Los limones son rápidos (Lemon sonnet)














Lemon (Hollis Frampton, 1969) (1,4; 5,8)
Atlantic City (Louis Malle, 1980) (2,6; 10,12,14)
Etz Limon (Eran Riklis, 2008) (3,7; 9,11,13)
El título Los limones son rápidos está tomado del texto de Barry C. Smith para This Explains Everything. Deep, Beautiful, and Elegant Theories of How the World Works (John Brockman ed. New York: Harper Perennial, 2013)
Breve poética del suicidio. Tarr & Rancière meets Shangri-La
En el recién horneado monográfico que la revista Shangri-La dedica a Béla Tarr, tengo la suerte de colaborar con un pequeño texto sobre los problemas estéticos derivados de la filmación de un suicidio. Partiendo de la inmediatez tecnológica de algunos célebres ejemplos que circulan por Internet, intento llegar a las diferencias que surgen en la ficción. La pequeña Estike, Mouchette y Edmund, más que modelos son los colaboradores necesarios.
… tres cineastas que logran la hazaña de navegar en la tormenta de las imágenes suicidas. Lo hacen conservando la crueldad del acto, aunque sin desprenderse por completo de cierto hálito romántico. Este sigue ahí, acantonado en su símbolos predilectos: las ruinas y la naturaleza. Como apunta Jacques Rancière, Estike en Sátántangó (Béla Tarr, 1994) es la heredera de dos suicidas ilustres: Edmund en Alemania, año cero (Germania anno zero, Roberto Rossellini, 1948) y Mouchette (Robert Bresson, 1967). A través de Estike, Tarr logra la síntesis de los modelos precedentes. Ruina y naturaleza se fusionan en la escenografía dispuesta para la niña y su gato. En el trance de poner en escena un suicidio, el trío nos deja unas conexiones inquietantes, sinceras con sus personajes y, sobre todo, hermosas.
* “Breve poética del suicidio”, en: Béla Tarr. ¿Qué hiciste mientras esperabas?. Shangri-La. Derivas y ficciones aparte, nº 17, mayo del 2013, pp. 78-83 *
Además de la revista, Shangri-La también publica –dentro de su colección Contracampo- la traducción al español del ensayo que Jacques Rancière dedicó (2011) al húngaro: Béla Tarr, el tiempo del después. Una auténtica golosina.
Atendiendo a mi peculiar base de datos de visionados y a modo de bonus track, dejo la lista en orden descendente de mis favoritas de Béla Tarr:
01. Sátántangó (1994)
02. Werckmeister harmóniák (2000)
03. Nido familiar (1979)
04. Damnation (1988)
05. A Torinói ló (2011)
06. Prólogo de Visions of Europe (2004)
07. Öszi almanach (1985)
08. A Londoni férfi (2007)
09. The Prefab People (1982)
10. Hotel Magnezit (1978)
11. Journey on the Plain (1995)
12. The Outsider (1981)
13. Macbeth (1982)
Canciones Ilustradas VI: en forma de simulación
A estas alturas y después de haber incumplido con tenacidad todas mis promesas de parar en la tercera entrega, conviene ahorrarse no solo la introducción sino cualquier posible compromiso.
Con ustedes la sexta canción ilustrada.
* El vídeo se puede ver en HD en Vimeo aquí o pinchando en el logo del reproductor.
En el principio era el Meme:
Canciones Ilustradas: el Meme
Canciones Ilustradas II: el bis
Canciones Ilustradas III: la trilogía
Canciones Ilustradas IV: la revolución de los frames
Canciones Ilustradas V: Level five
La tierra prometida de Gus Vant Sant y Komar & Melamid

Una demostración irónica de la universalidad de los gustos visuales básicos surgió en 1993 de una maniobra de dos artistas, Vitaly Komar y Alexander Melamid, que emplearon las encuestas de estudio de mercado para evaluar el gusto artístico de los estadounidenses. Preguntaban a sus entrevistados cuáles eran sus preferencias respecto al color, el tema, la composición y el estilo, y se encontraron con una uniformidad considerable. La gente decía que les gustaban los paisajes realistas, de pincelada suave y colores verdes y azules, y en los que aparecieran animales, mujeres, niños y figuras heroicas.
