Archivo de Marzo de 2009

Puro magnetismo: de Svengali a Olivier Martinez

Vamos a ver dos vídeos que resultan llamativos por las notables diferencias que encontramos dentro de una semejanza aparente. No puede ser de otra manera cuando entre ambos median más de setenta años de diferencia y cuando uno pertenece a un anuncio de colonia para hombres y el otro, el viejo, a un película de la serie B del género fantástico de los años 30. Dejando por el momento de lado la conexión visual, podemos decir que su principal parecido radica en que los dos tratan de ilustrar un mismo concepto: el magnetismo. Uno como eslogan, el otro como representación tangible de un acto tan inmaterial como la hipnosis.

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Vaya, estamos ante algo que tendría cabida en esos lemas socialdemócratas que casi terminan convertidos en puro oxímoron, léase, sin ir más lejos, el de la Unión Europea: Unidos en la diversidad, que bien podría haber sido: Iguales en lo diferente o cualquier sandez semejante. A John Barrymore y a Olivier Martinez les pasa aquí tres cuartos de lo mismo, comparten objetivo y hasta algunos medios para conseguirlo, pero las formas les distancian de manera evidente a pesar de cierta tentación arquetípica.

Esta última no es otra que la espiral, dibujo y símbolo por excelencia de la atracción magnética y la hipnosis. En cualquier caso, estamos hablando del magnetismo desde un punto de vista poético, no físico-científico. Aunque no está de más señalar que los trazos formados (en un hipotético corte transversal) por los campos magnéticos, bien en torno a una corrientes eléctrica, a través de un imán o de una gran masa, siguen patrones similares. Dependiendo de las circunstancias, las formas y las distancias, las líneas de esos campos también terminarán formando figuras circulares o elípticas con tendencia a la espiral. Pero bueno, no estamos en condiciones de hablar más allá de esta idea muy primaria, entre otras cosas por puro desconocimiento profundo de la materia.

líneas magnéticas

Parece obvio, entonces, que la manera de materializar lo abstracto de ese magnetismo termine por recurrir, en lo visual, a la envolvente del bucle, como si de una gramática se tratara. Y todos sabemos que cualquier gramática ha terminado siendo una regla estricta nacida de la más pura arbitrariedad, por no hablar de nuevo de la continuidad en el tiempo de las ideas y de las formas sustentada en interpretaciones psicologistas más o menos sugerentes.

Todo termina por flotar en un plano inestable, como si asociado al magnetismo apareciese de golpe otro concepto todavía más específico de la estética de las imágenes, más célebre y más difícil de explicar: la fotogenia. Y es que desde que Epstein o Delluc1 intentaran contar qué demonios era aquello, nadie ha sabido concretar algo nuevo sobre ella. Epstein indagaba sobre la dimensión poética de la fotogenia desde un esencialismo discutible, esto es, la necesidad de la presencia fotográfica para sublimar una condición o un valor latente. Morin, Barthes, Sontag, Bazin, Gubern, Mitry, Aumont, Wees y otros tantos filósofos de la imagen escribieron sobre ello, pero sin ofrecer ninguna certeza; ni falta que hace, oye. La cinefilia más amarilla y la crítica gacetillera también tiraron del mismo recurso con menos talento y tacto: este actor llena la pantalla, y soplapolleces por el estilo de las que ninguno nos libramos, entre otras cosas porque seguimos con la misma incapacidad para determinar más allá de esas sensaciones.

Fotogenia, magnetismo, atractivo… todo parece mezclarse e igualarse, como por desgracia sucede en tierras de la estética. El resultado final siempre termina por ofrecernos una extraña impresión, como si estuviéramos hablando de algo sobrenatural, volviendo al animismo de las imágenes en relación con la vida y la muerte, sin avanzar un paso en el análisis, con el peso de los milagros y los prodigios encima, enroscándose, como no, en una espiral. La salvación, al menos temporal, siempre la ofrecerá el simple disfrute proporcionado por algunas de esas disquisiciones: un comentario o un cuento sobre una fotografía, un travelling en vacío de Jean Epstein, etc.

John Barrymore es Svengali, 1931 Olivier Martinez, foto promocional YSL

Esos deslumbrantes movimientos de cámara del director de La Chute de la maison Usher (1928) parecen latir todavía en estos dos vídeos. El parsimonioso acercamiento, con quiebro incluido al piano, de Svengali descubre, además de su adecuación a lo hipnótico ya mencionado, el tonelaje y lo precario de su tiempo en cuanto al movimiento de una cámara que había sido esclavizada – literalmente – por el sonido (ese crepitar impagable, casi de hoguera, de los primeros años 30). Quién sabe si ese deslizar pesado sólo respondió a la traba tecnológica y no a la intención creativa. En cualquier caso, el deslizamiento en sí mismo y su trayecto indican ya bastante, suficiente para nosotros.

El anuncio de Yves Saint Laurent, atendiendo a la retórica (4 planos, 20 segundos) de la publicidad, se lanza embalado hacia el personaje. No en vano cuenta con dos aliados de lujo: la steady-cam y la música. Un gran anuncio capicúa (las escaleras se corresponden con el tapón del frasco girando en el último plano) que, como Svengali, no puede resistir la tentación de cortar al primer plano del rostro, a los ojos. Los dos pares de ojos también comparten primer plano, que no objetivo, Svengali quería dominar la voluntad de una hermosa joven, Olivier Martinez se conforma con convencerte para que compres su perfume, mejor dicho, trata de convencer a una mujer para que se lo compre a su novio, amigo, esposo o amante… luego, también era lo mismo, perdón.

El parqué (el tipo va descalzo), la pulcritud remarcada por una luz que inunda un piso que se intuye caro de narices, lo blanquecino de paredes y escaleras, la velocidad, el olor del perfume. Svengali en la sucia alcoba, sin más acompañamiento sonoro que el de unas campanas muy al fondo, un pájaro disecado, una vela medio consumida, un piano lleno de polvo y papeles, un ambiente cargado y rancio, un gabán raído hasta los pies. Los tiempos y los disfraces cambian, las ideas son más perezosas.

  1. Textos y manifiestos del cine, Cátedra, Madrid, pp.325-340 []
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