Verano en la Meseta


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Tercer verano delirante, sin saber bien -sin saber en absoluto- hacia dónde se dirige esto. Buena señal, pocas cosas peores que intentar inflar una bagatela. El primero lo anunciaba una estación de tren, el segundo, un nadador con tiritona y éste, un dúo con ganas de saltar a una refrescante poza. No se podrá negar la originalidad en la elección. Eh, que no.

Durante un verano, es posible que te den tu primer beso, pero también tu primera hostia. Es lo que le pasa a Reese Witherspoon en The man in the Moon (Verano en Louisiana, 1991), maravillosa última película del excelente -y poco recordado- Robert Mulligan, “experto” en veranos desde To kill a mockingbird (Matar un ruiseñor, 1962) y Summer of ‘42 (Verano del 42, 1971). Ésta última, superior a Verano a Louisiana sólo en fama, en nada más.

Sirva la imagen de la película -que estoy seguro de que se encuentra entre las favoritas de Pedobear-, para despedirnos hasta la última semana de agosto o la primera de septiembre, cuando volveremos con borrones nuevos y con algún reciclaje (quiero recuperar y lavar lo poco salvable) del viejo Maquinista. Hasta entonces, aprovecharé también para hurgar en las tripas del cacharro, actualizar el software, optimizar recursos y esas mandangas.

Que cada uno disfrute su verano cómo y dónde pueda. Recordad los besos, olvidad las hostias. El mío, lejos de Louisiana, será mesetario por partida doble: delante de una mesa y en plena Meseta Norte. Qué delicia.


La guerra virtual


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Hiroshima

La retórica sobre las “guerras virtuales” ha sido puesta en ridículo con cada confrontación bélica. Y tendrá su última frontera con un holocausto nuclear, llevado a cabo por el dominio incompleto de la materia. Obstinada materia, cuyo desarrollo e innovación están por venir para hacer cumplir la célebre profecía de Einstein; la del regreso a la lucha con palos y piedras.

A propósito de la 1ª Guerra Mundial, ya se abrió un duro debate (teórico, el funcional estuvo presente con cada innovación, supongo, desde el principio de los tiempos) sobre el papel de la tecnología como componente aséptico aplicado a la guerra. Sectores del Futurismo quedaron enfrentados a los dadaístas, al considerar aquella lucha como la absoluta liberación, clave y puerta para el porvenir. La visión dadá, al contrario, la vio como muestra definitiva de la necedad y enfermedad burguesa; despezada también en el campo de batalla por ese nuevo poder.

Resulta doloroso que, cuando el conocimiento humano emprende la búsqueda del bosón de Higgs, los intelectuales, los políticos y los periodistas -para referirse a la guerra- sigan utilizando de manera impune, “eufemismos” como “virtual” o “desmaterializada”.

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El milagro de Pialat y Dreyer


Un milagro sólo puede ser comprendido si es mostrado con normalidad, como un hecho cotidiano. Como hacer un café o tender la ropa, como filmar un paseo, como si se tratara de corregir -de manera inevitable- un error, como encontrar la solución a un problema hasta entonces desafiante. Todos los descubrimientos son, entonces, un milagro; la ciencia obra los milagros.

Cualquier intento de sublimar un milagro a través del relato es peligroso, sobre todo, por su deslizamiento hacia el ridículo. Por ejemplo, un milagro se entiende mejor desde la intimidad y no desde la ostentación cristiana de la Biblia, con su necesidad de presentar a la muchedumbre como testigo, de hacerlo público para legitimarlo. Nada más alejado de la generosidad cristiana -en realidad, de la generosidad como valor universal en cualquier religión- que el exhibicionismo de esos pasajes evangélicos. Excesos que también sufrieron, con frecuencia, las demás representaciones milagrosas en las artes plásticas.

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Ordet - Sous le soleil de Satan (Clic para ampliar)

Carl Theodor Dreyer y Maurice Pialat no se parecen en nada. De hecho, creo que son dos de los directores a los que más difícil puede resultar parecerse. Tampoco se parecen Dreyer y Powell y siempre termino viendo al primero en algunas películas del segundo, supongo que como os pueda suceder a muchos con otros directores. La manera en la que ambos filman una resurrección en Ordet (La Palabra, 1955) y Souls le soleil de Satan (Bajo el Sol de Satán, 1987), respectivamente, tampoco tiene nada que ver. Pero su visionado en paralelo es sugerente y, a poco que nos fijemos, terminan surgiendo ideas y preguntas interesantes.

En los dos casos adaptan obras ajenas escritas en la misma época: Kaj Munk escribe su obra de teatro en 1925 y Georges Bernanos su primera novela en 1926. Munk y Bernanos, mantuvieron posturas nada cómodas dentro de sus confesiones, con tendencia no al escándalo pero sí a la crítica, a visiones carnales -por momentos arrebatadas y fantásticas- de la religión y sus integrantes. La duda, siempre como primera enemiga de la ortodoxia, como medio para desarrollar los conflictos. Ambos acaban flotando sobre la presencia de dos personajes: Johannes Borgen y el párroco Donissan.

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Johannes y Donissan en penumbra

En el comienzo de las secuencias, sus protagonistas aparecen desde la tiniebla. Luciferinos, metáfora simple y maravillosa, adecuada al enfrentamiento citado y al doloroso encaje que ambos tienen en sus contextos. Luego, recurren al verbo, pero encarnado de maneras opuestas: la bestialidad de Donissan (Depardieu siempre parecerá más un carnicero que un sacerdote), frente a la languidez de Johannes. Pero, cuidado, en la plegaria de Johannes sigue presente el poder y la necesidad de lo físico mediante la delicada mano de la niña Maren. Manos que Dreyer, de manera acertada, nunca enseña en primer plano.

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Verbo y Cuerpo

Johannes y Donissan, una vez terminado el trabajo, abandonan la escena, salen literalmente de cuadro –del margen- como lo que son para casi todos: unos santos apestados. No hay ciencia ficción, no hay trucos de cámara ni ardores musicales. La mujer y el niño, nunca llegaron a estar muertos, sólo se trataba de despertarlos, no de resucitarlos. Todo era cuestión de ayudarles, con mayor o menor vigor, a despegar las manos y a entreabrir los ojos.

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Dormir - Morir

El milagro de Pialat no desmerece al de Dreyer. Aunque uno echa de menos en ese despliegue de Donissan, un buen guantazo en la cara del niño. Porque nadie ha filmado mejor las hostias que Pialat. Que se lo pregunten a Sandrine Bonnaire.


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