Para satisfacer esta demanda de los consumidores, Komar y Melamid pintaron una obra que se correspondiera con las respuestas: un paisaje junto a un lago con el estilo realista decimonónico, en el que aparecían niños, ciervos y George Washington. Resultaba divertido, pero nadie estaba preparado para lo que pasó a continuación. Cuando los pintores repitieron las encuestas en otros nueve países, entre ellos Ucrania, Turquía, China y Kenia, se encontraron prácticamente con las mismas preferencias: un paisaje idealizado, como los de los calendarios, y sólo algunos pequeños cambios respecto al gusto norteamericano (hipopótamos en vez de ciervos, por ejemplo). Lo que es aún más interesante es que estas McObras ejemplifican el tipo de paisaje que los estudiosos de la estética evolutiva habían señalado como óptimo para nuestra especie.
El crítico de arte Arthur Danto daba una explicación diferente: los calendarios occidentales se comercializan en todo el mundo, al igual que el resto de la cultura y el arte de Occidente. Para muchos intelectuales, la globalización de los estilos occidentales es una prueba de que los gustos en el arte son arbitrarios. La gente demuestra unas preferencias estéticas similares, dicen, simplemente porque el imperialismo, el comercio global y los medios electrónicos han exportado los ideales de Occidente a todo el mundo. Puede que haya algo de verdad en ello, y para mucha gente se trata de la postura moralmente correcta, porque implica que no hay nada superior en la cultura occidental, ni inferior en las indígenas que sustituye.
Pero la realidad tiene otra cara. Las sociedades occidentales saben proporcionar a las personas lo que desean: agua potable, una medicina eficaz, alimentos variados y abundantes, una comunicación y un transporte rápidos. Perfeccionan estos bienes y servicios no por benevolencia, sino por interés propio, concretamente por los beneficios que su venta genera. Quizá la industria estética también perfeccionó la forma de dar a la gente lo que desea, en este caso unas formas de arte atractivas para los gustos básicos humanos, como los paisajes de calendario, las canciones populares y los romances y las aventuras de Hollywood.
De modo que, si una forma de arte maduró en Occidente, tal vez no sea una práctica arbitraria (…) sino un producto de éxito que encarna una estética humana universal. Todo esto parece muy localista y eurocéntrico, y no voy a insistir en ello (…) Y no es tan eurocéntrico como se podría pensar. La cultura occidental, como la tecnología y la cocina occidentales, es de un eclecticismo voraz, y se apropia de todo ardid que guste a la gente, cualquiera que sea la cultura en que lo encuentre. Un ejemplo es una de las exportaciones culturales más importantes de Estados Unidos: la música popular. El ragtime, el jazz, el rock, el blues, el soul y el rap surgieron de formas musicales afroamericanas, que originariamente incorporaban ritmos y estilos vocales africanos.
La tabla rasa, Steven Pinker, 2002
Leo críticas (las que se dejan, otras parecen luchar contra cualquier posible lector) de Promised Land y todas se pierden en dos aspectos: la culpa y la nación. Ninguna va a la matriz del par y de todas. La postrera toma de conciencia del protagonista seguida de su defensa de la América arcádica, nace de su simple instinto de reproducción. Solterón camino de los 40, el protagonista-guionista ve ese apacible recodo como el lugar perfecto para procrear con la núbil Rosemarie DeWitt. Al fin y al cabo no es tanto una cuestión del mito de la Arcadia como de la configuración cerebral. Esto es, los cientos de miles de años viviendo de manera semejante, frente a los miles a secas que llevamos haciéndolo en unas ciudades cada vez menos amables para la cría.
Entre otras cosas, véase:
Dutton, Denis, “America’s Most Wanted, and why no one wants it”. Philosophy and Literature 22, 1998.
Dutton, Denis, “Landscape and longing”. The Art instinct, 2009.
Todo sea por seguir dejando a Danto con las vergüenzas de sus calendarios, golosinas y demás ocurrencias al aire. Todo sea por permitir que la estética evolucionista siga aportando algo de luz a las tinieblas de la introspección y de la cerrilidad ideológica.
Imágenes:
Promised Land (Gus Van Sant, 2013)
America’s Most Wanted (Komar & Melamid, 1993)


