevar unas imágenes que ya contaban con suficiente altura a pesar de su condición silente. Aspecto este último anclado en la propia fascinación del director por, entre otras cosas, el periodo mudo del cine italiano, que queda constatado en el metraje que a modo de introducción encabeza las dos partes en las que se divide la película. El Quo Vadis? (1925) de D’Annunzio y Jacoby supone un detalle más de los tantos orientados hacia la tradición bíblica y cristológica, de la misma manera que lo es la constante discusión sobre lo corporal, la renuncia absoluta a lo mundano o el abrazo de la pobreza como único medio posible de ser realmente libre dentro de un sistema –en abstracto y sin etiqueta adjunta- que sustenta su “fascismo intelectual” en la absorción de todo aquello que posea significado, de las religiones al sexo pasando por el consumo y el arte.
Lo sagrado en Ladoni poco tiene que ver con lo religioso, ni siquiera con lo espiritual, sino que radica directamente en lo profano. Alejado de cualquier ortodoxia social, política o religiosa, la capacidad para entender y mostrar lo sagrado recuerda a la de Pasolini al no quedar agotado en los diferentes fetiches devocionarios. En lo formal, esta idea se hará distinguible mediante varios rasgos: el contrapunto musical (Verdi en lugar de, por ejemplo, Bach como en Pasolini. Un uso musical sin la ironía buñueliana), el peso de la literatura epistolar como vehículo para una transmisión que pasa de lo íntimo (el útero materno convertido aquí en una pantalla en negro) a lo público sin corte alguno, y el tono alegórico de todo el conjunto. Un tono alegórico que trata de huir del peso del significado para instalarse en lo poético, tal es la voluntad del cineasta, la de conseguir que “cada fotograma limpie nuestra mirada como si fuera una plegaria”.
- Fundada por Vladimir Gardin en 1919, ha recibido diferentes nombres a lo largo de su historia, hasta convertirse en la actualidad en centro universitario bajo el nombre de Instituto Gerasimov de Cinematografía. En sus aulas impartieron docencia Eisenstein, Dovzhenko y Pudovkin, entre otros. [↩]
- Stojanova, Christina: “This film is dangerous”, Kino-Eye. News perspectives on European Film, nº 2, vol 2, enero del 2002, ISSN 1475-2441. [↩]
- Moldavia, desde comienzos de los años 90, siempre ha aparecido como el país más pobre de Europa, ofreciendo unos índices extremos de pobreza. [↩]
